MÉXICO, D.F. (apro).- Atención, envanecidos humanos: les escribe la presente el que a ustedes, que presumen ser los reyes de la creación, les trae a maltraer y no pocas veces hasta los lleva a negar, cuando no a traicionar, la cruz de su parroquia.
Para el caso, no tiene la menor importancia que pertenezcan a los tantos de ustedes que son partidarios de la verdad revelada, de los llamados ateos o seguidores del agnosticismo, esto es, de los que comulgan con eso de que han sido hechos a imagen y semejanza de su creador; o de los que afirman que Dios no existe o de esos de quien es alguien, no recuerdo en este momento quien, dijo que lo mismo pueden ser creyentes o ateos vergonzantes, depende de la situación, al ser seguidores de la doctrina filosófica que declara inasequible al entendimiento humano toda noción de Absoluto, Infinito y Dios.
Tampoco tiene la menor importancia que se confiesen providencialistas, de los que admiten y sostienen que todo sucede por disposición de la Divina Providencia, incluso hasta la hoja que se mueve en un árbol; o que se declaren materialistas, de los que proclaman que lo único que existe, incluida el alma, proviene de la materia, de la naturaleza; o bien sean fieles del deísmo, de los que creen en un Dios personal creador de cielos, tierra y las leyes que rigen la naturaleza, pero que niegan toda ulterior intervención del mismo en el mundo y vida de las criaturas que en él pululan, el milagro y la revelación sobrenatural.
Igualmente, de poco les vale que crean que son, como afirma la Biblia, una especie de ángeles caídos; o que estén de acuerdo con la teoría de que, por naturaleza, son buenos y así seguirían si no fuese por la sociedad, que los corrompe, como aseguraba J.J. Rousseau; o que se confiesen seguidores de la doctrina que los tiene, también por naturaleza, por violentos y agresivos en grado sumo, al punto de ser lobos de sus congéneres, como dictaminó T. Hobbes y confirman no pocos de los etólogos en la actualidad; o bien se asuman como seres perfectibles, como por ejemplo, pensaba Condorcet.
Y aquí no para la cosa, pues en ese su afán por conocerse, de saber qué son, múltiples han sido las respuestas que se han dado. Algunas, por su brevedad, ingeniosidad y significado, incluso han llegado a hacer escuela o han servido para reforzar o cuestionar las teorías ya existentes sobre tal hecho.
Recordemos varias de ellas: San Agustín, piensa que Dios hizo para Él y que sus corazones estarán inquietos hasta que no descansen en Él; Voltaire, considera que ustedes, los humanos, han nacido para vivir entre las convulsiones de la inquietud o en el letargo del aburrimiento (entendiendo por letargo la torpeza, modorra, insensibilidad o enajenamiento de ánimo).
E. Young, observó que la naturaleza da vueltas, pero que el hombre avanza; Schiller, opina que el hombre es un ser que busca a Dios; La Mettrie, es del parecer de que el humano no es más que un animal; Franklin, tiene al hombre como el animal que hace utensilios; Klages, juzga a ustedes, los humanos, como animales pensantes…y aquí le corto, pues de seguir por este camino puedo terminar por perder de vista lo que me interesa: el que nada les vale lo que piense de ustedes, pues la mera verdad es que servidor es servidor, es su rey, al que acatan, incluso se sacrifican y hasta no pocos de ustedes sacrifican a sus prójimos.
Lo mismo, aunque les duela, sucede con su preciada moral, de la que tanto presumen, pues gracias a ella, como dicen, están muy por encima de los animales. Está bien, pero póngase de acuerdo, pues resulta que si el que habla de moral es de la rama de los idealistas, por lo general, considerará que hay que ser bueno, caritativo y justo porque así lo manda Dios, y si no se cumple con ese mandato se peca y se corre el riesgo de ir al infierno al morir sin arrepentirse de la malas acciones.
Por su parte, si el que habla de moral es un materialista, dirá que la misma no es más que un producto histórico, consecuencia de situaciones sociales. ¿Quién tiene la razón? Me van a perdonar, pero no me interesa saberlo; lo que me importa y satisface, es ver y comprobar cómo, en no pocos casos, ustedes, los humanos, son capaces de sacrificar a su preciada moral a un servidor.
¿Es cierto lo que les he expuesto en la presente? ¿Qué no pueden decidirlo si no saben a quién se debe?
Piensen, piensen y de seguro que lo averiguarán.
De no ser así, les prometo que en próxima entrega a este buzón sabrán quien soy.
Sin más por el momento
SU SERVIDOR Y REY












