El exdirector de la Comisión Estatal Indígena, Magdaleno López Ibarra, piensa dedicarse a darle orientación social y jurídica a su etnia, los wixárika, a fin de que superen lo que desde su punto de vista es una falta de iniciativa que puede confundirse con pobreza. Y aunque las cifras oficiales ubican a los municipios de estos pueblos entre los que padecen más carencias en el país, el exfuncionario insiste: los programas sociales sólo producen “atenidos”.
COLOTLÁN.-Los programas sociales contra la pobreza en las comunidades indígenas las empobrecen más, señala Magdaleno López Ibarra, quien fue director de la Comisión Estatal Indígena (CEI) en el último tramo del sexenio anterior.
Su forma de pensar es conocida en su etnia, los wixárika y que se ubica en el norte del estado –sobre todo los municipios de Mezquitic y Bolaños–, lo cual le ha valido fuertes críticas.
Aun cuando el último informe del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) ubica a Mezquitic como la entidad más pobre del estado y la número 11 del país, López Ibarra mantiene su postura.
A este problema se suman los conflictos por la tenencia de la tierra, derivado de la constante tensión por los límites territoriales entre las diversas formas de propiedad comunal indígena: ejidos, pequeños propietarios y terratenientes.
Mezquitic, limítrofe con Zacatecas, es el único municipio rural de Jalisco donde el gobierno federal despliega su Cruzada Nacional Contra el Hambre, pero López Ibarra dice que no existe tal nivel de carencias.
Integrante del Comisariado Ejidal de San Sebastián Teponahuaxtlán entre 2005 y 2008, así como secretario general del municipio de Mezquitic de 2007 a 2009, el entrevistado atribuye la pobreza de las comunidades huicholas a las actitudes de la población:
“Las comunidades no estamos pobres; no sé por qué el gobierno o todo mundo nos quiere decir que estamos pobres. Nos consideran pobres en todos lados y yo lo veo desde un punto de vista wixárika; nosotros no pagamos agua, no pagamos tierra, todo el bosque es de nosotros, terrenos de cultivo tenemos, como que nos hace falta trabajar más, enseñarnos a trabajar un poquito más de lo que tenemos.”
Por ejemplo, dice, “hablando del cultivo de maíz, no sacamos como para vender; no tenemos esa idea de sembrar mucho para vender, casi siempre sacamos para uso (personal) y ahí está el problema. Lo veo de esa forma porque he estado en mi comunidad y he peleado esa parte. Yo creo que al wixárika, no sé si este bien decirlo de esta forma, hay que enseñarlo a pescar y no llevarle el pescado, porque todos los programas sociales en lugar de ayudarnos nos hacen atenidos”.
–¿Le parece que la pobreza es un mito? –se le pregunta.
–Sí. El wixárika que sale de su localidad no es tanto por buscar trabajo, sino al wixárika le gusta andar de aquí para allá, le gusta tocar la música, le gusta trabajar su artesanía, no tanto porque quiera salir de pobre viene a la ciudad. No está bien que lo diga de esa forma, pero esa es la situación real de lo que me he percatado.
Antes de retirarse de la función pública, López Ibarra instaló una asociación civil en la cabecera del municipio de Colotlán, pero no ha funcionado a plenitud. Ahora dice que está concentrado en ella para brindar orientación social o jurídica a los indígenas.
Por Colotlán pasan muchos wixárikas. Frecuentemente caminan en grupo. Algunos llegan para atenderse en el hospital de primer contacto y otros se detienen en la plaza para vender sus manualidades de chaquira y lentejuela.
López Ibarra insiste en que los programas sociales motivaron a las comunidades indígenas para dejar de trabajar y se hicieron “atenidas” a los recursos que les entregaran; sin embargo, asegura que el dinero siempre llega tarde y nunca se gasta en los fines para los que fue destinado.
–¿Le parece que son medidas populistas y no deberían existir?
–Quizá se vería mejor cambiar las reglas de operación de los programas. En mi pueblo, cuando yo estaba chavo, se practicaba mucho la ayuda mutua con la gente mayor. Entre ellos se ayudaba a sembrar, a limpiar y cosechar. Nomás vinieron los programas y ahora la gente nada más está esperando a que llegue el recurso para sembrar la cantidad que viene ahí. Si tiene tres hectáreas, tres hectáreas es lo que siembra, cuando antes se sembraba mucho más.
“Por eso te comento que ya nos hicieron atenidos. Si los recursos que son para esos programas llegaran a tiempo quizá favorecerían algo, pero ni llegan a tiempo y la verdad no se utilizan para lo que es, se utilizan para otras cosas que la verdad me da vergüenza decirlo.”
En su opinión, los programas sociales deberían ir acompañados de herramientas de capacitación y educación para el buen uso de los recursos porque eso “cambiaría mucho ahí en la sierra”.
Despojos
Lo que sí reconoce López Ibarra es que las comunidades indígenas históricamente han sido objeto de despojos territoriales. Cita a la comunidad de Huajimic, del municipio La Yesca, Nayarit, donde los wixaritari exigen la restitución de 10 mil hectáreas, por lo cual marcharon por el centro de Guadalajara el pasado 20 de agosto, aprovechando la gira del presidente Enrique Peña Nieto por Jalisco, donde anunció que la nueva Financiera Nacional de Desarrollo destinará 44 mil millones de pesos al campo.
“La comunidad de San Sebastián, junto con la de San Andrés Cohamiata, tenemos invasiones por posesionarios de mucha lana del estado de Nayarit, porque colindamos con Nayarit. La comunidad de San Sebastián es más grande que Colima y que Tlaxcala en extensión territorial y ahorita tenemos una invasión de 10 mil hectáreas en la comunidad de San Sebastián. Legalmente nos corresponden, pero el rico, el que tiene, hace hasta lo imposible para conseguir un título de propiedad falso y con eso entretienen los procesos. Ese es el problema que tenemos en la actualidad”, destaca López Ibarra.
Pero incluso en ese ejemplo, comenta que la invasión de esa tierra fue propiciada porque la comunidad no vive ahí sino en pequeñas localidades, y tampoco la utilizan para sembrar.
Recuerda que cuando él fue comisariado ejidal repartió 22 mil hectáreas entre aproximadamente 200 personas, que las tenían abandonadas.
“La invasión fue primero en una zona de la sierra. Nos invadió gente que cultivaba la yerba maldita, y poco a poco los demás porque tienen mucho ganado y algunos porque son conocidos y les damos permiso de entrar”, dice.
Y añade que cuando fue secretario general de Mezquitic promovió un programa para que la población hiciera construcciones pequeñas. El municipio entregó el material y los beneficiarios sólo debían poner la mano de obra, pero la oposición local exigió que también pagaran a los albañiles. Resalta que en algunas comunidades se levantaron casas de salud y en otras comisarías.
–¿Cómo te ve tu comunidad por tus opiniones después de que fuiste funcionario?
–Me juzgan de loco. Es que allá al que ven bonito es al que llega con refrescos. Ahorita tenemos el ejemplo de los presidentes municipales. A lo mejor sería malo hablar de ellos, pero si les lleva refrescos es a toda madre, es buena gente, pero la ayuda en ese momento con un refresco no es ayuda, los estás fregando más.








