El aspecto más controvertido de Cantinflas (México, 2014) es que no provoca controversia; la prioridad del director Sebastián del Amo parece obvia, había que concentrarse en la originalidad del genial cómico, y fabricar un puente para enlazarlo con la persona histórica de Mario Moreno y dejarlo a la altura del personaje que creó. El monumento quedó completo.
El Mario Moreno (Óscar Jaenada) de esta película, es un gran héroe; polimorfo al principio, boxeador, torero, limpiador, llega a condensarse en una sola imagen, la de Cantinflas, un periquillo que condensa la chispa y agudeza del peladito de la calle. Guste o no, del Amo consuma el mito; sale sobrando que se diga que haya habido dos o veinte personalidades diferentes entre el actor y su personaje; el público mexicano quiere a su Cantinflas completo.
Que un cómico de carpa se haya enriquecido al nivel que lo hizo Mario Moreno, a ojos del gran público, es ya una virtud heroica; generoso, fundar un sindicato de actores y defenderlo contra los líderes charros, equivale a ser valeroso; humano, pues aunque esposo devoto, no quedó exento de una que otra infidelidad, claro que con las más bellas de la época como corresponde al carisma del éxito y del poder; además derrocha nobleza cuando defiende su matrimonio. Para colmo, inspira ternura y compasión porque no puede tener hijos con su mujer. El Mario Moreno histórico es tema de otra película, no de ésta.
Y lo que sigue va en serio; la interpretación de Óscar Jaenada es sorprendente, su Cantinflas existe desde dentro en cada parpadeo; desde fuera, en la capacidad de transmitir el impacto del entorno, como si la piel del personaje fuera un monitor donde registra todo lo que se mueve a su alrededor. Jaenada se arroja de cabeza en su papel sin perder el control ni un momento. Hay que creerle cuando declara, en la entrevista de Columba Vértiz (Proceso, 1976), que le interesó más la lágrima de Mario Moreno que las carcajadas de Cantinflas; una vez absorbido el cómico, el reto era descubrir al hombre de carne y hueso.
Pero el mito ganó; era la tirada del director, y el guión no daba lugar para profundizar en Mario Moreno; Óscar Jaenada se hizo a sí mismo las preguntas esenciales; por ejemplo, cómo aguantar toda una vida con el mismo personaje. Pero también a él le ganó Cantinflas. Aún detrás de los lentes oscuros no está Mario Moreno, sino su máscara; el recién casado que quiere apurarse a tener más chamaquitos es un héroe de película mexicana de la época, o ése que le da una palmadita a Marlon Brando cuando recibe el Globo de Oro por La vuelta al mundo en 80 días. Jaenada falló en su intento; para encontrar a Mario Moreno había que inventarlo.
Además de Cantinflas, apenas Valentina, la esposa (Ilse Salas), y Shilinsky (Luis Gerardo Méndez), son personajes bien actuados y bien dirigidos, el resto son meros íconos; sólo así era posible representar la enorme galería que va de María Félix a Chaplin. Ojalá que en Hollywood, donde compite la cinta para la nominación a los Óscar, pueda reconocerse en esa caricatura.








