La transparencia

Hay escritores a los que les importa más lo que van contando que la forma con que van construyendo sus escritos; hay desde luego también los que optan por lo opuesto: se esmeran tanto en el empleo del idioma que terminan siendo una suerte (normalmente mala) de estilistas. Hay, por último, autores a los que los apasionan por igual el tejido verbal y el tejido narrativo.

Vicente Leñero –como cuentista, cronista, novelista, reportero– ha sido uno de ellos, un sonriente apasionado en sus quehaceres, tocado por una insólita bondad nacida de una inteligencia fulminante, veloz como un rayo para dar con lo que traían entre manos los otros, sabiamente maliciosa, ávidamente entregada al conocimiento del mundo circundante y sus personajes.

Sus ojos grandes llenaban su afilado rostro, ojos inquietos en que nacía una mirada a la vez traviesa y benevolente, comprensiva e interrogante. Ojos de un hombre curioso, que quería enterarse de las razones de todo lo importante, de los pormenores que sabía administrar con singular maestría tanto en sus textos como en sus conversaciones cálidas, gozosas, marcadas sin falta por su generosa comprensión.

Se ha recordado en estos días que Vicente Leñero cursó los estudios universitarios de ingeniería civil. Para fortuna nuestra, desplegó su aprendizaje académico nada más en el campo de las letras (el que incluye naturalmente el periodismo): fue un espléndido proyectista y armador de estructuras que le sirvieron a la perfección para mostrar cómo la verdad suele esconderse en los más oscuros pliegues de entramados de apariencia clara y sencilla. Dar con la verdad y revelarla parece haber sido la misión a la que orientó sus mejores, deslumbrantes afanes. Dar con esa verdad huidiza, mimética, contradictoria, tan a menudo traicionada.

Pero el ambicioso narrador, siempre bien dispuesto a una feliz tarea innovadora, no habría cumplido sus propias expectativas si no hubiera poseído a la vez una enorme capacidad verbal, que le hizo unir a la total precisión la gracia y la elegancia de un lenguaje flexible, dúctil, en completa consonancia con su inteligencia sin fisuras y lista sin reserva a ponerse en juego. El lenguaje no guardó ante él ninguno de sus más escondidos secretos. Leñero lo conoció entero, sin resquicios, elástico, eléctrico, eficaz y hermoso.

Creyente, Vicente Leñero ha sido un hombre leal a su fe y a sus convicciones. Se adscribió con entusiasmo a las causas progresistas de la Iglesia católica, tanto como buscó que la verdad privara en la vida mexicana. No transigió con la mentira ni con la mínima injusticia, aun en el trato que podrían recibir sus amigos. Para éstos tuvo siempre, más que palabras de consuelo, modos de ayuda efectiva.

Ha sido un conversador maravilloso, divertido, penetrante, solidario en largas mañanas y tardes ante la taza de café, tras el humo del cigarro. El mejor de los amigos, por siempre.