MÉXICO, D.F. (apro).- A comparación de La ley de Herodes y El Infierno, la nueva cinta de Luis Estrada es un trabajo sumamente insípido, carente de una narrativa sólida y de ese ingenio que nos hizo reír y aterrorizarnos de la realidad nacional.
La dictadura perfecta gira en torno a un gobernador del norte del país, Carmelo Vargas (Damián Alcázar), quien víctima de un video escándalo decide comprar el “paquete de marketing” de una televisora; a cambio, ésta le promete limpiar su nombre y llevarlo a la presidencia de la república en las siguientes elecciones, como ocurriera, presuntamente, con el presidente en turno (Sergio Meyer, una “aparente mezcla” de Vicente Fox y Enrique Peñanieto). Como todos saben, la televisora en cuestión hace alusión a Televisa.
¿En qué consiste este “paquete de marketing”? En la manipulación de la información por parte de la televisora, de tal manera que la opinión del espectador se controla de manera escandalosa. Para ser más claros, el paquete de marketing es capaz de colocar presidentes en el poder, así de fuerte.
Para ayudar a don Carmelo a limpiar su imagen, uno de los meros meros de la televisora en cuestión (Tony Dalton), asigna a su productor estrella (Alfonso Herrera) y a un carismático periodista en ascenso (Osvaldo Benavides).
Asesinatos, historias inventadas, crímenes encubiertos, traición, manipulación y corrupción son algunas de los temas recurrentes en la historia, que nos hacen ver que la democracia en nuestro país es inexistente.
Ahora bien, una crítica al poder no es un salvoconducto que salve a una película aburrida y carente de chispa: Los personajes son unidimensionales (meros estereotipos), carecen de arco dramático y sus acciones son incoherentes, aun dentro de la sátira.
En este caso, el lugar común lleva a conclusiones poco contundentes y carentes del factor sorpresa que lleva al público a preguntarse sobre el estado de la democracia.
A lo anterior, habrá que sumar las malas actuaciones de todo el reparto, ni siquiera Alcázar se salva, así como tampoco Joaquín Cosío en su papel de opositor inocentón, religioso y moralista.
La dictadura perfecta hace reír en muy pocas ocasiones, su discurso simplista impide salir horrorizado de la sala, asqueado o reflexivo: cualquier noticiero de la realidad posee más impacto que el de la cinta.
La dictadura perfecta no es la historia que viene a abrirle los ojos al país, está sumamente lejos de eso.












