LILLIAN HELLMAN (1905-1984)
Federico Campbell
El título más envidiable y bello que puede llevar una autobiografía se lo puso Lillian Hellman al segundo tomo de sus memorias: Pentimento, el nombre de procedencia italiana (quiere decir arrepentimiento) que sirve para designar esa técnica de restauración pictórica consistente en deslavar poco a poco, en levantar minuciosa y microscópicamente la capa de pintura que esconde otra, la original, la que el pintor, arrepentido, decidió sustituir en el lienzo del proceso creador
Así, poco a poco, deslavándose, van apareciendo las borrosas o a veces bien delineadas imágenes de la memoria que va encontrando su forma en la escritura y en Pentimento la dramaturga norteamericana nacida en Nueva Orleáns a principios del siglo (1905), y muerta en Martha’s Vineyard el sábado pasado, el 31 de junio de 1984, de continuidad a Una mujer inacabada, el primer tramo de su recuento más o menos autobiográfico (del que surgió Julia, la película), para trasladarse a Tiempo de canallas (su convivencia con Dashiell Hammett, la lucha de su dignidad —de ella y de él— contra el Comité de Actividades Antinorteamericanas del senador MacCarthy) y finalmente a Quizá, casi una novela una narración tan tenue, tan diluida en el teatro de la memoria que se diría un poco fantasmal y romántica: la persecución obsesiva, curiosa, fascinada de una mujer, Sarah, como si la narradora personaje persiguiera a su propia sombra, a la mujer que fue Y en este último saldo autobiográfico se percibe además, una vez más, ese apunte del amor de las mujeres por las mujeres que es el tratamiento exacto de algunos personajes femeninos por parte de Lillian Hellman: en La hora de las niñas que sirvió de argumento a la película con Shirley MacLaine y Audrey Hepburn en la que se elabora la historia de dos profesoras de provincia acusadas de lesbianas por una comunidad —y por una niña— puritana y perversa o en el episodio de Julia, la admiración por la amiga, la solidaridad, el respeto a muerte
En una lista, la obra de Lillian Hellman:
Como dramaturga:
La hora de las niñas (1934)
Días por venir (1936)
Las zorritas (1939, traducida lamentable e inexplicablemente en México como La loba, puesta de Juan Ibáñez, actuación de Pilar Pellicer)
Panorama sobre el Rhin (1941)
El viento que busca (1944)
En otro lugar del bosque (1947)
Montserrat (adaptación, 1950)
El jardín de otoño (1951)
La alondra (adaptación, 1956)
Cándido (opereta, 1957)
Los juguetes en el ático (1960)
Mi madre, mi padre y yo (adaptación, 1963)
Como narradora autobiográfica:
Una mujer inacabada (1969)
Pentimento (1973)
Tiempo de canallas (1976)
Quizá (1980)
Como compiladora:
Cartas selectas de Anton Chejov (1955)
El gran golpe (selección de cuentos y novelas cortas de Dashiell Hammett, 1966)
Como puede verse por la cronología Lillian Hellman dejó de escribir teatro en 1963 Seis años más tarde, cuanto tenía 64, sintió la atracción de la prosa que le venía, por decirlo así, de modo natural, en el justo tono del flujo de la memoria, reposada, madura, en busca del tiempo y la vida realmente vividos
Sus penetrantes observaciones sobre los seres a quiénes le tocó conocer hablaban también, implícitamente, de ella: “El (Hammett) entonces me decía que no me preocupara por escribir su biografía porque lo que hiciera habría de ser la historia de Lillian Hellman, con una referencia ocasional a un amigo llamado Hemmett”
Una vez que vio lágrimas en los ojos del escritor desahuciado se sentó a su lado y le preguntó:
“¿Quieres hablar de ello?”
Casi con ira le respondió Hammett:
“No Mi única salvación está en no hablar del asunto”
Y jamás lo hizo, cuenta ella: “Su paciencia, su dignidad en esos meses de sufrimiento fueron grandes Fue como si todo lo que constituye la vida de un hombre se reuniese para ponerse a prueba: el sufrimiento es un hecho privado y no puede ser invadido”
Más adelante, en la presentación de El gran golpe, escribía: “Acerca de la naturaleza del amor romántico sé tan poco ahora como cuando tenía dieciocho años, sin embargo, conozco el hondo placer de la continuidad de intereses, la excitación de querer saber qué piensa el otro, qué hará, qué dejará de hacer, los ardides planeados y ejecutados o no, el débil cordel que con los años se convierte en grueso cabo y que, en mi caso, ha quedado suelto, pendiente allí, mucho después de la muerte”








