A unque hay media docena de obras suyas que circulan en nuestro idioma bajo el sello de Editorial Anagrama, Patrick Modiano tiene un público lector más bien pequeño en México. Menor, por lo menos, al de Georges Perec (1936-1982), su colega y compatriota, que es un poco más conocido entre nosotros. Probablemente esa proporción se invertirá ahora, a raíz del Premio Nobel otorgado a Modiano.
Entre ambos escritores hay muchos puntos de contacto, dice el filósofo y profesor de matemáticas Roland Brasseur, quien ha estudiado con detenimiento la obra de ambos escritores, comenzando por el más visible: la semejanza en el título de uno de los primeros libros de Perec, La boutique obscure, de 1973 (“La tienda oscura”, narración de 124 sueños), con el título de uno de los primeros libros de Modiano: Rue des boutiques obscures , impreso en 1978 (“Calle de tiendas oscuras”, una investigación de corte policial). No se trata de una coincidencia: Mondiano hace alusión al libro de Perec para darle un tinte específico a su obra.
Pero probablemente el más importante encarna en la figura del genial Raymond Queneau, quien fue protector y amigo de uno y de otro. Ambos, con toda razón, veneraban a su magistral colega.
Curiosamente, Perec y Modiano jamás se encontraron.
“Debimos habernos visto pero, desdichadamente, eso jamás ocurrió”, 1 se lamentó hace algunos años Modiano.
El periodista francés Denis Cosnard, autor de un libro titulado En la piel de Patrick Modiano, pensó en colmar esa carencia creando un diálogo totalmente imaginario entre ambos a partir de párrafos extraídos de sus textos o de entrevistas que les hicieron. El resultado es un divertido collage, lleno de guiños y alusiones a sus obras y a sus biografías. Como se indica en la introducción al diálogo, “las palabras que cada uno de ellos emplea, son cien por ciento de la autoría de cada uno”. En una edición dedicada a Perec, fue publicado por Europe. revue littéraire mensuelle en su No. 293/294 de enero-febrero de 2012. (Nota y traducción de Rafael Vargas)
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–Patrick Modiano: Buenos días…
–Georges Perec (que hace tiempo aprendió inglés en un curso nocturno): ¡Buenos días, amigo mío, buenos días! How do you do? What can I do for you? ¿Se le antoja un porto-flip? 2
–P.M. (con timidez): Yo… yo deseaba verlo desde… desde hace mucho tiempo. Escribo… escribo un libro sobre la emigración. ¿Es qué… podría hacerle unas preguntas?
G.P.: Hmmm, todo eso suena más bien oscuro. Vamos, instalémonos primero para conversar a gusto. Entonces, ¿se le antoja un porto-flip?
P.M.: Yo no… bueno, si usted quiere… Dígame, ¿quién es usted? Aunque yo lo he leído durante días y días, no sé nada de usted. ¿Quién es usted, exactamente?
G.P.: Nací el sábado 7 de marzo de 1936, cerca de las nueve de la noche, en una maternidad ubicada en el número 19 de la calle Atlas, en París, en el décimonoveno distrito.
P.M.: (con aire soñador) En el número 19 de la calle Atlas… donde vivía Ingrid con su padre cuando era niña…
G.P. (turbado): ¡Qué! ¿De quién habla? ¿Por qué dice eso? Para comenzar, ¿podría saberse cómo se llama usted?
P.M.: Me llamo Jimmy Sarano. Nací en 1945.
G.P. (irónico): Vaya, esa es una buena manera de empezar, aunque requiere de algunas precisiones, más bien, de muchas precisiones, de toda una historia. Los mejores autores brindan algunos datos sobre sus padres casi inmediatamente después del anuncio de su venida al mundo.
P.M. (a ragñadientes, como si revelara una tara): Nací el 30 de julio de 1945, en Boulogne-Billancourt, en el número 11 del callejón de Marguerite, de un judío y de una flamenca que se conocieron en París durante la ocupación. ¿Y sus padres?
G.P.: Yo no sé exactamente en qué circunstancias se conocieron. Yo fui su primer hijo. Tuvieron un segundo, en 1938 o 1939, una niña a la que llamaron Irene, pero que no vivió sino unos cuantos días.
P.M. (siguiendo el ejemplo de GP): Perdí a mi hermano en febrero de 1957. Un hermano, un gemelo que murió en mi lugar en una fecha y un sitio desconocidos y cuya sombra acaba por confundirse con la mía.
G.P. (retomando el hilo): Vivíamos en París, en el vigésimo distrito, en la calle Vilin. La casa de mis padres era la número 24. Llegó la guerra. Mi padre se enroló en el ejército y murió. Mi madre se convirtió en viuda de guerra. Fue hecha prisionera en una redada junto con su hermana, mi tía. Fue internada en Drancy el 23 de enero de 1943, y después, el 11 de febrero, deportada a Auschwitz.
P.M.: Cuando leí el Memorial de Klarsfeld 3 para ver si encontraba el rastro de Dora Bruder, me di cuenta de que mi madre se encontraba con ella en el mismo convoy. Ella partió en el convoy del 11 de febrero hacia Auschwitz, cinco meses después que su marido y su hija. Tal coincidencia me produjo un choque terrible, me perturbó mucho.
(Un momento de silencio) ¿Dónde se encuentra el número 24 de la calle Vilin?
G.P.: En el cruce de las calles Vilin y Julien-Lacroix, sólo queda en pie Selibter, Pantalones; las otras tres esquinas están ocupadas, dos por solares, la otra por un inmueble completamente tapiado.
P.M.: Dos domingos del mes de abril de 1996, fui a visitar los barrios del oriente; esos barrios del Sagrado Corazón de María y de las Tourelles, para tratar de encontrar la huella de Dora Bruder. Ya no queda nada del Sagrado Corazón de María. Un conjunto de edificios modernos se levanta en la esquina de la calle de Picpus.
G.P.: Nada se parece más a un lugar abandonado que otro lugar abandonado.
P.M.: Yo he pensado mucho en usted. Y creo que usted debe haber formado parte del círculo de alguien a quien frecuenté mucho durante una época… Ya no me acuerdo de su nombre… vivía en la ribera derecha, cerca de Pont de Neuilly, en una especie de cuadra de edificios de los años treinta. ¿No podría usted darme una pista?
G.P.: ¿Vivía en una pensión, no lejos del Jardín de Aclimatación? 4
P.M.: Sí… sí… Ya recuerdo. ¡Calle Casimir Pinel, eso es!
G.P.: Usted se refiere a Queneau… Conocí a Queneau en el Taller de Literatura Potencial. ¿Sabe?, me considero como su primo menor.
P.M.: Ahora lo recuerdo todo. Mi madre conocía a la esposa de Queneau y un sábado, a la hora de la comida, allí estaba él. Me dijo –sin duda por amabilidad–: puedes venir a comer a casa el sábado. Calle Casimir Pinel. Como estaba obsesionado por las matemáticas, me ayudaba a hacer mi tarea de aquella materia que entonces se llamaba geometría en el espacio.
G.P.: Geometría en el espacio. Barrer el espacio con una mirada. Espacio tiempo. Espacio medido. La conquista del espacio. Espacio muerto…
P.M. (interrumpiendo): Yo, jamás comprendí nada. Él sabía que a mí me interesaba París y me señalaba un montón de lugares por los que valía la pena pasear, a veces sitios absurdos pero jamás pintorescos.
G.P.: A mí me encanta caminar por París. A veces me gusta hacerlo durante toda una tarde, sin rumbo preciso, aunque tampoco del todo al azar ni a la aventura, sino más bien tratando de dejarme llevar.
P.M.: En aquella época, París era una ciudad que correspondía a los latidos de mi corazón. Me bastaba con pasearme solo por París, al azar, para sentirme feliz. Me acuerdo de los edificios del boulevard Émile-Augier, y de la calle donde doblaba a la derecha. Me acuerdo del Hotel de Bélgica, en el boulevard Magenta, a la altura de la Estación del Norte. Ese era el barrio donde mi padre vivió de niño. Me acuerdo de su oficina, en el edificio color ocre del número 1 de la calle de Lord Byron.
G.P.: Me acuerdo de que en el juego de “Monopoly”, la avenida Breteuil es verde, la avendida Henri-Martin, roja, y la avenida Mozart, naranja.
P.M. (continuando con el juego): Me acuerdo de todo eso como si fuera ayer… Me acuerdo del nombre de un corredor: Piquemal.
G.P.: Yo me acuerdo de muchos atletas: Houvion, Tima Papa Gallo, Sainte-Rose, Jazy, Piquemal, Pujazon, y también de Valerie Brummell (quien sufrió un terrible accidente en moto) y de Ter Ovanessian.
P.M.: Por mi parte, en lo único en lo que yo pensaba era en el polo. Me repito aquellas palabras mágicas: “Laversine”, “Cibao la Pampa”, “Silver Leys”, “Porfirio Rubirosa”.
G.P.: Me acuerdo de Porfirio Rubirosa (¿el género de Trujillo?). Me acuerdo de Christine Keeler y del caso Profumo.
P.M.: Qué curiosa coincidencia… Yo me acuerdo muy bien… Si se hiciera una radiografía de mis novelas, se vería que contienen trozos enteros del caso Profumo o del caso Christine Keeler, o del secuestro de los niños Peugeot.
G.P.: (opinando) Yo recuerdo el secuestro del pequeño Peugeot
P.M.: Yo recuerdo que en mi casa habíamos comprado una limusina en oferta
G.P.: Yo me acuerdo de los automóviles norteamericanos: los “De Soto”, los…
P.M. (lo interrumpe, nervioso): Yo recuerdo a mi camarada Daniel Desoto, que llegó a visitarnos al volante de un automóvil deportivo de color rojo.
G.P. (prosiguiendo su narración): Yo me acuerdo de los seis días de la prueba de ciclismo de invierno.
P.M.: Yo ya no recuerdo si, aquella noche, yo me llamaba Jimmy o Pedro, Stern o McEvoy.
G.P. (desbordante): Yo me acuerdo de la declaración de impuestos de Chaban-Delmas.
P.M.: (cada vez más nervioso): Yo me acuerdo de su nombre de pila: Jacques y, con un poco de paciencia, estoy seguro de que encontraría su apellido en los viejos Bottins…
G.P.: Yo me acuerdo de “Limpiar es bueno, no ensuciar es mejor”.
P.M. (exasperado): ¿Ahora nos vas a dar consejos de higiene, Georges? ¿No te importaría si nos detenemos? La cabeza me da vueltas…
G.P. (con un tono arisco): ¡Mesero! ¡Un porto-flip! l
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1 En una entrevista con Maryline Heck, publicada en Le Magazine Littéraire, octubre de 2009.
2 El porto-flip es un coctel cuyo principal ingrediente es el oporto. Fue creado a finales del siglo XIX en los bares de Estados Unidos para tratar de competir con los destilados que llegaban de Europa, como el brandy, el cognac o el whisky escocés.
3 Se refiere al libro El Memorial de la deportación de los judíos de Francia, de Serge Klarsfeld, publicado en París en 1978. Es una lista, en orden alfabético, de 70 mil judíos que fueron deportados entre 1942 y 1944. [N. del t.]
4 Un parque muy grande situado en el corazón del Bois de Boulogne, en París.








