Los concursos de 1994

¿Sirven de algo los concursos de dramaturgia?
En México existen varios certámenes que premian textos escritos, presentados con seudónimo.
El más jugoso (50 millones de los de antes), con más prestigio y permanencia es el del INBA, con más de veinte años de existencia que se entrega en Mexicali; otro de los preferidos por los autores es el de la Sociedad General de Escritores de México, porque tiene como premio la producción de la obra, deseo legítimo de todo dramaturgo; y, uno discreto, pero permanente, que ha servido para el descubrimiento de nuevos valores es el de la revista Plural, que otorga diploma y cheque, además de la publicación del texto.
La Universidad de Nuevo León tiene también su concurso; en Puebla existen dos, que llevan los nombres de Rafael Solana y José María Fernández Unsaín; y en el noroeste, el Instituto Sonorense de Cultura también convocó el año pasado al suyo, con gran concurrencia de escritores locales.
El jurado calificador de este último concurso, integrado por tres autores, entre los que estaban Luis Mario Moncada y Jorge Celaya, dos jóvenes dramaturgos, tuvo problemas para tomar su decisión porque a la final llegaron dos obras opuestas, pero igualmente valiosas: La esperanza, obra bien construida, siguiendo las reglas del género, que recupera el lenguaje de los marinos de Guaymas y que denuncia las broncas de los pescadores; y, El estanque, que no cuenta una anécdota lineal, sino que convoca las voces y fantasmas de la memoria colectiva, a través de un sueño, en un lenguaje regional, riquísimo y bello, para hablarnos de soldados y guerrillas, de traiciones y sentimientos.
El jurado se decidió finalmente por El estanque, de Roberto Corella, prefiriendo la búsqueda, la experimentación y la poesía, pero otorgando una mención de honor a la otra, de Cutberto López, por su originalidad, lenguaje y situación dramática.
En 1994, la revista Plural premió, por el certamen del año anterior, a René Vargas Flores, un nuevo dramaturgo egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM y del taller de Hugo Argüelles por Luz de deseo, una breve pieza en un acto que muestra un extraño e incestuoso triángulo amoroso, la tía, el sobrino y su joven amante, en dos planos de irrealidad que coexisten en la imaginación del protagonista. Al cierre de esta nota, el jurado que premiará la obra de 1994 todavía no abría el sobre del ganador, cuya obra aparecerá el próximo abril.
El ganador del Concurso de la SOGEM, que en esta ocasión lanzó su convocatoria con el copatrocinio de la UNAM, fue José Dimayuga con País de Sensibles (decisión del jurado formado por Alejandro Licona y Jesús González Dávila), otra extraña obra sobre el incesto entre madre, hija y hermano, la ironía y la ambigüedad, estilo muy característico de su autor, quien se dio a conocer el año pasado con su Arcángel, que vimos con Tito Vasconcelos y Mónica Serna en el museo Tamayo, y leímos en Tierra Adentro bajo el título Afectuosamente su Comadre. El presidente de la SOGEM, durante la reciente comida donde se efectuó la premiación, se comprometió a estrenar País de Sensibles en el primer trimestre de 1995.
Un jurado integrado por la actriz María Rojo, la comunicóloga Stasia de la Garza y el dramaturgo Alejandro Licona otorgó el Premio Nacional de Dramaturgia del INBA, que se entrega en Mexicali cada septiembre, a Hernán Galindo, un joven talentoso y prolífico dramaturgo de Nuevo León (Ansia de duraznos, premiada en 1989, Bestias escondidas, El marasmos, Genesio, Gélidas caricias, y Déjame que te cuente, actualmente en cartelera en Monterrey) por su obra Los niños de sal.
En veinte cuadros, como fotografías instantáneas, Hernán Galindo logra construir un bellísimo texto que revela, en una atmósfera rulfiana, un juego onírico en el que se confunden los tiempos, la memoria y los recuerdos. Los niños de sal es poesía vuelta teatro de imágenes, y recuperación de presencias y ausencias, de fantasmas y espejismos en la arena, de sonidos y silencios y de personajes que se desmoronan al tratar de atraparlos.
Obra de magia y sueños, sobre el regreso imposible al puerto de origen, Los niños de sal muestra a un dramaturgo en plena madurez de su oficio, y será cuando se estrene profesionalmente una verdadera revelación y un suceso, porque es un texto conmovedor y deslumbrante que se aventura por caminos fantásticos poco transitados por la dramaturgia nacional.
Ojalá que estos nuevos dramaturgos premiados en 1994, vean en 1995 la representación de sus obras, porque como todo creador auténtico prefieren la puesta en escena al cheque y al diploma.
Aunque el diploma puede ser el pasaporte que los lleve al escenario, porque si no, ¿para qué otra cosa sirven los concursos? Un dramaturgo sigue siendo tan bueno o tan malo con premio o sin él, pero un reconocimiento siempre es bienvenido. Y debe ser la llave para un posible montaje.