El New London Consort es uno de los ensambles más reputados del mundo en la interpretación de música antigua, y su fundador y director, Philip Pickett, un “historicista”, es decir, uno de los defensores de que ese tipo de música debe ser interpretada lo más apegadamente posible a como se supone fueron las versiones originales.
El dato es importante por cuanto si el conjunto y su director proceden así en lo musical, no guardan el mismo prurito en lo actoral y sus montajes escénicos, y la mejor prueba de ello es su representación de The Fairy Queen (La reina de las hadas) que, como parte de la edición 42 del Festival Internacional Cervantino ofrecieran en una única función la noche del martes 14 en Bellas Artes.
Esta composición deliciosa de Henry Purcell (1659-1695) se emparenta con la famosa Sueño de una noche de verano, gratísima comedia de Shakespeare estrenada alrededor de 1595; empero, la verdad es que poco tiene que ver ya que, en rigor, lo más que puede decirse es que esta reina “toma el espíritu” (esa cosa tan volátil e inasible y, por supuesto, indefinible con certeza total) de la obra shakespereana, pero no tiene una trama similar, ni los mismos propósitos ni los mismos personajes y, ni siquiera, como la comedia, un género definido. En atención a tener que definir cosas, se ha convenido en que esta obra escénica con acompañamiento musical es una “semi-ópera” pero bien a bien, con certeza total y rigor teórico, nadie puede precisar qué es exactamente eso y cuáles sus límites y características que permitan clasificarla de otra manera.
Así que, en la convención, podemos decir que esta obra se deriva de las “masque”, espectáculos predominantes en la Inglaterra del siglo XVI que de alguna manera podemos emparentar con los “ballet de court” franceses y con los “intermezzi” italianos, o sea, híbridos que aún no cuajaban en un género definitivo como la ópera o, posteriormente, la opereta y hasta “el musical” gringo.
Sin embargo, The Fairy Queen es una bellísima pieza musical que, metafóricamente, liga situaciones y personajes con la música, y así, por ejemplo, podemos decir que las bodas están representadas por la “masque del himeneo” y otras situaciones similares.
La puesta en escena, encargada al mexicano Mauricio García Lozano, es absolutamente contemporánea y nos presenta a unos viajeros que con ropas informales y valijas actuales se dirigen a la hipotética Arcadia para encontrar, al final y después de mil vicisitudes, que el amor y la felicidad están dentro de cada uno de ellos y en las relaciones que establezcan con los demás.
Clara, precisa, ágil es esta dirección que, debe agregarse, fue muy bien entendida y ejecutada por el elenco, que igual se desplazaba coreográficamente que actuaba y cantaba, a más de crear el adecuado entorno para las acrobacias y juegos de malabares, que todo eso hay en escena.
La joya de la corona, no obstante, es sin duda la música.
Igual reconocimiento debe hacerse a las y los cantantes especializados. En especial nuestra Lucía Salas, soprano quien, literalmente, de la noche a la mañana tuvo que aprender las partes de la importante cantante inglesa que se enfermó y a quien tuvo que sustituir.








