LYON, Francia (apro).- Phia Menárd es una juglar contemporánea que a través del uso de elementos de las tradiciones de la Edad Media, el circo y la danza, transgrede la escena para entrar a un sorprendente y casi inimaginable universo paralelo donde sucede de manera contundente otra realidad.
Al filo, la artista francesa construye desde lo sencillo: un teatro arena, un círculo con ventiladores y ella misma caracterizada como un gordísimo ser que apenas puede moverse de tan obeso y que sentado en el piso recorta una bolsa de plástico para llevar alimentos a la que con sus tijeras y una cinta adhesiva convierte en una sencilla figura con cabeza triangular y brazos.
A partir de ese momento, todo se transforma: los ventiladores se echan a funcionar y en un santiamén la bolsa se eleva por los aires y bajo las notas de Debussy de L’apres-midi d’un Fauno en este caso en un juego de palabras con Foehn (El foehn es un viento característico del norte de los Alpes que se produce en relieves montañosos que se dice vuelve loca a la gente) e inicia una danza inconcebible y asombrosa.
Del traje del hombre saldrán entonces decenas de las bolsas de la misma forma y que lanzadas al aire y moviéndose suavemente, harán una danza lúdica y bella que deja sin aliento a cualquiera.
La sensación de asombro es colectiva. No hay tiempo para pensar qué sucede cuando la contemplación de la belleza sobreviene como respuesta natural al deleite de lo que no pasa por el entendimiento.
¿Cómo logró Menard calcular la velocidad, orientación de los ventiladores para lograr ese subir y bajar de decenas de figuras sublimes que giran entre ellas, se atraen, caen y vuelven a levantarse solas de una forma aparentemente tan sencilla?
Es evidente que a través de estudiar a profundidad variable físicas como la velocidad, la distancia, la masa, la temperatura, la aceleración y la fuerza: física pura y mucha tenacidad para diseñar el muñequito perfecto que el hombre gordo incluso recoge en un paraguas al revés para lanzar al aire, y confirmar que con material de deshecho como bolsas, éstas pueden cobrar vida cuando él quiera y flotarán en una danza dulce y suave. Y de golpe, el maldito gordo agarra a los dulces seres para destruirlos, y uno como espectador se siente traicionado de que lo haga, porque la simpatía hacia ellos los ha hecho depositarios de un afecto inquebrantable.
Pero el gordo no se detiene y de su enorme panza hará surgir una figura ¿humana? De su tamaño con la que bailará un dueto de amor y odio en el que ambos se enlazarán apasionados, juguetones y hasta violentos, hasta que ese nuevo ser quedará reducido a lo que es, un simple plástico que los ventiladores inflaron y luego sentenciaron a perecer en el piso.
Una vez más el gordo, que poco a poco ha ido perdiendo volumen de su obeso cuerpo, hará aparecer de su cuello, de su corazón, de su alma casi, monstruos en forma de ¿víboras? ¿Plantas carnívoras? ¿Tentáculos? que generan un espantoso vortex con el que el gordo tendrá que luchar, sacrificándose en momentos, vencido en otros, y levantándose en una contienda desigual en la que se puede prever no saldrá bien librado.
Al final todo acaba, el kraken ha vencido y poco a poco todo se desinfla y del ser que era un gordo sólo queda una delgada mujer que se incorpora maltrecha.
Phia Ménard con su compañía Nova logra con La siesta del Foehn y Vortex hacernos sentir que sus faunos corren el riesgo de volverse locos en el viento seductor. Y que una terrible lucha se lleva al cabo en el foro por un flujo de movimiento mortífero en espiral.
En entrevista con la Biennale de la Danse, la artista explicó que su trabajo consiste en encontrar “un elemento y un sujeto” y explica:
“Me interesé en cuentos acerca del viento en diferentes países, particularmente en vientos con el poder de enloquecer a los hombres, lo que es una idea recurrente en muchas culturas. En México me hablaron del Santa Ana, en Dubrovnik me hablaron del Jugo, que cuando sopla, si alguien comete un crimen, se puede beneficiar de circunstancias atenuantes, además de que el gobierno no puede aplicar las leyes cuando sopla. Así que me interesé en la influencia de los elementos en nuestra psique, en nuestro humor.
“Después me encontré con un estudio realizado en Múnich sobre los cambios y los efectos en la conducta humana causados por el Foehn, particularmente el incremento de accidentes, suicidios y asesinatos. Ese fue el catalizador para las dos obras, un elemento que puede llevarnos a lo irremediable. Eso puede hacer el elemento del aire. Inventé así un dispositivo en el cual el hombre está confrontado permanentemente con el viento, una situación sin salida. Traté de llevar las cosas al límite para entender en que momento es que somos capaces de rebasar el filo de lo que nos amenaza.”
Menard es una juglar del siglo XX que le quita la respiración a cualquiera. Sin más recursos que ella misma y muchísima creatividad e imaginación, es una de esas perlas negras que se encuentran rara vez, una joya que le da el peso específico al trabajo de la creación contemporánea. Menard es un lujo que la Biennale de la Danza ofreció en contrapunto a los espectaculares montajes de artistas de todo el mundo, demostrando que cuando se tiene algo que decir, se investiga sobre cómo hacerlo y a esto se le añade un talento natural, el espectador se rinde, se entrega y su vida jamás vuelve a ser la misma porque el hecho escénico lo ha transformado todo en una realidad paralela, un fenómeno que sólo se alcanza en la escala de lo humano y como experiencia de lo irrevocable del arte.












