BONIFAZ NUÑO Y FUENTES
Marco Antonio Campos
1 – Estas palabras fueron dichas en el reciente reconocimiento que un grupo de jóvenes poetas hizo a Rubén Bonifaz Nuño en la Sala Manuel M Ponce del Palacio de Bellas Artes, el domingo 19 de septiembre: “Cuando se habla de Rubén Bonifaz Nuño asocian y se integran cuatro puntos esenciales de su obra y su persona: el latinista, el poeta, el maestro y el hombre, o si se quiere, el amigo Respecto a lo primero, la oceánica labor de traducción, de información y divulgación acaso no tiene igual en la historia literaria El, como pocos, ha ganado aquel honor que le fue conferido a Chaucer: le grand translateur, el gran traductor Respecto a lo segundo, Bonifaz representa como poeta en nuestra lengua y nuestro siglo lo que Robert Graves, el gran Robert Graves, en lengua inglesa: el poeta que sigue los canones de la poesía clásica pero que les da una clara y honda visión moderna Como maestro, creemos, es y ha sido para el grupo de escritores aquí reunido —para otros más de esta misma generación— el modelo del rigor y del talento Como hombre, Bonifaz es lo opuesto de la figura grave y solemne que puede presumir a su labor vasta e impecable: es un espíritu lleno de generosidad, de clara simpatía, un hombre que, después de tenerse una conversación con él, uno se retira diciéndose que aún es posible creer en el género humano”
2- Los días enmascarados: De los contados libros que de autores mexicanos leímos en la adolescencia fue este volumen de cuentos, Los días enmascarados, y desde entonces y para siempre quedaron grabados hondamente dos: “Chac Mool” y “Tlactocatzine, del jardín de Flandes” Hemos releído el primero varias veces en la edición de Cuerpos y ofrendas (Alianza Editorial, 197), la selección de sus textos que hizo Carlos Fuentes, pero aún así se conserva más la impresión de horror que produjo la primera lectura: de quienes está temeroso de tener su Chac Mool —que acaso sea él mismo— en su propia casa Asimismo, no habíamos podido desarraigar de la lectura del segundo cuento la sensación y la imagen infinita de la lluvia en el jardín de aquella casona de Puente de Alvarado, y que nos hacía temer otro mundo en este mundo Sin la inocencia y la pasión de entonces, con una visión más literaria “Chac Mool” nos sigue pareciendo una pieza maestra, con un admirable encadenamiento de claves a lo largo de las páginas que pueden tener o no solución; no así el segundo, “Tlactocatzine”, quizá, primero que nada —no lo habíamos vuelto a leer—, porque lo ha modificado completamente la lectura de Aura: están la atmósfera del cuento (que nos remite asimismo hacia La hija de Rapaccine del admirable Hawthorne), la reencarnación de la vieja lunática que es aquí Carlota, quien cree encontrar en el personaje de Maximiliano, la interrelación de espacio donde México puede ser también una prisión de Flandes Es decir, si no se hubiera leído Aura, que fue publicado ocho años después, pero que siempre estaba al alcance de la mano, el cuento sería distinto, asombroso Así, no podemos desterrar la impresión de que “Tlactocatzine” es una mera variación —magnífica— de un cuento publicado después
No habíamos podido releer, asimismo, los otros cuentos; ahora gracias a esta reedición que publicó hace unas semanas la Editorial Era, lo hemos hecho Ignoramos por qué Fuentes no lo había querido reeditar, porque desde allí, creemos, se advertía el gran narrador disparejos que ha sido, que es O sea, si desconociéramos quién es el autor, y leyéramos este conjunto de cuentos en el 1982 escritos por un joven narrador de 26 años, no diríamos que hay material excelente, que ese joven podría ser uno de los mejores narradores Notable como ha sido Fuentes en algunas novelas —pese a su afán inmoderado de querer meter todo donde, por supuesto, no puede caber todo— lo ha sido también en el cuento, donde lo han elogiado con entusiasmo grandes narradores como Julio Cortázar y José Donoso, por ejemplo








