Ignorancia enciclopédica

No deja de ser un motivo serio de preocupación que algunas autoridades de la Universidad de Guadalajara (UdeG) estén dando muestras de conocer tan mal la historia de la institución a la que pertenecen. Por estos días, dichas autoridades no sólo han venido celebrando el centésimo aniversario de la Preparatoria de Jalisco –una dependencia anterior a la creación o reapertura de la UdeG–, sino que les ha dado por presumir como “destacados alumnos y docentes” (Proceso 1976, 14 de septiembre) de dicho centro escolar a jaliscienses ilustres que jamás pasaron por sus aulas como sería el caso del poeta Enrique González Martínez y el pintor Gerardo Murillo, mejor conocido con la denominación que el mismo insigne pintor prefirió darse: Dr. Atl.

¿De dónde han sacado las autoridades udegeístas esa información, a todas luces falsa, que ahora difunden hasta en desplegados celebratorios en la prensa? ¿Tan mal asesorados están, o es que ahora campea en más de un campus de la universidad pública de Jalisco la ignorancia supina, ignorancia que amenaza con convertirse en enciclopédica?

Hace 100 años, con la llegada del Ejército Constitucionalista a Guadalajara que el 8 de julio de 1914 depuso al gobierno huertista el general José María Mier, la persona que quedó como jefe político y militar de la plaza, Manuel M. Diéguez, dispuso la confiscación de varios edificios que directa o indirectamente venían siendo manejados por el clero católico, entre ellos las dos fincas que desde fines del siglo XIX han estado una frente a la otra: el entonces Seminario de Señor San José –que luego sería ocupado durante muchas décadas por la XV Zona Militar y en la actualidad se halla convertido en un elefante blanco que, con la pretensión de ser un dizque “museo”, regentea la Secretaría de Cultura de Jalisco– y el jesuítico Instituto San José (antecedente del Instituto de Ciencias), edificación en la que el gobierno de Diéguez encomendó la función de relevar al Liceo de Varones, dando albergue a la Secundaria del Estado y a la llamada Preparatoria de Jalisco.

Como esto último ocurrió hace exactamente un siglo, las autoridades de la UdeG han decidido celebrar en este 2014 “los primeros 100 años” de la Preparatoria de Jalisco, aun cuando para entonces ese centro escolar dependiera del Departamento de Educación del Estado, por la sencilla razón de que aún no existía la UdeG, la cual fue reorganizada 11 años más tarde, cuando Diéguez ya había muerto (en 1924, durante la rebelión delahuertista) y la gubernatura de Jalisco era ocupada por José Guadalupe Zuno, a iniciativa de quien la universidad tapatía abrió sus puertas el 12 de octubre de 1925, con la voluntad manifiesta de diferenciarse de la institución homónima del siglo XIX y que a instancias del obispo fray Antonio Alcalde había sido creada en el lejano año de 1792.

Pero además de este hecho de dislocación cronológica (celebrar como cosa propia, a nombre de la UdeG, el origen de una escuela que cuando surgió como tal no podía depender de una universidad nonata), está una anomalía aún mayor: presumir como alumnos y docentes de la Preparatoria de Jalisco a tapatíos ilustres que, desde fines del siglo XIX, ya ni siquiera residían en Guadalajara. Y como dicho plantel nunca ha habido cursos por correspondencia, es imposible que tanto Enrique González Martínez como el Dr. Atl hayan figurado en algún momento en su larga nómina de estudiantes o maestros.

Aparte de lo anterior, están tan bien estudiadas tanto la vida como la obra de ambos personajes –cuyos restos mortales, por cierto, se encuentran en la Rotonda de los Hombres Ilustres en el Panteón de Dolores de la capital del país, aun cuando en la Rotonda tapatía cuenten con sendas estatuas– que cualquier persona con una mínima información sobre el particular habría descartado cualquier posibilidad de que los susodichos hubieran sido “destacados alumnos y docentes” de la Preparatoria de Jalisco. Por desgracia, ni quienes ahora manejan los destinos de la UdeG ni sus asesores parecieran tener esa información.

Para 1914, cuando el gobierno de Diéguez confiscó el edificio que ahora ocupa la Preparatoria de Jalisco, Enrique González Martínez ya tenía 43 años, y el Dr. Atl estaba por cumplir los 40, así que como para bachilleres ambos estaban un poco pasados de edad. Y para haber sido mentores de los preparatorianos tapatíos, la cosa era todavía más complicada, pues para entonces uno de ellos (González Martínez) se había mudado con su familia de Mocorito, Sinaloa, a la Ciudad de México, donde acababa de dejar el cargo que había ocupado (subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes) en el recién derrocado gobierno del usurpador Victoriano Huerta. Por su parte, el Dr. Atl acaba de regresar de su segunda estancia europea para unirse a la causa carrancista, fijando temporalmente su residencia en Orizaba, Veracruz, donde editaba el periódico revolucionario La Vanguardia.

Como ya quedó consignado, uno y otro habían abandonado para siempre su ciudad natal (Guadalajara) en la última década del siglo XIX. González Martínez cuenta en uno de sus libros de memorias (El hombre del búho) cómo al poco tiempo de haber abierto su consultorio en la capital tapatía, fue visitado por un grupo de notables de Sinaloa que venían a invitar a médicos jóvenes de Guadalajara que quisieran desarrollar su carrera en aquel estado. Luego de pensarlo, en compañía de sus padres y de su hermana, Enrique González Martínez, quien pocos años después llegaría a ser un renombrado poeta, abandonó su terruño a fines de 1895. Y en el mismo libro de memorias refiere también cómo su educación media la había hecho en el Seminario de Guadalajara (ni siquiera en el laico Liceo de Varones), de donde pasó directamente a la Escuela de Medicina.

En cuanto al Dr. Atl, éste comenzó sus estudios de bachillerato en 1889, en el Liceo de Varones, cuya sede estaba en lo que ahora es el Museo Regional de Guadalajara. Pero de manera intempestiva (según su propio testimonio por haber sido un involuntario testigo de la presunta conspiración política que habría estado detrás del atentado que, el 10 de noviembre de ese mismo año, le costó la vida al gobernador Ramón Corona) su familia lo hizo trasladar a Aguascalientes, en cuyo Instituto de Ciencias concluyó su bachillerato.

No está de más decir que, para mediados de la segunda mitad del siglo XX, tanto el Dr. Atl como González Martínez ya habían fijado su residencia en la Ciudad de México y que a Guadalajara sólo vendrían de visita, sobre todo a recibir homenajes de sus paisanos. Así que, con la pena grande de poder asegurar a las autoridades de la UdeG que, en definitiva, ni el poeta Enrique González Martínez, muerto en 1952, ni el gran pintor Gerardo Murillo, Dr. Atl, quien se despidió de este mundo 12 años más tarde, en ningún momento fueron alumnos o maestros de la Preparatoria de Jalisco, dependencia que en la actualidad dirige una persona que nunca se ha distinguido por sus atributos académicos e intelectuales, sino por haber sido escolta del exrector Raúl Padilla, quien para pena de la comunidad universitaria se ha convertido en el Fidel Velázquez de la UdeG.

En tan bochornosa pifia, lo más probable es que los altos mandos de la universidad pública de Jalisco, así como los cocos pensantes que tienen a su servicio, hayan confundido a Enrique González Martínez con José Luis Martínez, escritor ilustre que sí fue alumno de la Preparatoria de Jalisco, lo mismo que el no menos insigne Alí Chumacero, entre 1932 y 1934. Y en cuanto a incluir al Dr. Atl en la nómina de ilustres de esa dependencia escolar, sólo hay una explicación: la ignorancia enciclopédica que parece animar muchas de las decisiones que toman los jeques de la UdeG y para quienes, por lo visto, tener el poder equivale a tener también la razón.