La administración de Aristóteles Sandoval agotó ya la cuarta parte de su periodo de gobierno y es penoso constatar cómo en varias dependencias estatales el tiempo se les ha ido (un año, siete meses, dos semanas) como agua entre los dedos. Ese ha sido el caso de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ), desde donde no se ha hecho nada medianamente memorable ni en las artes escénicas ni en materia de exposiciones ni mucho menos en la producción editorial. Y por lo que hace a la protección y promoción del patrimonio cultural, el desempeño ha sido todavía más deficiente e incluso ahora amenaza con empeorar.
Ejemplo de ello es el proyecto que pretende convertir la mayor parte (el 70%) del edificio que durante casi un siglo ocupó la XV Zona Militar en la nueva sede de la SCJ. Y el 30% restante se piensa habilitar, según el dicho de la titular de esa dependencia, Myriam Vachez, en “Museo de las Artes Populares” (El Informador, 23 de septiembre), lo cual es bastante extraño, pues desde hace 15 años ya existe un museo de ese tipo, el cual se localiza en la esquina de San Felipe y Pino Suárez, a cargo de la propia SCJ. ¿Lo anterior significa que la señora Vachez planea manejar dos museos dedicados a lo mismo, a sólo seis cuadras uno de otro? En honor a la verdad, la promesa del segundo museo de “artes populares” es sólo una estratagema para tratar de justificar la mudanza de las oficinas de la SCJ al edificio de la antigua XV Zona Militar. En el fondo, se trata de un proyecto descabellado en muchos sentidos: porque el inmueble en cuestión, de un alto valor patrimonial, sería utilizado para albergar a la burocracia cultural y no para la promoción de las manifestaciones artísticas e intelectuales; porque para habilitarlo como área de oficinas la administración de Aristóteles Sandoval tendría que hacer un desembolso de 18 millones de pesos, dinero público que se debería destinar a la promoción de la cultura antes que al confort de la burocracia cultural, y porque al hacer las cosas de un modo tan alrevesado se estaría incurriendo en un desacato, pues cuando se dio el traspaso legal del edificio, el 10 de septiembre de 2010, que pasó de manos de la Secretaría de la Defensa Nacional al gobierno de Jalisco, la condición era que éste último lo convirtiera en un “museo público”.
De prosperar el plan que la señora Vachez trae entre manos, se estaría incurriendo, además, en una grave y costosa regresión histórica. Y ello porque, contra lo que parece creer la titular de la SCJ, es regresivo querer convertir un edificio de tan relevantes características en sede de un conjunto burocrático como el que encabeza la funcionaria de marras, pues es una tendencia cada vez más generalizada en todas partes dar a los inmuebles públicos de valor histórico y patrimonial un uso cultural. Numerosos son los ejemplos en este sentido.
En la Ciudad de México, por mencionar sólo algunos casos, el antiguo Colegio de San Idelfonso, que durante casi un siglo fue sede de la Preparatoria Nacional, está convertido desde hace décadas en uno de los principales espacios culturales del centro histórico de la capital del país. Y otro tanto ha sucedido con el edificio de la Ciudadela, que ahora alberga a varios de los principales acervos bibliográficos del país. Otro caso es el del tristemente célebre Palacio Negro, la otrora penitenciaría de Lecumberri, convertida en la actualidad en la sede del Archivo General de la Nación.
Otras conversiones virtuosas, en este mismo sentido, son el Palacio Clavijero, en Morelia, o el Claustro de San Agustín, en Querétaro; ambos, prestigiosos centros culturales del país. En Guadalajara misma hay dos casos significativos que la señora Vachez parece que ignora: el Cabañas, de donde hace 10 años fueron sacadas varias oficinas de la SCJ para ampliar el área museográfica, y el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, de donde se removió incluso la oficina del rector para que todo el edificio formara parte del llamado Museo de las Artes.
Por lo visto, la comunidad cultural de Jalisco tendrá que librar nuevamente una batalla que ya se creía ganada desde años, cuando Sofía González Luna, a la sazón secretaria de Cultura de la entidad, de manera sensata sacó su oficina y la de varios de sus colaboradores del Cabañas, con el fin de darle a ese noble inmueble, declarado por la UNESCO “patrimonio de la humanidad”, un uso enteramente cultural, manteniendo únicamente el área administrativa de dicho recinto.
Y si el gobierno de Jalisco ya había aceptado, así haya sido en la administración anterior, darle un uso museístico al edificio de la antigua XV Zona Militar, ¿por qué ahora súbitamente se ha de cambiar de parecer? ¿Acaso porque existe la necesidad de meter en algún sitio las oficinas centrales de la SCJ, luego de haberse dictaminado que el edificio que venía ocupando (el ubicado en la esquina suroeste de La Paz y 16 de Septiembre) acusa fallas estructurales? Pues entonces que el gobierno de Aristóteles Sandoval busque otro edificio, el cual bien se podría hallar entre las múltiples construcciones desocupadas de la plaza tapatía. ¿Que no se dispone del presupuesto necesario para darle, en el corto plazo, un uso museístico al inmueble patrimonial que la Secretaría de la Defensa Nacional cedió al gobierno de Jalisco? ¿Y los 18 millones de pesos que, según Myriam Vachez, se tienen para acondicionar como área de oficinas el edificio patrimonial de marras?
Es penoso constatar cómo desde 1992, cuando fue creada la SCJ, la presente administración de esa dependencia no sólo ha sido hasta ahora la más perezosa de todas, sino también la de los mayores desatinos, entre los se cuentan el haber querido cobrarles renta a los teatristas de la comarca por el uso de los espacios a cargo de esa dependencia o, ahora, el proyecto para degradar un edificio patrimonial, convirtiéndolo en un complejo de oficinas, que por lo demás pareciera algo ocioso, pues si ahora la SCJ hace tan poco (como poco casi nada), ¿no sería más razonable, práctico y económico para todos que, mientras se repara (se refuerza o se reconstruye) el edificio de La Paz y 16 de Septiembre, la señora Vachez y sus allegados despacharan desde sus respetivos domicilios?
Apostilla
Hace dos semanas, en estas mismas páginas, fue consignado el caso de ignorancia o mala información de funcionarios de la UdeG, a quienes les dio por inventar que jaliscienses insignes como el poeta Enrique González Martínez y el pintor Gerardo Murillo Dr. Atl habían sido “destacados alumnos y docentes” de la Preparatoria de Jalisco, dependencia educativa que en este 2014 está cumpliendo cien años. A la lista de esas falsas atribuciones hay que sumar ahora el caso del pintor tapatío Roberto Montenegro (1887-1968), a quien en un libro de reciente aparición (Escuela Preparatoria de Jalisco: génesis del espíritu universitario, de Enrique Bautista González) se le consigna como “profesor en la Preparatoria de Jalisco”.
Para información del señor Bautista González y funcionarios de la UdeG, Roberto Montenegro se fue de Guadalajara en 1904 y a su ciudad natal sólo vino de visita. El único compromiso profesional que, desde entonces, cumplió en la capital jalisciense tuvo lugar en 1957, cuando, por encargo del gobernador Agustín Yáñez, elaboró un mosaico monumental que, con el tema de Apolo y las nueve musas, estuvo muy pocos años en el tímpano del teatro Degollado, pues el arquitecto Ignacio Díaz Morales, avalado por el sucesor de Yáñez (Juan Gil Preciado) desmontó dicha obra, que luego se volvió perdidiza.








