Adiós a los agravios. Zedillo y Fox: amnesia poselectoral

Antonio Jáquez

Entre los efectos inesperados del colapso del PRI, resalta la luna de miel política entre Vicente Fox y Ernesto Zedillo, que comenzó la noche misma del 2 de julio sin mayores preámbulos.
De hecho, en lugar del romance previo a la luna de miel, ambos personajes han tenido estos años relaciones difíciles, tensas e incluso hostiles a lo largo de las semanas anteriores a la elección.
Cuidadoso, en su sexenio Zedillo nunca descalificó a Fox de manera directa, pero lo criticó veladamente por sus excesos propagandísticos y sus rasgos mesiánicos, por ejemplo.
Fox, en cambio, le echó el caballo encima al presidente en cuanta ocasión se le presentó. Le dijo que carecía de “cualidades de líder” y de visión de estadista, lo llamó “tapadera de Salinas”, le dijo que padecía “autismo político” y se refirió a él como uno de los presidentes “burros” que hemos tenido.

El “ultimátum”

Las críticas de Fox a Zedillo empezaron tan pronto levantó su “huelga política” y arrancó su carrera a la gubernatura de Guanajuato, en enero de 1995. Fresco el “error de diciembre”, culpó a Salinas de las medidas que precipitaron la crisis económica pero dijo que Zedillo “tiene planeado seguir con el mismo engaño y con la misma entrega del país al extranjero”.
En entrevista con este semanario, Fox propuso entonces no darle oportunidad a Zedillo de que la “regara” durante seis años:
“¿Qué hay qué hacer? Ponerle un ultimátum a Zedillo, darle hasta noviembre de 1996 para cumplir con lo único para lo que debe trabajar un presidente de la República, que es mejorar las condiciones de vida de todos los mexicanos. Si Zedillo no lo hace para noviembre de 1996, debemos decirle: ‘Muchas gracias por tus servicios, y vete a tu casa’. Vamos a elegir un nuevo presidente y vamos a anticipar la elección del 2000 en la federal de 1997; que renuncie Zedillo porque no pudo resolver ese problema.”
Poco después, en abril de 1995, acusó al presidente de apropiarse de la bandera del federalismo enarbolada por gobiernos panistas: Zedillo “está trepándose al gran movimiento social del federalismo con el objetivo de fortalecer su débil Presidencia de la República. ¡Aguas con Zedillo!, porque ahorita quiere dar todas las concesiones. Yo recuerdo todavía cómo Salinas se trepó en la idea de la democratización y de la transparencia electoral, la cooptó, le dio gobernabilidad a su sexenio, y, al final, nos dio la puñalada por la espalda”.
Ya como gobernador electo, en junio de ese año Fox urgió a su partido, Acción Nacional, a endurecer su postura frente al gobierno y a no ponerle “flotadores” al sistema: “Si tuviera en mis manos la estrategia, propondría ser contestatario, exigirle a Zedillo con mucha claridad que exponga cuál es la propuesta económica, en todo su detalle. Y si no estoy de acuerdo en partes, no  tengo por qué aceptar el conjunto, y menos darle el espacio y la gobernabilidad para sacarlo adelante”.
En prueba de las malas relaciones, Zedillo no asistió a la toma de posesión de Fox. Unas semanas después, en gira de trabajo por la entidad, aprovechó el viaje para defender su política económica -gracias a la cual, dijo, “ya empezamos a ver los primeros signos de alivio”- y para tenderle la mano a Fox: “Tenga usted la seguridad señor gobernador de que el gobierno federal apoyará todo esfuerzo para traer más inversiones que beneficien al pueblo de Guanajuato, cuyo bienestar es lo que más nos importa”.
En octubre de 1995, poco después de la primera entrevista oficial entre ambos personajes, Fox hizo el único elogio a Zedillo anterior a los comicios del 2 de julio, al compararlo con otros presidentes que ha tratado:
“La gran diferencia, me parece, es que Zedillo llega con mucho más humildad al poder, llega con menos compromisos y llega por sorpresa, quizá hasta sin desearlo. Simplemente ahí está y asume una responsabilidad. Y se ve que Zedillo maniobra para buscar consensos, buscar respaldo, poder político en esferas de la sociedad, más que en su propio partido. Esto puede llevarnos a vivir una experiencia diferente frente a sus antecesores. Todos los demás ya entraban con prepotencia, con la certeza de tener y ejercer el poder. Este hombre entra a abrirse espacio, a irse ganando la Presidencia tanto ante  la sociedad como ante el sistema y su partido.”
De todos modos,  Fox fue el único gobernador que no acudió a la firma de la Alianza para la Recuperación Económica, a finales de octubre, pese a ruegos de último minuto del secretario de Gobernación, Emilio Chuayffet. Eso le ganó una felicitación del Partido de la Revolución Democrática estatal, mientras que en la Cámara de Senadores el guanajuatense Salvador Rocha Díaz lo llamaba irresponsable, ambicioso, arbitrario, inmaduro, ególatra, desordenado y hasta iluso. Fox respondió: “Se le botó la canica a Chava”.

Zedillo, como Salinas

Fox volvió a la carga en marzo de 1996, en el marco del ciclo de conferencias “Compromisos con la nación”; en su turno, al abordar los temas desarrollo regional-federalismo, señaló:
“Es tiempo de encontrar una fórmula de salida que supere el neoliberalismo salinista, hoy continuado por Zedillo. Los resultados son evidentes, están a la vista y, sin embargo, hoy por hoy, en el mundo no hay otro camino para cumplir con los dos objetivos que cualquier economía debe perseguir: crear riqueza y distribuirla en forma simultánea y paralela, en forma equitativa y justa. No existe en este momento otro camino que el del libre mercado y la democracia participativa. No obstante, el modelo aplicado en México debe ser ajustado a la brevedad.”
Ya en campaña presidencial, Fox profundizó sus críticas al presidente, en particular por su seguimiento de las políticas salinistas. En su autobiografía A Los Pinos, le dedica todo un capítulo, “Un sexenio estéril”:
Durante los últimos cuatro años -afirma-, el gobierno de Zedillo “ha seguido al pie de la letra los lineamientos establecidos por Carlos Salinas de Gortari con sus evidentes consecuencias. Ha demostrado que no estaba preparado para asumir el poder, vive presionado y ha sido incapaz de manejar la transición democrática. Se supone que tenemos de presidente a un experto en economía y, sin embargo, tenemos un ingreso peor y se ha acentuado la caída de nuestro poder adquisitivo. A un presidente se le paga para mejorar el nivel de vida de los mexicanos, pero este gobierno ha carecido de visión, innovación y conducción, y al concluir su período estaremos peor que cuando lo iniciamos. Serán otros seis años perdidos, sin avance, progreso ni oportunidades”.
El proyecto zedillista “ha sido extraordinariamente limitado, concentrando sus esfuerzos en tres o cuatro variables, todas circunscritas al ámbito macroeconómico y dirigidas a dar certidumbre a los capitales externos. Han brillado por su ausencia programas dirigidos a detonar la microeconomía, el desarrollo regional y sectorial, la calidad, la productividad, la tecnología, los mercados internos, así como incrementar los salarios e ingresos”.
Abundó: El problema con el proyecto de Zedillo “es que ni siquiera concibe un desarrollo económico con rostro humano; no puede hacer a un lado variables como la educación,  la salud y la formación de capital humano. El énfasis de la política económica en México se ha concentrado en el crecimiento económico y la reducción de la inflación que, aunque son factores indispensables para un país, no son suficientes”.
Dijo luego que el mejor instrumento con que cuenta un país para alcanzar niveles óptimos de desarrollo es el Presupuesto de Egresos, “pero Zedillo no dejará más que desorden y desconexión en todo el sistema de aplicación del presupuesto. De ahí que tengamos que reinventar el concepto de gobierno en su totalidad, reducir considerablemente el gasto y la burocracia en niveles de 30 o 40%”.
Acusó a Zedillo de heredar a la próxima administración compromisos presupuestales “que suspenden todo margen de maniobra en materia económica. Para el año 2000, 40 centavos de cada peso estarán comprometidos para cubrir errores del pasado y deuda, mientras que los otros 60 centavos tendrán que destinarse a hacer frente al gasto corriente y a sostener un aparato burocrático poco efectivo, mal pagado, sin incentivos y que, consecuentemente, poco le produce al país”.
Y siguió: “El presidente y sus colaboradores más cercanos afirman, y hasta lo firman con sangre, que la economía no caerá en el bache de cada sucesión presidencial, que en el año 2000 no viviremos una nueva crisis sexenal como la de diciembre de 1994. Sin embargo, éstos son sólo buenos deseos que no se han convertido en ninguna acción concreta aparte del ‘blindaje’. La búsqueda de solución al problema de Chiapas se ha extraviado entre una serie de dimes y diretes sin sentido; Francisco Labastida, quien era el encargado de llevar a buen puerto las negociaciones para la paz, es el candidato del oficialismo y el dedazo, que representa los 70 años de ineficacia, corrupción y angustia que hemos vivido”.
Según Fox, la política debe ser entendida como la búsqueda del bien común, el desarrollo y crecimiento de la sociedad. “Si partimos de ese principio, podemos asegurar que el ejercicio político ha estado ausente durante el presente sexenio; jamás he escuchado de labios de Zedillo la visión de país a la que deberíamos aspirar. Tal parece que llegó a la Presidencia de la República a sobrevivir y tapar los errores de Salinas y los pozos de la corrupción”.
Aseguró, además, que no creía que con Zedillo se hubiera consolidado la democracia en México, “pues la realidad es que con él o sin él la tendríamos. Las conquistas de gubernaturas, presidencias municipales, congresos y la mayor equidad en procesos electorales, han sido triunfos exclusivos de la sociedad, no graciosas concesiones de Los Pinos”.
Todo eso dijo Fox en su libro autobiográfico, publicado en agosto de 1999 y que, según los editores, “abre de par en par las puertas del misterioso contrapunto entre querer y poder”.

“Cuando platico con Roberto Hernández…”

De la crítica, Fox pasó a los hechos. En julio de 1997 inició su precampaña a la Presidencia, con lo que, entre otros efectos, le rompió el juego sucesorio al sistema priísta, controlado durante décadas por el presidente en turno. “Decidí adelantarme para colocar el proceso electoral a la luz pública y evitar sucesiones presidenciales tan dolorosas como en la que murió Luis Donaldo Colosio”, anotó Fox en su recuento autobiográfico.
En ese tenor, cuestionó la intervención del presidente en la sucesión priísta:
“Sin duda que Zedillo no se ha cortado el dedo que está poniendo sus figuras al frente”,  especialmente Francisco Labastida, “colocado en la posición más estratégica, la más visible, que es la Secretaría de Gobernación (…) el proceso lo trae controlado Zedillo, pretende seguir controlándolo y va a introducir sus cartas al juego, no le van a sorprender desde fuera”.
Engallado, subió el tono de sus críticas tras el cuarto informe presidencial, el 1 de septiembre de 1998. Dijo que veía ese informe como “un acto de autismo, (que) es una enfermedad en la que se anda fuera de la realidad, fuera de lo que está pasando, y donde se vio claramente la falta de liderazgo”.
Unos días después, entrevistado por Proceso (1140), explicó que había usado la palabra autismo “porque describe bien lo que vivimos en el informe; que es hablar de  temas poco importantes, prácticamente insulsos, un recorrido de eventos del último año (…) No estoy hablando de la enfermedad en sí; estoy hablando de que en lugar de atender la problemática, en lugar de plantear a la nación un camino de certidumbre, un camino a seguir, se va a hablar de otras mil cosas que poco tienen que ver con los momentos tan críticos que estamos viviendo ahora”.
Afirmó también que “los acontecimientos han rebasado al presidente. Me parece que desde el principio le ha faltado ese liderazgo, el ejercicio de la Presidencia, para el cual probablemente, como todos hemos visto, no estaba preparado”.
-En su opinión -le preguntó a Fox el reportero Gerardo Galarza-, ¿el presidente Zedillo no quiere o no puede?
-Las dos cosas: ni quiere, porque no hay la voluntad, no la ha expresado; y tampoco puede, porque no ha podido en cuatro años.
Zedillo aguantó los latigazos hasta enero de 1999, cuando criticó a “gobernadores” que usan recursos públicos en propaganda política, en alusión obvia al priísta Roberto Madrazo y a Fox, para entonces desbocados en sus anuncios televisivos. Fox, por supuesto, no se quedó callado y reviró de inmediato:
“Con estas acciones se está desfigurando la Presidencia de la República, pues Zedillo muestra un temor claro hacia los que están ganándole terreno a su delfín, que son los gobernadores Madrazo y Bartlett. Así confirma que está metido en el proceso y que su candidato es Pancho Labastida. El niño de escuela, el buen chico y el buen estudiante trata de darnos lecciones a todos, pero no las aprende él; se muerde la lengua con sus viajes de campaña y tiene preocupación porque van a perder la Presidencia.”
Dos meses después, insistió: Labastida “es el candidato de Zedillo y, por tanto, va a ser el candidato del PRI. No tengo la menor duda. Todos los demás son polvareda, cortinas de humo, peones del sistema. Son la única respuesta que han encontrado a esta estrategia que iniciamos de arrancar temprano”.
Igualmente, a lo largo del proceso interno del PRI para elegir candidato a la Presidencia, Fox señaló repetidas veces que se trataba de una farsa para encubrir al verdadero candidato de Zedillo,  Labastida. Y acusó de nuevo a Zedillo de impulsar la candidatura de Labastida cuando el proceso electoral entró a su fase decisiva, a finales de abril,  después del primer debate por televisión.
El propio presidente pareció abonar esa versión. Las semanas previas al 2 de julio,  intensificó sus giras de trabajo por los estados, inauguró obras, publicitó su obra de gobierno… criticó a la oposición y anunció que “como ciudadano” votaría por Francisco Labastida.
-¿Por qué le gusta Labastida? -le preguntaron los reporteros en el curso de un viaje a Nueva York, a principios de junio.
-Porque es un hombre con propuestas, es un hombre bueno, es sereno. Confío en que le va ir bien. Pero lo que más me agrada es su serenidad, una cualidad que se necesita en épocas difíciles…
-¿Le gusta Fox? ¿Cómo lo ve? -le preguntaron luego.
-Sí… me encantan sus películas y los estudios que tiene en California -respondió Zedillo con su leve sentido del humor. Y añadió enseguida: “No sé para qué me preguntan eso si ya saben por quién voy a votar”.
En todo caso, una semana antes de las elecciones, Zedillo envió un débil mensaje de buena voluntad. El 24 de junio, en su programa radiofónico sabatino, el presidente señaló que todos los servidores públicos “tenemos la obligación de comportarnos con apego a la ley y proteger nuestras instituciones”.
Pero eso no llegó ni a coqueteo, comparado con los lazos que se amarraron el 2 de julio. Pasaditas las 11 de la noche,  el presidente reconoció en cadena nacional el triunfo del candidato de la Alianza por el Cambio y reveló que poco antes había hablado por teléfono con Fox  para manifestarle “la absoluta disposición” del gobierno federal a fin de colaborar “desde ahora y hasta el próximo 1 de diciembre” para que la siguiente administración tenga un buen inicio.
Esa disposición ha sido avalada con hechos, entre ellos la ampliación del blindaje financiero para evitar los sobresaltos típicos de fin de sexenio y la rapidez con la que se le abren las puertas de las dependencias federales a Fox y su equipo. Además, Zedillo pide en foros diversos que se apoye a Fox; el martes 18, por ejemplo, ante el temor planteado por un descendiente de Juárez  de que Fox  pudiera “ceder” parte de la soberanía nacional, el presidente dijo:
“No podemos tener ningún prejuicio respecto al próximo presidente de la República. Él protestará obedecer nuestra Constitución, heredera de la Constitución que nos dio la generación de la Reforma. Estoy seguro que respetará esa Constitución. Les pido que no actúen con prejuicios hacia el próximo presidente de la República, y que, en principio, todos los mexicanos le brindemos apoyo.”
Apenas el 22 de mayo, entrevistado por Guillermo Ortega, el presidente ni siquiera quiso hablar de la posibilidad de que ganara un candidato de oposición. Dijo, en cambio, que “soy militante de un partido y tengo mi preferencia electoral, un partido en el que he estado desde que era prácticamente niño, desde que mi madre me llevaba como directiva femenil del partido allá en Baja California, y siempre he sido priísta y seguramente hasta el último día de mi vida seré priísta”.
Fox, por su parte, desde el 2 de julio no ha parado de “reconocer” el papel de Zedillo en la fase de transición. Así, entrevistado el 10 de julio por Joaquín López Dóriga,  formuló “un reconocimiento para el presidente Zedillo, que de ninguna manera está dejando a un lado a su partido, ni nada que se le parezca; está actuando con una responsabilidad que debe tener en estos momentos, por el cambio que todos los mexicanos quisimos que se realizara en el país, y él sólo está respondiendo de manera profesional a que esta entrega recepción se haga como debe hacerse, para que las cosas salgan muy bien”.
Es el mismo Fox que, en su libro autobiográfico, confió:
Cuando platico con Roberto Hernández, presidente de Banamex y a quien me une una amistad desde nuestros años universitarios, me doy cuenta que no concibe que un compañero de estudios pueda llegar a ser presidente de la República… Roberto tampoco concibe que la planeación económica la hagan otros que no sean economistas de una corriente de pensamiento o los famosos tecnócratas. Nada más falso que eso, todo mundo sabe que una ama de casa es mejor economista que los burros de presidentes que hemos tenido. Basta nada más con ver el error que se cometió al elegir a un cuate como Zedillo de presidente…
El miércoles 5 de julio, mientras concedía una entrevista a los reporteros Elena Gallegos y Juan Manuel Venegas de La Jornada, Fox fue interrumpido por el encargado de su agenda, “celular en mano: ‘Vicente, te llama el presidente’”. Fox tomó el aparato y respondió: “¡Quihúbole, Ernesto…!”.