Ángela y Lidia

Vals, galopa, schottis, mazurka, polka: formas musicales destinadas a la danza, cuyo apogeo creciente abarca la segunda mitad del siglo XIX, en forma dilatada.
Reposaban en viejos álbumes, depositados junto a otros volúmenes del repertorio materno, al interior de muebles con aroma a naftalina, junto a sendas ediciones musicales añejas. Ahí fueron a parar tras haber hecho las delicias de generaciones precedentes, cuando resonaban en salones elegantes o pretenciosos –predilectos de las clases pudientes– e incluso rastacueriles.
Dando tumbos por algunas librerías de viejo o puestos de antiguallas, entre objetos ajados y elementos decorativos inútiles, languidecieron durante tiempos menos propicios. Sus hoy seductoras cubiertas, con grabados nostálgicos, supieron del polvo y el menosprecio. Semejantes a la muñeca fea.
Por vías diversas terminaron reposando en legajos silentes, archivos o centros de documentación: morada, esta última, virtualmente mejor que la proporcionada por algún coleccionista atávico.
Su autora, Angela Peralta (1845-1883), encarnó durante mucho tiempo sólo una figura legendaria, remota y ambigua al extremo, de modo nebuloso.
Hasta que la maestra Esperanza Pulido (1901-1991) inició una labor bienhechora para traer a la realidad auditiva –y auspiciar su percepción inmediata– aquellas músicas escritas por la soprano mítica, haciéndolas resonar por primera vez el 8 de julio de 1977, tras un receso de varias décadas.
Un par de años más tarde vino el recital tripartito de las cantantes Guillermina Higareda y Margarita González así como María Teresa Rodríguez al piano, consagrado por entero a obras de Angela Peralta. Más telarañas se desintegraron.
La imagen recibió un esclarecimiento mayor cuando la Orquesta Sinfónica Nacional tocó la Galopa México (Orquestada por Arturo Márquez); incluyendo, en otra sesión, tres canciones interpretadas por Encarnación Vázquez.
Y en fecha reciente tocó turno a Lidia Gerberof, quien de manera magnífica –a la que faltó sin embargo cierto sentido del humor, más pronunciado– se ha lanzado a la tarea heroica de ejecutar en una sola sesión toda la obra para piano de Angela Peralta, teniendo como escenario el Anfiteatro Bolívar de la UNAM. El renacer de esta compositora atractiva, importante, rebasa hoy los confines de su imagen consabida, ésa que ha difundido la conseja sentimental con empecinamiento.
Las tareas principales de Lidia Gerberof en nuestro medio han sido como clavecinista e intérprete de música contemporánea. Al poner de relieve una referencia histórica como la creación pianística de Angela Peralta, ha ampliado las perspectivas y resonancias de su trabajo excelente, por lo que merece un aplauso entusiasta, aquí manifiesto. Ojalá hubiera muchos conciertos como éste.