El teatro para mostrar la injusticia. El teatro que documenta la realidad y encuentra nuevas formas dramáticas para expresarla. El teatro que conmueve y nos hace testigos de lo que la censura acalla. El caso Rubí, la joven muerta a golpes por su pareja y la madre asesinada por reclamar justicia, es puesto en el escenario en la obra Dos mujeres protagonizada por Ofelia Medina y Paola Medina. Nos enfrentan al feminicidio como un acto brutal y cotidiano en nuestro país, particularmente en Ciudad Juárez.
Perlas para los cerdos de Alejandro Román es el punto de partida de esta obra de teatro que los vientos del desierto nos traen al Círculo Teatral desde hace una semana. Román, nombrado por Víctor Hugo Rascón Banda como el dramaturgo del narcotráfico, plasma su inquietud social con lenguaje poético en el caso de Rubí y Maricela Escobedo acontecido en el 2008 y 2010. Algo que se trata dentro de las estadísticas escalofriantes de feminicidios como asignaturas pendientes, es transformado en hechos reales y afectivos que les acontece a dos seres humanos cuya expectativa de vida ha sido violentada.
El teatro humaniza a los personajes y a los espectadores que contemplan tal atrocidad y de alguna manera trae de regreso a la vida y a nuestras conciencias la tragedia de dos mujeres, madre e hija, donde una sigue la pasión hacia un hombre y la otra el amor hacia el ser nacido de su entraña. En una situación de pobreza la niña sueña con la fiesta de quince años, su vestido y la riqueza que le ofrece el joven que la maltrata. No puede dejar de seguirlo y asume su carácter de víctima por el miedo que le tiene y el poder pasional que ejerce sobre ella. Su madre lo intuye y la busca, la trata de arrastrar de vuelta a casa, pero ella ya no puede hacerlo y sufre las consecuencias. El final que le depara, morir a golpes y desaparecer calcinada después de que su cuerpo ha sido descuartizado y aventado a un bote de basura, lleva a la madre a organizar manifestaciones y mítines de protesta porque el asesino sale de la cárcel libre y sin castigo. Esa es su culpa y lo que la lleva a la muerte.
Alejandro Román, cuyas obras han sido premiadas continuamente a partir de 2008, plasma situaciones dolorosas. Elige un lenguaje dramatúrgico difícil de llevar al escenario, dado su carácter poético y evocativo expresado con largos monólogos descriptivos, pocos diálogos y en lugar fuera del tiempo y la concreción espacial. Raúl Zermeño y Ofelia Medida, que dirigen la obra, acompañados por Arturo Nahum, la adaptan a sus necesidades escénicas. La madre puede ser una mujer mexicana, o de medio oriente, o de cualquier país donde a las mujeres se les ha silenciado y se ha dado por hecho su disposición a los deseos e impulsos destructivos del hombre. No se necesitan muchos elementos escénicos. La presencia de estas mujeres y su fuerza emotiva es suficiente para tocar las fibras sensibles del espectador. Están en un desierto o en el basurero mismo de la muerte; están vivas o más bien son muertas que viven lo que les pasó; ahora juntas, pero para siempre separadas.
Ofelia Medina, una mujer sobresaliente en el mundo del espectáculo, se ha comprometido en cuerpo y alma con las causas sociales: las de los zapatistas, de las indígenas, de las mujeres injustamente tratadas; causas que claman justicia y que en el teatro se les reivindica. A pesar de un trazo escénico poco limpio y el exceso en la actuación –ya que el dolor no requiere ser subrayado, pues por sí mismo se expresa desde el interior del alma–, la obra de teatro cumple su objetivo.
Dos mujeres es un canto a la vida de dos seres que no merecían morir y que sin embargo fueron asesinadas. A la fecha no se les ha hecho justicia, pero en el teatro tienen la palabra.








