DOS POETAS DE CHIAPAS
Evodio Escalante
Si el lenguaje urbano tiende a universalizarse, a volverse presencia ubicua y homogénea, es decir, uniformadora, el lenguaje de las regiones nos devuelve el saludable mundo de las diferencias Los dialectos, las hablas regionales también encuentran una expresión en la poesía, y esto no es necesariamente un arcaísmo, sino fidelidad a un mundo que ha sido decisivo en la formación del sujeto He aquí quizás lo más interesante de este contraste: ser un poeta moderno, perfectamente dueño de una dicción contemporánea, y expresar al mismo tiempo ese mundo cerrado, ese lugar “originario” al que se pertenece no por accidente geográfico sino por un sentido de fidelidad histórica
Este es el caso de los poetas chiapanecos —y aquí el adjetivo no quiere ser limitativo, sino indicar las raíces de su expresión— Herman Efraín Bartolomé y José Falconi Nacidos en 1950 y en 1954 respectivamente, y autores del libro Donde los podemos observar (Ediciones Punto de Partida, UNAM, 1982, 94 pp) tanto Bartolomé como Falconi logran transmitir a través de su poesía una imagen cálida y vivificante del solar nativo Sobre todo Bartolomé, poeta hecho y derecho que no desparrama sus expresiones y que muestra un notable dominio del ritmo Es cierto que, en contraste, la dicción de Falconi es a veces un tanto dislocada, como que busca o padece un cierto fragmentarismo no del todo buscado, lo cual no le impide pro cierto transmitir los sustratos más originarios de una experiencia de vida que proviene de la selva y su circunstancia Dice uno de los poemas más logrados de José Falconi:
En el Templo de las Inscripciones
silba la serpiente, croa el tamazul,
se abre una rosa:
concreción del alba
la ciudad emerge de sus ruinas
Herman Efraín Bartolomé es mucho más consistente en este retrato de la selva A diferencia de un interesante libro de José Luis Rivas que se instala en estas mismas coordenadas (su Tierra nativa merece comentario aparte), autor que juega constantemente con las posibilidades de la cita y la parodia literarias, la poesía de Bartolomé es esencialmente afirmativa Hay descripción, hay gozo, hay canto desde el interior, sin ninguna impostación, sin ninguna lejanía retórica Sería difícil intentar mejorar el ritmo encantatorio con que inicia el primero de sus poemas:
Para qué hablar
del guayacán que guarda la fatiga
o del tambor de cedro donde el hachero
toca
A qué nombrar la espuma
en la boca del río Lacanjá
Una de las características de la poesía de Bartolomé es que remite siempre a la experiencia directa El detalle es preciso y la música nunca desvaría ni se vuelve cansada; al contrario, transmite con eficacia sensaciones de color y ritmo Por eso se permite, sin ningún problema, imágenes inocentes: “Desciende el alma/ culebrita/ a la canción del valle” Imágenes de gozo: “Qué hermoso el sol para el valle extendido” Desafiantes: “Te doy la bienvenido Noche de sapos y grillos” De alegría multitudinaria: “Mil monos en manada sería mi pecho alegre” Lo mismo que alguna imagen de resonancia ritual: “Se alegra y se retiene la noche nauyaca” Por eso dice, como si hablara de sí mismo: “Un ojo de jaguar daría de pronto certero en la imagen”
Frente a los asoleados jardines de una poesía suntuosa, pagada de sí misma, y que ya tiene el retintín del lugar común, frente a una poesía que persevera en los prestigios bucólicos de la luz, esta incursión en la selva caliente de Bartolomé y Falconi en Donde los podemos observar se alimenta de un fondo originario, surge de los resquicios gozosos de una memora que quiere preservar los ritmos de unos parajes luminosos —acaso en trance de desaparecer— y hacernos partícipes de ellos Y creo que lo han logrado








