¿Por qué leer a Leonardo Sciascia? Federico Campbell responde

Federico Campbell en una fotografía de 1987.
Foto: Archivo Proceso

MÉXICO, D.F. (apro).- El narrador y periodista Federico Campbell (Tijuana, 1941), fallecido el pasado sábado 15, fue el introductor en México de la obra del ensayista y novelista italiano Leonardo Sciascia, el más acucioso investigador de la mafia siciliana y el poder. Incluso, Campbell viajó a su casa de Palermo para entrevistarlo. El 8 de mayo de 1989, éste concedió al reportero una entrevista para Proceso. A continuación, Apro la reproduce:

A lo largo de quince ensayos, una entrevista celebrada en Palermo y una crónica de viaje entre Siracusa y Racalmuto, Federico Campbell se asoma a la obra y vida del escritor italiano Leonardo Sciascia.

Como si los componentes de un episodio del pasado configuraran el negativo fotográfico de un hecho del presente. Leonardo Sciascia frecuenta la historia para asumirla como memoria, como un eterno presente dilatado, no interrumpido, continuo, sin solución de continuidad: el presente histórico de una humanidad –en México o en Italia– que aún no conjura los hábitos de la injusticia.

Nacido en Racalmuto, (Sicilia) en 1921, Sciascia elabora en sus “novelas de ambiente judicial” una parodia de novela policiaca, una metáfora sobre el poder que en el ámbito institucional del Estado y sus ramificaciones extralegales se ejerce de manera mafiosa.

Para recuperar la memoria, siempre escribe sobre casos de impunidad olvidados.

Federico Campbell (Tijuana, 1941) es autor de una novela, Pretexta; un volumen de relatos, Tijuanenses, y un libro de Conversaciones con escritores.

–¿De dónde y cómo surgió su interés por la obra de Sciascia?

–La primera vez que oí hablar de Sciascia fue en 1978, en el Vips que está enfrente del Palacio de Hierro Durango. Tomás Pérez Turrent acababa de llegar del Festival de Cannes y estaba hablando de Cadáveres excelentes, la película de Francesco Rossi basada en El contexto, la novela de Sciascia. La idea del argumento me pareció buenísima: una serie de asesinatos de jueces en diferentes ciudades, lo cual parecía tener una extraña lógica criminal, un patrón de comportamiento homicida. El investigador Rogas, una especie de Florentino Ventura culto y melancólico, establece que el hipotético asesino tenía que ser alguien que había purgado una sentencia injustamente, debido a un error judicial. Pero luego el mundo se le viene encima, y el terror está a punto de estallarle en las entrañas cuando descubre que el crimen (un intento de desestabilización o de golpe de Estado) se ha fraguado en la casa misma del poder, en la presidencia de ese país imaginario, algo así como en Los Pinos.

–¿Pero por qué la fascinación?

–Porque empecé a sospechar que en Sciascia se fundían sin ningún conflicto el político y el literato, en una especie de distinción y parentesco a la vez como la que hace Max Weber respecto al político y al científico. Se me había dicho desde niño que la literatura, el arte, no podía relacionarse con la política. Pero a través de los libros del siciliano me di cuenta de que se amalgamaba muy bien. Y es que su obra, además, remite a Voltaire, a Stendhal, a Diderot. Luego, entonces, la literatura no era tan inocua ni tan inofensiva, como se me quiso desinformar en un medio, de clase media norteña, en el que se desdeñaba todo lo que tuviera que ver con el arte. Empecé a creer, por primera vez, que escribir si tenía y tiene un sentido. Con el conocimiento de la obra de Sciascia volví a creerme la sospecha juvenil de que a la larga las ideas caminan y se vuelven cosas reales.

–¿Qué papel juega la mafia en la temática de Sciascia?

–El de una metáfora del mundo moderno a la forma en que se ejerce el poder del Estado en complicidad con los poderes extralegales, como el de la delincuencia. Hay una moral que exime de culpa y de responsabilidad al gobernante que antes de asumir el poder, por las buenas o por las malas, tiene que resolver un problema de conciencia: si es capaz de matar o no. Por otra parte, el uso político de la delincuencia, la identificación entre hampa y policía, también caracterizan a este poder estatal en un momento en que hay una degradación de la convivencia civil. Es un hecho que un secretario de Estado tiene que, por imperativos de su oficio, conducirse como un hampón y decidir fríamente como un cirujano, como un militar, como un criminal. Lo que viene a decir Sciascia es que la mafia más que una organización es un comportamiento, un modo de ser, en cualquier país. Especialmente en un momento de la historia en que se ha perdido de vista el interés particular y no el bien común y público.

–¿Ha comparado en un proyecto de novela a la península de Italia con la de Baja California?

–Es una de esas asociaciones que no quieren decir nada, ociosas. Tanto como el relacionar que sobre el paralelo 32 de Mexicali también se encuentran Casablanca, Trípoli, y Nagasaki. A través de este tipo de coordenadas uno a veces quiere montar una novela, pero no siempre sale. Yo podría hablar más de las novelas que no he podido escribir que de las dos que he escrito. Mi vida ha sido un constante no poder escribir. Ese proyecto, no descartado, quiere llegar a ser un día un libro bajo el título de “Transpeninsular”, la historia de un hombre de 50 años que en el invierno y la aridez, la esterilidad de la península de Baja California, hace un viaje de regreso a casa, a la madre, al incesto. Es el tema clásico del home coming. Decepcionado de la información y las precisiones históricas, se pregunta, quizás demasiado tarde, por qué ha perdido casi toda su vida metido en la novela de información y del periodismo. Cómo es que no se atrevió, desde joven, a apostarle a la imaginación, a la fantasía, a los sueños. Quiere salirse de la misma película que ha estado viendo con las mismas historias y los mismos personajes, y creer en otro mundo, menos reiterativo y más hospitalario. La otra historia es la de un primer amor, a los 20 años, en Calabria y Sicilia, y un recorrido por la península italiana de sur a norte, tal y como en la otra península de piedra (como le decía Juan Jacobo Baegert a la Baja California) el trayecto es de sur a norte, de Cabo San Lucas a Tijuana. En Italia todo sucede durante el verano, en medio de playas, duraznos, uvas, vino, salami con pan recién hecho, quesos, agua mineral, todo muy asoleado y feliz: el arte de las ruinas griegas y la sensualidad.

–1958, Racalmuto, el lugar de nacimiento de Sciascia. Se refiere a él como escritor, pero ¿cómo es como ser humano?

–Es un hombre de pocas palabras. Tan chaparro o tal alto como yo. Sólo habla cuando es necesario. A veces le da a uno la impresión de que es un contemporáneo del siglo XVIII, cuando todavía tenían un valor las ideas, en los tiempos de Voltaire y Diderot, porque todo su mundo referencial es literario, todo lo relaciona con algo que dijo algún escritor. Por ejemplo, una vez en Siracusa, cuando fuimos a ver un ojo de agua, comentó que las plantas de papiro que allí crecían eran las mismas a las que se refería Ovidio en La Metamorfosis. Por otra parte, fue la única persona que me escribió después del terremoto de 1985 preguntándome cómo estaba, ni siquiera mis hermanas ni mis familiares de Novojoa o de Tijuana preguntaron por mí. Sciascia decía en su carta, enviada desde el hotel Manzoni de Milán, que en 1908 un sismo acabó con Messina, “pero entonces Messina era una ciudad muy pequeña: ya me imagino lo que ha sido ahora un terremoto para la Ciudad de México, que es una de las más grandes del mundo”. En fin, es un hombre que tiene muchos amigos, todo mundo lo conoce, porque además fue profesor de primaria toda su vida de Caltanisetta y Agrigento. Ya está jubilado, vive con su esposa, María, y tiene dos hijas y tres nietos, uno de los cuales se llama Fabrizio Catalano.

–¿Qué lugar ocupa la obra de Sciascia en Italia y en el mundo?

–No sabría precisar cómo están cotizadas sus acciones en la bolsa de valores de la literatura, pero la verdad es que se le reedita mucho y sus obras se traducen a muchos idiomas. En Francia ha tenido un éxito muy especial y buena prensa. Les cae muy bien a los franceses tal vez por la relación que siempre ha habido entre Palermo y París. En Inglaterra y Estados Unidos ha tenido menos aceptación. Piensa él que conecta mejor con lectores del mundo latino, con los españoles, los latinoamericanos. Tal vez porque tenemos el mismo pasado árabe español e inquisitorial que Sicilia. Es uno de esos escritores de las últimas décadas que han sido seducidos por la historia. Sciascia se mete en los archivos que antes sólo eran material del historiador profesional, y cuenta historias olvidadas, casos reales, históricos, judiciales, políticos, en los que se ve la simbiosis entre crimen y poder. Por otra parte, es alguien que habla sin envidia de, por ejemplo, el gran éxito de Umberto Eco. Dice que el éxito de Eco beneficia a todos los escritores italianos.

–El libro que más le ha gustado haber escrito a Sciascia es La desaparición de Majorana. Pero a usted, ¿cuál es el que más le gusta?

A cada quien lo suyo. Este título recoge la idea de justicia que se tenía en el derecho romano. Se refiere a un crimen y a una investigación policiaca que por curiosidad literaria emprende el profesor Lausana cuando indaga por qué las letras de un anónimo arrogante están recortadas de un periódico en latín. Su fascinación por el enigma literario más que criminal lo lleva a atar los cabos de un homicidio que fraguaron una guapa señora y su primo que estaban enamorados. Lausana descubre que si el boticario recibió un anónimo en el que lo amenazaban de muerte sólo fue porque los asesinos lo querían como un falso blanco y al que realmente querían matar era al doctor Roscio. Y mataron a los dos en una cacería.

“El profesor Lausana es maestro de historia y latín. Solterón, vive con su madre, y representa en cierto modo la inutilidad del intelectual en nuestro tiempo. Al gobierno no le interesa la cultura, pero sí manipular a los intelectuales que le articulan justificaciones y le renuevan el discurso. Por eso dice Sciascia que son el estiércol de la planta política.”