Suicidio olímpico
Francisco Ponce
Es ineludible pensar que el deporte, de la misma forma que sus deportistas y sus competencias, su mística, las aspiraciones y frustraciones de sus promotores, integran el todo cultural: inmerso en la estructura social, está condenado a padecer y a gozar las decisiones de quienes detentan el poder y asumen, aunque no siempre con la responsabilidad social estricta, la tarea de designar el rumbo que deben tomar los acontecimientos y sus protagonistas
Nuestro momento contemporáneo es una lucha rabiosa por la hegemonía política y las ventajas económicas Es un constante combate por la imposición ideológica Es el irreductible deseo de vencer, de ver a los demás por encima del hombre, como dijo Wright Mills: y ante esta locura contemporánea, la apertura de caminos para encontrar el fin hedónico: la dominación
Los Juegos Olímpicos, una vez más, son atrapados como pretexto para obligar al mundo a entender que la razón es de quien la procura con medidas coercitivas: Acabar con los Juegos o la salida de los soviéticos de Afganistán
El apocalíptico ineludible: la posibilidad de la guerra
En todo esto, el movimiento olímpico se encuentra amenazado, pero, también, el movimiento olímpico, a pesar de tantos años de padecer los mismos ataques, no ha entendido la lección que la historia ha querido enseñarle
Quienes se empeñan en ideales éticos, la fraternidad internacional, la búsqueda de mejores condiciones de entendimiento entre los hombres a través de la práctica deportiva —una lucha de respeto mutuo que se traslade a la vida cotidiana—, caminan en los foros internacionales como los orgullosos poseedores de la fórmula para salvar a la humanidad
Citan los ideales del Barón de Coubertin, como si éstos fuesen conceptos mágicos, unívocos, determinantes, subyugantes: la idea olímpica por sí misma, la milagrosa flama reveladora de la razón
Sin embargo, quienes dirigen el movimiento olímpico en el mundo, parecen no advertir que, al menos en los medios masivos de difusión, el deporte ha modificado su esencial permanencia en la vida diaria del hombre contemporáneo: ahora, el espectador, de la misma forma que el deportista y de quien promueve y difunde el espectáculo, toma al deporte como una circunstancia simplista, bien alejada de la concepción olímpica
Veamos los diarios deportivos; asomémonos a la pantalla del huésped alienante que tenemos en casa en forma de televisión; escuchemos los noticiarios radiofónicos El deporte es importante en la medida en que es profesional: hay apuestas, comerciales de cervezas, espectadores preocupados por el gol, más que por la ética del juego y mucho más que por los problemas nacionales
El deporte aparece ahora como una dama galante, tiene antenas como las de la televisión, en forma de sombrero extraordinario a través del cual se olvida, se diluye, el olimpismo
Es decir, el movimiento olímpico es remplazado todos los días por lo más intrascendente del deporte
Sólo cada cuatro años, el hombre cotidiano recuerda que habrá Juegos porque algún país se dio a la tarea de celebrarlos y otros más a la de amenazarlos Pero todos los días no nos hablan de olimpismo, por ello es que se ha olvidado para qué sirve
El olimpismo, pues, tendría sentido todos los días; de lo contrario, el héroe ético de la humanidad sucumbe ante su propia indiferencia








