Hidalgo, la entidad más vulnerable Huachicol, una lucha interminable

Los picotazos sobre las válvulas de los ductos de Pemex no cesan, comentan a Proceso piqueteros y halcones que viven de ese negocio en Hidalgo, donde el Cártel de Palmillas ya compite con el de Jalisco Nueva Generación y Los Zetas Vieja Escuela, principales extractores de combustible en el centro del país. Durante el primer trimestre de este año, cuando supuestamente ya no había huachicoleo, se perforaron mil 151 válvulas en la entidad, una cada hora con 54 minutos.

Tiene apenas 19 años y tiene atrofiado el olfato; el combustóleo le quemó las fosas nasales, comentan sus amigos. El joven piquetero se ríe. Dice que uno de los síntomas del covid-19 es la pérdida de olfato.

“¿Has olido la gasolina carburar en un vocho viejo? –pregunta–. Esa mezcla entre el humo del escape y el tufo del crudo que se escabulle del tanque. Es lo mismo que estar a pie de ducto, pero mucho más fuerte, como si en lugar de vocho fuera un tractor o varios. Los poros de la nariz arden, luego queman; es como inhalar lumbre”.

Lleva tres años perforando ductos con el teco, una herramienta hechiza con la que suele abrir la válvula de Pemex para que no haga chispa. A su mirada vidriosa la acompaña una carcajada que, de no ser por un sucio cubrebocas, dejaría ver su maltratada dentadura de la que sólo queda un hilo blanco a la mitad.

Su compañero halcón, quien está más lejos, comenta que los problemas del piquetero son resultado de la gasolina que extrae de los ductos de Pemex. Y aclara: inhalarla “no es como jalarle las patas al diablo –en alusión a fumar mariguana, que adormece–, es más como estar bien jalado por el LSD”.

Estos morros piqueteros y halcones son expertos tanto en el consumo de la droga como en la extracción de crudo, más cuando éste se transforma en una línea verdiazul que escurre por la maleza cuando el metal por donde corre el combustóleo no se abre o cierra bien.

–A qué le temes más: ¿a morir calcinado o intubado por covid? –pregunta el reportero al joven halcón.

–Más a morirme de hambre, ¿o tú no, cabrón?

Su respuesta es lacónica. Habla poco, pese a que ya agarró confianza luego de varios encuentros.

Un tío suyo falleció cuando la explosión de Tlahuelilpan, este poblado donde el 18 de enero de 2019 un ducto estalló y dejó 137 muertos, cuando una perforación quedó abierta y la gente, con días de sequía de combustibles, empezó a recolectar el líquido hasta que la parcela de San Primitivo se convirtió en un infierno. Su cuerpo quedó completamente calcinado. Tardaron varios días en identificarlo.

Ese día el joven halcón descubrió en los ojos la muerte.

Picotear los ductos

Adentro del hoyo está el piquetero. Cuatro halcones vigilan el entorno, donde, camuflados entre la maleza, también hay sicarios armados con R15 –las erres, como ellos las llaman–. Y a lo lejos, casi invisibles, dos patrullas sobre la carretera. Tienen las luces apagadas.

Seis despachadores entrarán en la zona en otros tantos camiones Torton de 6 mil litros cada uno entre la una y las cinco de la madrugada.

Y aunque también debería haber tropas del Ejército, éstas aparecerán hasta las seis de la mañana, cuando los camiones ya se hayan ido y el ducto haya sido soldado con la corriente de dos baterías de autos.

“Las erres son pa’ la chamba. Esos vatos –los sicarios– las usan cuando hay madrazos”, suelta El Dos, uno de los halcones.

–¿Y de dónde las sacan?

–Los ministeriales o los mismos de la Fiscalía General de la República las llevan. “Aquí traigo una recortito o aquí traigo un cuerno”, les dicen.

Es la zona limítrofe entre Tlaxcoapan y Tlahuelilpan, Hidalgo. A unos metros del lugar, un lago de fuego encendió la carne y los huesos de los cuerpos aquel 18 de enero de 2019 y enlutó a la comunidad. Y es en este entorno donde los huachicoleros relanzaron su imperio criminal.

El presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que ese episodio era el más triste de su mandato. Y emprendió una lucha contra el huachicol, que se ha vuelto interminable, aunque él afirme lo contrario.

Hoy el combustible sigue fluyendo por la manguera que los huachicoleros conectan al ducto de Pemex para extraer el combustible que desemboca en el Torton. Luego lo venden a 12 o 13 pesos el litro.

El Dos lleva años observando cómo se picotean los ductos. Tiene, dice, los ojos llenos de muerte. Al principio operaba en el Valle del Mezquital –a 70 kilómetros de Tlaxcoapan y Tlahuelilpan–, en Tezontepec de Aldama. Era el hombre de confianza de un capo, al que finalmente asesinaron.

Hace dos años, dice, perdió a su padre en un tiroteo entre dos grupos enfrentados por el control de las válvulas de Pemex: los seguidores de La Parka y El Talachas. La refriega fue en una brecha de carretera en San Gabriel, municipio de Tezontepec de Aldama.

Aunque los dirigentes de esas organizaciones ya están muertos, dejaron células. Algunos subalternos armados con sus AK-47 y fusiles de otros calibres, así como sus teco y herramientas para soldar los ductos, aún pelean por un territorio en esta entidad donde pasan los 101 kilómetros del ducto Tuxpan-Tula, 17 del Tuxpan-Azcapotzalco y 80 del Tula-Salamanca.

El Dos asegura que él no va a pelear. Se libra de los recuerdos cuando habla. Dice que el cuerpo de su padre tenía un orificio en la frente, varios más entre el abdomen y el pecho.

“Cuando entierras a tu padre lo demás vale madre”, dice con rabia. Y añade: “¡Pinche precio!, pero no había de otra”.

Su papá no era un sicario, sino piquetero. Le tocó la ráfaga sin distingo aquel día en el que hubo siete muertos; “pura gente que no tenía nada que ver. Chingaron a unos que fueron a revolver alimento para los toros. Esa gente era de Puebla; otro que estaba arreglando una camioneta, luego una señora y sus dos chavillos. Ellos no sabían nada”.

Nuevas alianzas

A raíz de la explosión de Tlahuelilpan empezó a llegar más gente de seguridad, relata El Dos, pero pronto se alió al negocio: “Allá está muy controlado, en tramitos ya hay campamentos de soldados. Dirías que ya no se puede hacer nada, pero la corrupción lo puede todo”.

En Bomintzha, Tula, los huachicoleros hacían cuatro tomas y llenaban pipas de 5 mil litros.

“Nos daban chance en lo que botaba la alerta y eso. Igual eran casi 40 minutos en abrir el ducto y otros 40 para ordeñarlos, pero por tomas sacábamos lo que eran siete camionetas”, cuenta.

Eran 35 mil litros que se vendían en dos días a 13 pesos cada uno. El ducto salpicaba casi medio millón, 455 mil pesos un día sí y un día no.

El Cártel de Jalisco Nueva Generación y Los Zetas Vieja Escuela son los principales extractores de combustible en el centro del país, según el informe Mexico: Organized Crime and Drug Trafficking Organizations, elaborado por el Congressional Reserve Service –servicio de investigación del Congreso de Estados Unidos–.

En ese documento Hidalgo destaca por su estadística: es el estado más ordeñado de México desde hace cuatro años: 2 mil 111 tomas clandestinas en 2018 –ese año superó a las mil 86 acumuladas en los 17 años precedentes–, 4 mil 29 en 2019 –un incremento de 92%– y 4 mil 994 en 2020, el primer año de la pandemia, según la estadística que obra en la Gerencia de Estrategia y Sistemas de Seguridad y Monitoreo de Pemex, obtenida por medio de la solicitud de transparencia 1857200111721. Los picotazos sobre las válvulas no cesan.

Estos grupos no están solos: según la información de inteligencia del estado consultada, el Cártel de Palmillas –surgido en Palmillas, Querétaro– es uno de los responsables de la violencia derivada de la pugna entre grupos criminales,

Varios de los otrora líderes de la ordeña y sus lugartenientes han sido asesinados, aunque no han desarticulado las estructuras de sus organizaciones. Gente como El Parka, El Talachas, El Tito, El Puerco, El Hormiga son algunos de los eslabones de esta cadena delincuencial.

El Cártel de Palmillas o Los Hades ingresó a Hidalgo en 2018 y extendió su dominio con la protección gubernamental. Según inteligencia del estado, este grupo controla la zona limítrofe con Querétaro –Nopala, Huichapan, Tecozautla, Tasquillo, Alfajayucan y Chapantongo–. También se posicionó en Ixmiquilpan y Zimapán, con el presunto apoyo de los exalcaldes Pascual Charrez Pedraza y Erick Marte Rivera Villanueva, respectivamente.

El gobierno estatal acusa a Charrez y Rivera de proteger al líder huachicolero Orlando Medina, El Fénix. Al primero, además, lo señala como miembro de Los Hades, que controlan el tráfico de gasolinas y el narcomenudeo en el Valle del Mezquital.

El primer trimestre de este año, cuando supuestamente ya no había huachicol, se perforaron mil 151 válvulas en Hidalgo, una cada hora con 54 minutos. Es el estado más vulnerable para perforar un ducto, y no es para menos, pues el huachicol es una economía ilegal que, de acuerdo con los Sistemas Jurídicos Institucionales de Pemex, ha provocado un quebrando económico al país por 25 mil 364 millones 370 mil 51 pesos desde 2006, cuando comenzó a contabilizarse el daño por tomas
clandestinas.

El monto robado por los huachicoleros equivale a comprar todo un complejo de refinación, literalmente duplica los 12 mil millones de pesos que el gobierno mexicano pagó por 50% de las acciones de la refinería Deer Park en Texas a Shell Oil Company en mayo pasado; también es 14 veces mayor a los mil 794 millones 404 mil 37 pesos gastados por el gobierno de Felipe Calderón en la fallida refinería Bicentenario en Tula, Hidalgo, sólo en retiro de residuos, acondicionamiento del predio y en una barda perimetral, insignia de una obra errante que dejó 700 hectáreas de tierra estéril en lo que antes eran cultivos de tomate, calabacita, alfalfa, cebada y frijol.