MÉXICO, D.F. (apro).- Admirado y muy señor mío Giordano Bruno: leída su carta a este buzón, paso a darle mi opinión sobre algunos puntos de la misma y mi disconformidad con su idea de que esta globalidad en la que respiramos los vivientes, es mejor de los mundos posibles.
Inicialmente, tiene razón, no hay noticia alguna de que la Iglesia católica -¿o será ignorancia de mi parte?- haya hecho una pedida de perdón por haberlo condenado a morir en la hoguera.
En segundo término, servidor es de la creencia de que esa iglesia no lo condenó por panteísta, sino que más bien por su apoyo y defensa de la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico, que vino a conmover y derribar el orden científico, filosófico y teológico considerado como inmutables hasta su llegada.
Con la teoría copérnica desapareció el principio de inmovilidad eterna del planeta Tierra, que justificaba no poco la eterna fijeza atribuida a las cuestiones terrestres –política, autoridad, moral, religión, etcétera-; y al hombre, al que consideraba un ser excepcional, un solitario en el universo.
Esa teoría lo convirtió en parte integrante de la naturaleza, principio contrario al papel que la iglesia había dado al hombre por casi mil 500 años, lo que abría la puerta al humano para que comenzara a pensar que el mundo era gobernado -¡tremendo pecado!- por las leyes de la Naturaleza y que no pocos casos y conceptos, como el movimiento, la materia y el tiempo, por ejemplo, eran objetivos, que tienen un sentido propio, estuvieran o no de acuerdo con la fe y los dogmas.
Eso es lo que apoyó y usted defendió, mi estimado Giordano Bruno. Y en mi humilde pero sincera opinión, eso fue lo que motivó a la iglesia a quemarlo vivo; lo otro fue como la cereza de su justificación, que le sirvió de coartada a sus muy particulares intereses y propósitos, que no coincidían con la verdad científica.
Igualmente tengo que decirle, que pata nada soy de los que juzgan un obstinado e incluso un necio al soportar tantas vejaciones e injurias, torturas y hasta una horrorosa e infame muerte, pues si ya no creía, o su fe era distinta, ¿por qué no mintió?, ¿qué le costaba haber renegado –al menos de palabra—de sus ideas, o acaso fue tanta su soberbia o hasta tal punto lo tentó el diablo?
Esas preguntas y otras parecidas se las hicieron sus congéneres de su momento y se las siguieron y siguen haciéndose no pocos: los pusilánimes, los acomodaticios, los prácticos y hasta los hombres de buena fe o buena voluntad incluso, pero fanáticos de lo que les han enseñado, los de una herencia impuesta de usos y costumbres.
No, servidor no es de esos, pues así como los católicos creen que Tomás Moro es un santo cristiano, y también un héroe del yo, servidor es de los que creen que usted, mi estimado Giordano Bruno, es un mártir de la ciencia y también un héroe del yo y un campeón y símbolo de esos hombres capaces de las más altas acciones, de esas que más orgullosos podemos sentirnos todo ser humano.
Es el representante ejemplar de esos hombres que, liberados de una concepción impuesta por una falsa o malinterpretada divinidad, con sus descubrimientos, tanto en lo mental como en lo material, han ido abriendo el mundo, haciéndolo más grande y al mismo tiempo limpiándolo de supersticiones, supercherías y convencionalismos reaccionarios, facilitando así el existir de sus congéneres.
Uno de esos descubridores de nuevas tierras o de esos que han ido conformando nuevas maneras de ver, sentir, interpretar e incluso actuar sobre el mundo que nos rodea; uno de esos hombres inquietante para los otros, ya que con su manera de ser, con su conducta ejemplar, recuerdan a todos los mortales que su vivir no tiene más que la siguiente alternativa:
Se vive como un acomodaticio, un logrero o pusilánime o bien se vive como usted…y el vivir como usted, repito, inquieta a todo humano viviente, ya que le recuerda que el que no es fiel a su conciencia, no es responsable de su propia dignidad.
Si es de aquellos que no les afecta que los llamen y los traten como perros… siempre que les den un hueso y les importe un comino sus deberes para con los prójimos, en manera alguna vive como todo un hombre, sino que más bien como un pusilánime, que el diccionario dice que es un ser tímido, de poco ánimo, un cobarde…guste o no guste lo que tal hacen y busquen pretextos para justificarse.
Con todo mi respeto.
JUAN CONTRERAS
P.D.
Mi disenso para con usted sobre que la globalidad en que respiramos los que vivimos en la actualidad es la mejor de las posibles, será motivo de otra carta a este mismo buzón.
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