Editorial
De la crisis económica no hemos pasado, todavía, a la social Si la estructura productiva muestra hoy sus grietas, no se han comunicado todavía éstas a las formas de relación entre los mexicanos al punto que las hagan imposibles, ni al grado de que hubiera de romper abrupta y sistemáticamente el orden institucional para sofocar las manifestaciones de descontento social
Pero nos engañaríamos si pensamos que estamos lejos de tal situación Por el contrario, la suma de dificultades económicas puede promover una ruptura de la relativa tranquilidad social en que vive el país De allí la importancia de diagnosticar sin optimismos falsos —que a estas alturas son irresponsables— el verdadero estado de la economía No se trata sólo de problemas de hambre y pobreza Se trata de las consecuencias sociales de ellas, todavía más terribles que las propias causas Sólo a partir de una apreciación certera y honrada, por más pesarosa que resulte, de nuestras verdaderas condiciones, podemos emprender la búsqueda y aplicación de las soluciones adecuadas
En esa labor desempeña un papel fundamental el examen público de las cuestiones que a todos nos conciernen Debatir, en la Cámara de Diputados, en las instituciones privadas, en los papeles públicos, el modo en que se obtiene y se erogan los dineros de la nación es un acto imprescindible si no queremos resignarnos a que la forma democrática a cuya sustancia aspiramos se quede en puro proyecto Importa, sin embargo, que el juicio que se formule sobre el gasto público parta de criterios políticos fundados en el interés de la mayoría nacional, la que padece la peor parte de las crisis económicas
Queremos decir que la crítica al gobierno por el modo en que aplica los recursos públicos puede hallar motivaciones diferentes Cuando se impugna el gasto público porque supone una creciente intervención del Estado en la economía y porque supone también una mayor imposición fiscal, la crítica suele originarse en un espíritu no solidario, incapaz de comprender que corresponde al Estado ejercer, a través de las finanzas públicas, una tarea de corrección de las distorsiones sociales típicas de una sociedad como la nuestra En cambio, desde otra perspectiva puede reprochársele al Estado justamente el que no realice con suficiencia esta labor, y que para beneficio de sus propios representantes, utilice mal los fondos que recauda de los contribuyentes
Si el gasto público se reduce, si las empresas públicas productivas —en términos sociales o económicos— dejan de operar, si, en suma, se disminuye la capacidad de gestión estatal, corremos el riesgo de privatizar la economía, haciendo todavía más restringido de lo que es hoy el círculo de quienes aprovechan los mecanismos de producción
Más que pugnar por la eliminación de erogaciones públicas, hemos de afanarnos por hacer que los medios de fiscalización y vigilancia del gasto gubernamental cumplan verdaderamente su función, y de propiciar el clima político por medio del cual ese gasto sea ejercido por un Estado que en verdad responda al interés popular








