Mientras concluía la gran marcha realizada del Ángel de la Independencia al Zócalo en favor de los 43 estudiantes desaparecidos el 26 y 27 de septiembre en Ayotzinapa, Guerrero, iniciaba la obra teatral 2 de octubre mi amor en el Foro A de Eduardo Castañeda bajo la dirección de Martín López Brie.
Los acontecimientos contra estudiantes se repiten, y en esta ocasión el gobierno, en colaboración con el crimen organizado, la policía o los militares, no tienen el menor reparo para arremeter violentamente contra los estudiantes y la sociedad civil que, cada vez más indignada, se manifiesta clamando justicia.
En el monólogo 2 de octubre mi amor, el punto de vista gira de las víctimas a los victimarios, y los que hablan no son los estudiantes sino los asesinos plasmados en un hombre convencido de su labor criminal. La mirada es negra y la incertidumbre aparece en los recovecos anímicos del espectador: ¿Quién es este hombre tan ecuánime, contenido y convencido de su labor violenta para limpiar de comunistas nuestro país? No hay culpas ni cinismo; simple lógica, simple crueldad, que finalmente subleva al observador por la claridad con la que el protagonista asume y justifica sus actos.
Escrita e interpretada por Eduardo Castañeda, 2 de octubre mi amor es un diálogo donde el interlocutor expresa, mediante su silencio, los resquemores, las sorpresas y la indignación que el espectador experimenta. Sin panfletos y juicios deja ver a un hombre que no necesita de aspavientos y grandilocuencia para mostrar sus crímenes. La narración nos lleva a la develación de los actos de Juan, dispuesto a castigar a mujeres estudiantes que han cobrado conciencia y luchan por denunciar la situación del país. Él ha decidido matarlas y esa noche, cuando en la plaza de Tlatelolco sucede la matanza, se ve obligado a contárselo a su mujer.
La interpretación de Castañeda transmite esa naturalidad y veracidad necesarias para quedarnos impresionados y molestos por su comportamiento. Caracteriza a su personaje como un personaje rígido que mide y calcula cada movimiento y en el que la limpieza y el orden marcan su actuar. Martín López Brie, el director, desarrolla conceptualmente esta perspectiva y consigue un espacio colmado: pocos elementos para ubicar la época y un personaje lleno de manías. Es atractiva la estética de los sesenta elaborada escénicamente: acetatos de 33 revoluciones en el suelo, rememorando la sicodelia, una silla, una hornilla para hervir agua, y dos tocadiscos en los que Juan pone uno que otro disco que acompañan su cantar susurrado y unos mínimos pasos de baile.
Tanto al principio como al final de la obra, se muestran videos que atestiguan la represión o la frivolidad de la época, logrando adentrarnos tanto en lo visual y lo social del momento.
El monólogo se estructura colocando al interlocutor en los espectadores, fuera del espacio escénico. La convención es difícil de mantener, ya que la mujer que escucha decidieron no estuviera en un lugar determinado; el personaje la ubica en distintos espectadores a los cuales les ofrece una taza de té, cacahuates o los motiva con los ojos a alguna respuesta. La pérdida de foco vuelve forzada la relación entre el personaje y su esposa, aunque algunas reacciones del público, como la del joven que se negó a aceptar cualquier cosa de Juan manifestando su rechazo, fue provocador.
2 de octubre mi amor es una obra de teatro que ha recorrido variados escenarios. La originalidad en su tratamiento y los movimientos estudiantiles actuales la hacen imprescindible.








