Modiano: La realidad fragmentada

El calificativo de “Marcel Proust de nuestro tiempo”, aplicado por el secretario de la Academia Sueca al dar a conocer el Nobel para el francés Patrick Modiano, debido a su obsesión por la memoria, es inexacto: Mientras los personajes de Proust “acaban por encontrar un pasado feliz”, los suyos, según declaró hace tiempo, “andan a la deriva”. Se trata, pues, de dos sentidos distintos del tiempo, como se advierte en este repaso por algunas de sus ideas, intenciones literarias y momentos sustanciales de su vida.

Penetrar en la obra del francés Patrick Modiano, el nuevo Premio Nobel de Literatura, equivale a acompañar al autor en su búsqueda obsesiva y onírica de la memoria, fragmentos de un pasado enigmático –que conforman lugares, personas y épocas superpuestos–, a través de vaivenes entre la realidad y la ficción.

En sus libros, concisos y de estilo depurado, Modiano suele sembrar elementos autobiográficos, al mezclar de manera ambigua su voz con la de sus personajes, a quienes hace perseguir sus propios fantasmas.

“El ‘yo’ de mis personajes siempre ha sido un poco vago. Soy yo y no soy yo”, dijo a Libération en 2001, con sus dos metros de altura y su timidez hipeartrofiada que le impide expresarse con claridad en entrevista.

En su biblioteca se apilan anuarios telefónicos de París de los años 30 y 40, que consulta regularmente para crear personajes y soñar sus vidas. Le encanta callejear en la ciudad, que describe en sus novelas de manera minuciosa, y observar los edificios donde vivieron sus personajes.

“Lo que me motiva a escribir es encontrar las huellas de las cosas, más que las cosas en sí mismas. Como una estatua sin brazos”, confesó Modiano en 2003 a la revista Lire.

“Escribir me es desagradable, representa un trabajo largo y difícil que provoca una baja continua de la tensión, por lo que necesito un estimulante. Camino mucho, sueño despierto. Entro en un segundo estado a partir de pedazos de la realidad, muchas veces del pasado. Otras veces a partir de nombres”, dijo al mismo medio en 2010, y añadió: “esta necesidad de un estimulante es la razón por la que muchos autores se vuelven alcohólicos”.

De hecho, el pasado jueves 9 Modiano estaba vagando en las calles, perdido en sus ideas cuando su hija le llamó, pues se había enterado por los medios que había ganado el Nobel.

“Estaba un poco sorprendido. Entonces caminé”, balbuceó ante la prensa.

“El gran e inevitable tema novelístico es siempre, y de todas maneras, el tiempo”, comentó en 1972 al ganar el Gran Premio de la Academia Francesa por su novela Los paseos de la circunvalación, cuando tenía apenas 27 años y ya tres libros publicados.

Esta fascinación por el tiempo llevó a Peter Englund, el secretario permanente de la Academia Sueca, a designarlo como el “Marcel Proust de nuestra época” el pasado jueves, en el momento de otorgarle el premio.

Pero en 1975, Modiano se distanció de la figura de su ilustre predecesor al declasrar:

“Los personajes de Proust terminan por encontrar un pasado feliz. A mis personajes ya no les puede ocurrir nada. Sólo son fuegos fatuos que deambulan en las ruinas de sus vidas pasadas. Sobreviven. La única diferencia entre ellos y yo está en mi favor: yo escribo, es mi anclaje. Ellos andan completamente a la deriva.”

Odio al padre

“Nací el 30 de julio de 1945 en Boulogne Billancourt, número 11 de la calle Marguerite, de un judío y de una flamenca quienes se conocieron en París durante la ocupación. Escribo ‘judío’ ignorando el significado que revertía esta palabra para mi padre, y porque se mencionaba en ese entonces sobre los papeles de identidad. Los periodos de altas turbulencias suelen provocar encuentros azarosos, por lo que nunca me sentí un hijo legítimo, ni mucho menos un heredero”, escribió Modriano en las primeras líneas de Un pedigree.

Su padre, Albert Modriano, administraba una tienda de perfumes antes de estallar la guerra. Cuando las fuerzas nazis entraron en París, el progenitor no se registró como judío y entró en la clandestinidad, ocupando hotel tras hotel con identidades falsas. Durante esta época, frecuentó el mundo mafioso y se dedicó a traficar en el mercado negro. Sus contactos le permitieron escapar dos veces a la deportación hacia el campo de exterminio de Auschwitz.

“En 1942, en París, conoce a una joven actriz que acaba de llegar desde Bélgica, Luisa Colpeyn. Se casan en noviembre de 1944, después de la Liberación. Nací en 1945 y mi hermano Rudy en 1947”, continuaba en Un pedigree.

A los cinco años de edad, Modiano tuvo por única compañía la de su hermano, con quien le ligaba una relación muy fuerte, ya que sus padres prefirieron confiar sus hijos a la niñera, a los abuelos y a internados en lugar de ocuparse de ellos.

La muerte de Rudy en 1957 lo afectó profundamente, y terminó por crecer prácticamente solo, regularmente expulsado de los sucesivos internados en los que lo obligaron a vivir. Durante su primera década como escritor, indicó en su fecha de nacimiento: 1947. La de su hermano.

Adicto al éter, Modiano mantuvo una relación conflictiva con sus progenitores, a tal grado que en dos ocasiones durante la década de los 60 su padre trató de deshacerse de él: una vez lo denunció a la policía, mientras que en la otra intentó alistarlo forzosamente en el ejército.

A los 18 años, Modiano cortó los puentes de manera definitiva con su padre, pero conservó una gran curiosidad respecto a su historia y, sobre todo, a su papel durante la ocupación nazi, ya que éste siempre se mostró misterioso al respecto. Además, recopilaba en su biblioteca varios panfletos antisemitas.

Retratos de la ocupación

Modiano tenía 23 años cuando publicó en 1968 La Plaza de la Estrella, su primera novela. Esto le permitió vengarse de su padre, ya que planteó el personaje de un judío nacido durante la posguerra, quien se inventa un pasado alucinado en un París ocupado por el ejército hitleriano. En esta fantasía, se imagina como un judío aspirando a “volverse un escritor francés”, lo que lo llevará a convertirse en colaborador con los nazis.

En su retrato de la Francia ocupada, Modiano describió con ironía las interacciones entre judíos colaboradores, escritores antisemitas y traidores pragmáticos; “durante un periodo en el que la transición del mundo de la Gestapo al de los resistentes era más frecuente que lo que uno quería creer, y que a veces se debía más al azar que a las convicciones”, analiza la escritora y crítica literaria francesa Aliette Armel.

Sus dos novelas siguientes, La ronda nocturna –la historia de un integrante de la Gestapo que se pasa a la Resistencia– y Los paseos de la circunvalación –en la cual el narrador busca a su padre, traficante judío que entra en la clandestinidad y adopta una identidad falsa–, también se desarrollan en el París ocupado y adopta el mismo tono cínico y desilusionado de la primera.

Estos libros, publicados a finales de los sesenta e inicios de los setenta, despedazaron los mitos que fundamentaban la historia oficial, entonces marcada por el “resistencialismo”, esa versión estereotipada según la cual todos los franceses se comportaron como héroes durante la ocupación.

Al otorgarle el Premio Nobel, el jurado sueco argumentó que Modiano se convirtió en un maestro del “arte de la memoria, con la cual evocó los destinos humanos más imperceptibles y reveló el mundo de la ocupación”.

“Nunca quise pintar un retrato realista de la ocupación, sino hacer sensible un cierto clima de cobardía y desasosiego. Ninguna verdad histórica, sino una atmósfera, un sueño, un fantasma”, precisó en 1972.

Y en Libro de familia, publicado en 1977, puso en la boca del narrador:

“Apenas tenía veinte años, pero mi memoria precedía mi nacimiento. Estaba convencido, por ejemplo, de haber vivido en el París de la ocupación porque me acordaba de ciertos personajes de esta época, así como de detalles ínfimos y turbios, de los que no hace mención ningún libro de historia.”

Dos años antes, en Les Nouvelles Littéraires, explicó su manía por los años de la ocupación, en los que todavía no había nacido:

“Como toda la gente que no tiene ni tierra natal ni raíces, estoy obsesionado por mi prehistoria. Y mi prehistoria es este periodo turbio y vergonzoso de la ocupación: siempre sentí, por oscuras razones de origen familiar, que había nacido de esta pesadilla.”

Cuando, en 2003, se le preguntó por qué no había dedicado un libro a su padre en vez de destilar detalles de su vida en varios otros, contestó:

“No podría transformar esto en literatura. Se parecería demasiado a un reporte policiaco.”

El método Modiano

A través de un meticuloso trabajo de investigación, Modiano resulta ser un gran “biógrafo de los anónimos”, según Le Figaro.

En Calle de las tiendas oscuras, libro con el que ganó el Premio Goncourt en 1978, Modiano explica que su método de investigación se basa en información cruda, como la fecha y el lugar de nacimiento, una licencia de conducir o un número telefónico.

A través de la voz de su narrador, un detective privado amnésico en búsqueda de su propio pasado, precisa:

“Notaba todos estos detalles, que muchas veces son los únicos en atestiguar del paseo de un ser vivo sobre el planeta.”

Asimismo, reveló en 2003:

“Para el punto de partida de mis libros siempre utilizo algo muy preciso que no forma parte de la ficción. Un detalle. Una escena. Algo que ocurrió de verdad. Un pedazo de realidad. Luego, mezclo estos trocitos reales con lo que hubieran podido llegar a ser. Y se convierte en un tipo de ficción.”

Un día de diciembre de 1988, Modiano encontró en la edición del 31 de diciembre de 1941 un anuncio publicado en el periódico France-Soir:

“PARÍS. SE BUSCA una chica joven, Dora Brudeo, 15 años, 1.55 m., rastro oval, ojos gris-café, abrigo deporte gris, suéter morado, falda y sombrero azul oscuro, zapatos deporte café. Dirigir todas indicaciones a Sr. y Sra. Bruder, 41 bulevar Ornano, París.”

Reveló Modiano al presentar Dora Bruder en 1995.

“Este anuncio me trastornó profundamente. Imaginé a estos padres, quienes perdieron el rastro de su hija el último día del año. Y ubicaba bien el lugar donde vivían.”

El escritor se quedó aferrado a la idea de la chica. Consultó el Memorial de la deportación de los judíos de Francia y encontró el nombre de ella, que formó parte del convoy número 34 el 18 de septiembre de 1942 hacia el campo penitenciario de Drancy, en Francia, rumbo a Auschwitz, donde fue asesinada. Sus padres la siguieron un año después en este destino trágico.

Inició un trabajo de largo aliento, que duró casi seis años.

“Pensaba que no lograría nunca sacarla de la nada”, explicó ulteriormente.

Amasando trocitos de información, revisó los documentos del campo de Drancy y a la procuraduría de policía; descubrió que la joven había estudiado en una escuela religiosa –destruida durante el momento de la investigación–, encontró fotos y visitó los lugares donde había vivido la familia.

“Sentí una impresión de ausencia y de vacío cada vez que me encontré en un lugar donde habían vivido”, explicó en el libro.

La obra narra la búsqueda de Dora Bruder, a la que el narrador se identifica cada vez más a través de espejismos temporales que ponen en paralelo los años 60 –la adolescencia de Modiano–, con los 40.

En el sucinto libro, Modiano comparte sus sentimientos sobre la literatura, la ocupación, así como sobre todos los documentos recolectados durante esos seis años.

“En el momento en que firmó (el documento de traslado de Drancy a Auschwitz), ¿medía este funcionario el alcance de su gesto? En el fondo, sólo representaba para él una firma de rutina y, además, el lugar adonde sería llevada esta chica todavía era designado por la prefectura de policía con un nombre tranquilizador: Hospedaje, Centro de estancia vigilado.”

El mismo libro

“Tengo la impresión de que he escrito el mismo libro desde hace 45 años”, dijo Modiano en conferencia de prensa en los locales de la editorial Gallimard en París, tras el anuncio del Premio Nobel.

Varios medios anglosajones, entre los cuales estuvieron el británico The Guardian o el New York Times, utilizaron esta cita para burlarse del ganador, que consideraron ilegítimo ante, por ejemplo, el célebre escritor y periodista estadunidense Philip Roth.

El novelista francés siempre reconoció que manejaba temas similares, y que sus historias planteaban búsquedas, de sentido, del pasado, de identidad, en los lugares más neutrales –hoteles y otros sitios de tránsito anónimo, terrenos vagos, hospitales–, de un París “soñado, compuesto de expresiones vividas e incorporadas a la ficción”.

En su entrevista con Lire en 2003, aseveró:

“Mis libros están construidos de aquí y de allá autobiográficos.”

Abundó:

“Cada vez que termino un libro, tengo la impresión de poder empezar con algo nuevo. La sensación de haber barrido lo suficiente para arrancar de nuevo… Es como si quisiera soltar algunas cosas del pasado, de mi vida, para tener el campo libre. Pero al final, nunca ocurre así. Esta sensación es una ilusión.”

Ese mismo año publicó Un pedigree, una suerte de autobiografía en la que plasmó el repudio a sus padres:

“Siempre consideré que este libro entraba en la categoría de novela. No conté una vida, la mía. Hablé de cosas que me habían sido impuestas. Por supuesto, se trataba de mis padres. Escribí este libro para soltarme de estos elementos extraños, no para contar mi vida.”

Y precisó:

“La autobiografía siempre me pareció extraña. Sospechosa. Uno miente a veces por omisión, o al presentar las cosas bajo un ángulo que ya no entra en la verdad sino en la traición.”

Y declaró al presentar Dora Bruder:

“Nunca sentí que escribía novelas, sino que soñaba pedazos de realidad que luego me esforzaba de combinar para bien y para mal en un libro.” Cuando se le preguntó sobre su obra, confesó que nunca vuelve a releer los libros que escribió en su juventud:

“Esto invoca la cuestión de la edad. Cuando uno vuelve a leer los primeros libros que ha escrito, siempre tiene esta desagradable sensación, que fueron escritos por otra persona. Como si uno tuviera grabaciones de sí mismo a los 16 años, y que las volviera a escuchar, esta voz que ya no es.”

Esta desolación por el tiempo que pasa y “arrastra todo” forma el esqueleto de la obra de Modiano:

“A cuarenta años de distancia, usted puede no reconocer a alguien que conoció  muy  bien. Hay rostros que ya ni siquiera le dicen nada.”

En Libro de familia, el narrador observa a su hija de año y medio de edad. Y piensa:

“Nada molestaba su sueño. Todavía no tenía memoria.”