Cavafis: historia y deseo

CAVAFIS : HISTORIA Y DESEO
Juan Tovar
Como otros, por vez primera de Constantino P Cavafis (1863-1933) entre las peripecias del Cuartero de Alejandría, esa jugosa metáfora de la maduración artística donde “el viejo poeta de la ciudad “ es figura señera y voz del espíritu del sitio Alejandría se halla en Durell, tan premiada por los versos de Cavafis como ellos mismos lo están de esa ciudad donde en frase de alquinista “el oriente toca al occidente”: para el poeta “la ciudad más sabía en todo arte, en toda disciplina del lenguaje”, reducto postrero y en cierta forma supremo del helenismo: fulgor de su decadencia, siempre recuperable porque permanece en las piedras mismas, en el aire, en toda la máquina deseante que es la Alejandría fundada por el poeta en el alma lectora: “Mi donación el arte —está hecha de sensaciones y deseos—, algunos rostros o líneas entrevistos —vagas memorias de amores incumplidos”
EM Forster describió la manera que Cavafis tenía de construir en conversación “una frase inmensa perfecto, llena de paréntesis que jamás se confunden y de reservas que reservan realmente: una frase que se encamina con toda lógica al final previsto, pero cuyo final es siempre mucho más brillante e inesperado de lo que habíamos supuesto” De modo análogo se estructura sus poemas objetivos, verbales largamente refinados donde el coloquio moderno adquiere una espléndida expresividad, ya evoque con vividez el amor celebrado o contemplado en el craso presente (“el odioso café que frecuentaban juntos”), ya remonte la historia para ensalzar la antigua nobleza o desplegarla en un fatalismo, pleno de ironías que conoce la historia misma como una mascarada y sólo condena a los malos actores, de los que Juliano el Apóstata viene a ser el epitome con “su infantil temor del teatro —su rigorismo sin gracia, su barba ridícula” No que el poeta adore menos que el emperador a los “falsos dioses” del helenismo, sino que, más profundamente helénico, los busca en la creación viviente y no en el mármol y la doctrina; hace de la sensualidad un arte poética y en su presente perfecto, herencia, herencia egipcia así al menos podrían nombrarse los antagonistas del drama cavaliano, que en poemas como “sobre la costa de Italia” o “Miris, Alejandría” parece crear su exégesis en un verso de Borges que, por lo demás, sonaría casi tremendista en la prosodia del alejandrino: “Sobre nosotros crece, atroz, la historia”
Cavafis cinceló con paciencia una obra de justas proporciones Escribía mucho, conservaba poco y publicaba menos Los Poemas completos que dejó en limpio al morir, y que han aparecido recientemente en versión castellana de Juan Carvajal (Juan Pablo Editor, México, 1976), suman un centenar y medio de composiciones, breves la mayoría, y el desarrollo de una poética de la fascinación que nació toda armada
La traducción —en la cual he venido citando— es fluida y sensible y resiste la comparación con las mejores versiones parciales que conozco: la directa de Elena Vidal y José Angel Valente a Treinta poemas (Ocnos, Barcelona, 1971) y los “Dieciocho poemas de Constantino Cavafis” que José Emilio Pacheco incluye en Islas a la deriva (Siglo XXI, México, 1976) Es una dignísima incorporación al castellano del corpus fundamental de un gran poeta moderno, y requeriría mejor edición que ésta donde se prescinde de prólogo, notas y hasta de páginas en blanco que separen el texto del índice y el colofón, pero en cambio abundan las erratas