Masada y Ciro

Masada y Ciro
David Huerta
Aristóteles afirmaba, con todo el aplomo de su imponente autoridad intelectual, que el pasado es indeliberable No es posible discutir, o deliberar, sobre el hecho de que, por ejemplo, la Guerra del Peloponeso haya tenido lugar en verdad; el pasado está cumplido, ha ocurrido, está hecho, querámoslo o no, nos guste o no nos guste Y el pasado es la materia de la faena del historiador Con el historiador, las cosas, en torno a la afirmación aristotélica, comienzan a ponerse interesantes Pues él tiene, al alcance de la mano, la posibilidad de modificar, ocultar, olvidar —hacer olvidar—, minimizar, amplificar, deformar, embellecer y hasta inventar el pasado El historiador trabaja con fuego, ciertamente; sus tareas distan muchísimo de ser apacibles He aquí las impresionantes palabras del poeta francés Paul Valéry acerca de la historia: “La historia es el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto Sus propiedades son muy conocidas Hace soñar, embriaga a los pueblos, engendra en ellos falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas llagas, los atormenta en el reposo, los conduce al delirio de grandezas o al de persecuciones y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”
La reacción ante lo escrito por Valéry fue de descontento —una “pequeña ebullición”— a pesar de que estas líneas se reducen, en opinión del poeta, “a simples comprobaciones que todo el mundo puede hacer” Ese párrafo, por lo demás, le sirvió al historiador mexicano Enrique Krauze como epígrafe para su comentario al pequeño gran libro del orientalista Bernard Lewis titulado La historia recordada, rescatada, inventada El breve ensayo de Krauze se llama “Verdades sobre la mentira” y forma parte de libro de 1983 Caras de la historia, publicado por Mortiz
Lewis, sabio de Princeton, abre su ensayo —que apenas rebasa las cien páginas— con una consideración sobre los mártires judíos de Masada, resistentes contra el imperialismo romano; y sobre Ciro el Grande, fundador del imperio persa y constructor de Persépolis El capítulo se llama así: “Masada y Ciro”, tal y como está recogido en el encabezado de estos renglones ¿Por qué Bernard Lewis ha escogido estos dos episodios para ilustrar sus tesis acerca del recuerdo, el rescate y la invención de la historia? Porque en ninguno de los dos casos se trataba de capítulos presentes en la memoria histórica de Israel e Irán, respectivamente Más todavía: Masada y Ciro estaban prácticamente olvidados y fueron rescatados, recordados, y a medias inventados, para ser puestos al servicio del nuevo Estado israelí y del gobierno del sha Lewis hace notar cómo hubo que recurrir a fuentes externas para reconstruir el martirologio de Masada, en especial a Flavio Josefo; y, en el caso de Ciro —célebre hasta en Islandia y olvidado en Irán—, a obras eruditas o iraníes, a documentos y libros en su mayoría occidentales La exposición de Lewis está centrada en la sistemática perturbación operada por los historiadores en el pasado La pequeña obra maestra de Bernard Lewis concluye con Masada y Ciro, sus temas iniciales; antes, ha examinado varios otros casos de rescate, recuerdo e invención de la historia: la historiografía árabe, la africana, la soviética; la escuela revisionista norteamericana; el fenómeno de las Cruzadas; las influencias recíprocas de la historia y la literatura, etcétera Cómo tanto pudo caber en tan pocas páginas, se pregunta uno al cerrar el Brevario
Es posible, entonces, hacer todas esas cosas con el pasado: bien lo saben el Gran Hermano y sus empleados, encargados de destruir documentos y elaborar documentos nuevos para dejar a disposición de la memoria lo más conveniente La historia, entonces, no es un montón de frías páginas fieles y objetivas; está llena de sueños, de embriagueces, de exageraciones, de falsedades —para ponerlo al modo de Valéry Están en ella heridas y delirios, tormentos y amarguras Enrique Krauze dice que hace falta mucha ingenuidad para acusar de excesivo a Paul Valéry Pero no deja de observar que un trabajo como el de Bernard Lewis nos permite seguir teniendo confianza en un puñado de historiadores, interesados en estudiar lo que de veras ocurrió para registrarlo tal cual y trasmitirlo