La disputa por Magdalena de Kino, entre Los Chapitos y seguidores del “Mayo”

El 22 de julio las balaceras alteraron la apacible vida de pueblo mágico de Magdalena de Kino, Sonora. La refriega, que envolvió durante tres días la cuna de Luis Donaldo Colosio y la gobernadora Claudia Pavlovich, puso en evidencia la ferocidad de los seguidores de Los Chapitos y del Mayo Zambada –dos fracciones del Cártel de Sinaloa– por controlar la zona norte de la entidad. Y aunque los pobladores hablan de los muertos en esos estruendosos días de horror, las autoridades guardan silencio.

MAGDALENA DE KINO, SON.- La semana de horror que experimentaron los magdalenenses y la región norte de Sonora forma parte de los prolegómenos de una guerra entre dos facciones del Cártel de Sinaloa: la comandada por Ovidio Guzmán López y la de Ismael El Mayo Zambada.

Según los informes de inteligencia militar consultados, el detonante de esta última disputa es que ambos bandos tomaron como rehenes a altos personajes de sus adversarios con el fin de inclinar la batalla en su favor. La estrategia sólo enardeció los ánimos.

“Aquí tenemos el Golden Gate de San Francisco”, dice un joven llamado Adrián a Proceso durante un recorrido por la zona norte de la entidad, para recuperar los pormenores de la narcoguerra y la apacibilidad de Magdalena que lo llevó a ser considerado Pueblo Mágico desde 2012.

Adrián se refería a la estructura metálica colocada para cruzar el río Magdalena durante la temporada de lluvias. El lugar es una visita obligada al poblado.

Hoy el turismo se redujo a su mínima expresión. Las corporaciones policiacas locales coinciden: los ataques armados y detonaciones en Magdalena son resultado de un ultimátum de Felipe de Jesús Sosa Canizales, El Gigio, compadre del Mayo Zambada, a Los Chapitos de Ovidio Guzmán. Les pidieron liberar el corredor delincuencial de Benjamín Hill, Santa Ana, Magdalena e Ímuris.

Sosa Canizales, conocido también como El Señor del Sombrero, Tío o Mi Apá, pretende hacer valer su amenaza con la ayuda de su brazo armado, Leonardo López, El 20, un violento operador que comanda los ataques en Nogales y el asalto a Magdalena.

Los Chapitos, bajo tutela de Ovidio Guzmán, están representados por una célula de la familia criminal de los Salazar, quienes cuentan con el apoyo bélico regional de los lugartenientes dejados por Jesús Humberto Limón López, El Chubeto, El Cazador o El Noveno, luego de ser atrapado en Altar el pasado 12 de junio.

En uno de los videos subidos a Instagram, Los Chapitos advierten a los seguidores del Gigio: “¡Ya vamos para Nogales pinchi (sic) soldado! ¡Hijos de su puta madre (vamos) a romperle la madre a todos! ¡Ahora sí despertaron al Mounstro (sic)!”.

Antes, la gente de El Cazador atrapó a un sicario de El 20, lo hizo confesar mientras lo videogrababa y luego colgó ese material en Instagram con la siguiente advertencia: “Hay pa’ los que seguían este ‘Insta’. Perros, ya sabemos con quién hablaba ¡Truchas! Sigue la guerra, y ahora sí, se van a pelar toda la verga!”.

Días aciagos

La refriega tuvo su primer capítulo el 22 de julio, cuando supuestamente los bandos en desacuerdo tomaron rehenes y se lanzaron el ultimátum de que entrarían a la fuerza por los retenidos.

Esas señales de alerta y la subsecuente violencia transgredieron la magia que atraía turistas a la plaza Monumental que alberga la iglesia de Santa María Magdalena y la capilla de San Francisco Javier, el santo patrono del norte sonorense y sur arizonense.

“No nos dejan ir a rezar, ahora que lo necesitamos tanto; se vienen las balaceras y lo primero que cierran es la iglesia ¿Ahora, dónde vamos?”, lamenta doña Clara. Vive a unos metros de la iglesia y ahora sólo se asoma a la ventana para contestar.

Las fiestas patronales del 4 de octubre, Día de San Francisco, convocan a las etnias de yaquis y tohono o’odham, así como a los peregrinos que acuden a Magdalena cada año. Y, según la tradición, si los penitentes no logran levantar a San Francisco es porque ocultan algún pecado.

Toda intención de visitar Magdalena se frustró tras el enfrentamiento del 22 de julio. Fue el primero de los sucesos violentos. Al día siguiente los choques armados fueron en la colonia El Polvorín, contigua a la carretera internacional Cuatro Carriles, la vía federal México-15. El mismo 23 de julio por la tarde, otro atentado tuvo lugar sobre el cerro de El Mezquite, al poniente de Magdalena, donde se ubica una pila de abastecimiento de agua, donde luce una colorida leyenda con el nombre de esta ciudad.

Para el 24, los magdalenenses fueron despertados con las metrallas y detonaciones de arma de fuego en las colonias Amanecer de Kino, Estación, San Felipe, San Martín, Lomas de Kino, El Polvorín, Madero y Fátima.

“Amanecimos debajo de las camas. ¡Pregúnteme a mí! Parecía que estábamos en Beirut. Mientras tanto, la Guardia Nacional buscándolos en el monte y ellos (los sicarios) echándose trancazos en la ciudad”, comenta al reportero un temeroso residente de Magdalena.

Este mismo día tuvo lugar el más difundido de los ataques. Ocurrió en la gasolinería La Industria, justo en el Centro Histórico, a 30 metros de la plaza Monumental, donde descansan los restos del misionero jesuita Francisco Eusebio Kino.

Dos de los videos que se viralizaron ese día se ubican en la iglesia Santa María Magdalena, donde los feligreses se tiraron al suelo y empezaron a rezar para mitigar el temor. “Los balazos están allá afuera ¡Ay Dios mío! Santa María Magdalena protégenos”, se escucha en uno de ellos.

Desasosiego ciudadano

La población se autoimpuso un toque de queda. Cerraron todos los bancos, tiendas departamentales y de autoservicio; sólo unos cuantos comercios locales y changarros siguieron atendiendo al público.

El domingo 25, con la actividad comercial y la movilidad automovilística reducidas a cero, las detonaciones y tiroteos por varias colonias, incluyendo las zonas aledañas a la carretera internacional, hizo que la población permaneciera atenta en las redes sociales.

En Facebook se crearon decenas de grupos para autocuidado. Sus informantes intercambiaron información sobre los lugares donde arreciaban las balaceras al tiempo que organizaban “ciberrezos” colectivos.

Al día siguiente, el campo de batalla se trasladó a Ímuris, en donde los residentes denunciaron en redes sociales la quema de al menos ocho viviendas, cinco por la madrugada y tres más en la tarde.

“Son los efectos de la violencia que se genera en la región por integrantes del crimen organizado; lamentablemente al momento no se ha dado a conocer información oficial por parte de las autoridades”, expusieron los pobladores de esta comunidad, 51 kilómetros al sur del muro fronterizo.

Ya se habían acumulado cinco días de tiroteos, enfrentamientos y detonaciones. La comunidad demandaba el consuelo oficial de la gobernadora Claudia Artemiza Pavlovich Arellano y de los alcaldes de Magdalena e Ímuris. La violencia, decían, ha frenado el comercio, la minería, el trabajo en las maquiladoras, la ganadería, agricultura y el turismo.

“La policía viene, se toma fotos y después se va. Nos deja solos”, sintetizan los magdalenenses. También expresaron su preocupación por que, decían, la cuna de la gobernadora “está ardiendo; su pueblo está tomado y bajo control de la delincuencia”.

No es para menos. Las versiones ciudadanas indican que al menos se contabilizaron 20 cuerpos apilados en la gasolinera La Industrial, pero los informes oficiales nada reportaron al respecto.

El 27, tres días después del mayor de los atentados, el ambiente seguía enrarecido y sólo algunos se atrevieron a salir.

“Ando aquí de puro milagro, por necesidad, porque en la casa sólo tenía comida para unos días y ya se terminó. Ni modo que supiéramos que esto iba a pasar”, manifiesta Carlos mientras camina hacia el supermercado, el único que estuvo abierto durante todos los días aciagos.

A pesar de la violencia generalizada, el silencio gubernamental ha sido sepulcral. El rugir de los fusiles vuelve incontrolable el desasosiego, pues una guerra sin muertos en los registros oficiales alerta que los autores están guardando sus huellas

La premisa es: “Sin cadáveres no hay delito”.

Magdalena tardará mucho tiempo en recuperar la confianza de los visitantes. En el recuerdo quedarán esos días de asueto que los sonorenses pasan por el poblado, disfrutando de una deliciosa mermelada de membrillo, de su ambiente de feria que siempre tiene, y ahora el narco le ha robado.

Narcogeografía

Los informes de inteligencia estatal consultados por el reportero revelan que la reciente escalada de violencia se deriva de la captura de José Bibiano Cabrera Cabrera, El Durango, quien el 21 de abril fue sacado del municipio de Altar en helicóptero por elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional y la Guardia Nacional en un operativo relámpago, y la de Jesús Humberto Limón López, El Chubeto, presunto jefe de la célula delictiva Los Cazadores.

Cabrera Cabrera, según el comunicado de prensa del 21 de abril, era el jefe de la plaza en Altar, 90 kilómetros al noroeste de Magdalena; lideraba el Grupo Delta y se encargaba de mantener a raya a las huestes de Rafael Caro Quintero, integradas por gente de La Barredora 24/7, comandada por Jesús Darío Murrieta Navarro, El Cara de Cochi, fracciones del Cártel Jalisco Nueva Generación y La Línea.

A su vez El Chubeto, operador en Altar, fue capturado el 11 de junio anterior y se le acusó de coordinar las operaciones de trasiego de mariguana, cocaína, heroína, crystal y fentanilo, y de controlar la red de tráfico de migrantes hacia Estados Unidos en la región, además de traficar armamento, informó la Fiscalía General de la República.

Los detenidos recibían órdenes de la Gente Nueva de los Salazar, que son parte de la estructura de Los Chapitos. Con su aprehensión, la región comprendida como Río Altar y sobre Benjamín Hill, Santa Ana y Magdalena volvieron a respirar tranquilos.

Pero el vacío de poder que dejaron abrió el apetito expansionista del Gigio, quien nombró al 20 líder de su brazo armado. Desde entonces las batallas no han cesado.

Para exmandos policiacos estatales y municipales consultados por Proceso, es probable que la encarnizada disputa entre Los Chapitos y la gente cercana al Mayo Zambada se originara a raíz del juicio contra Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, en el que Jesús El Rey Zambada delatara al líder del Cártel de Sinaloa.

The King, como lo clasificaban las agencias estadunidenses (hasta el pasado 12 de mayo), declaró y presentó ante el juez un organigrama de las actividades ilícitas del Chapo desde Colombia hasta Nueva York.

Peor aún, Vicente Zambada Niebla, Vicentillo, también cooperó con el gobierno estadunidense para inculpar a Guzmán Loera. Fue él quien reveló la mecánica de la fuga del penal de Puente Grande en 2001, las transacciones ilícitas en Pemex (sobre todo repartición de sobornos) y cómo utilizaron a la extinta Policía Federal Preventiva para que enfrentara a los grupos criminales opositores al Cártel de Sinaloa.

El auge al consumo de fentanilo y metanfetaminas en Estados Unidos volvió a Sonora aún más atractivo por su ubicación geográfica y porque, para el crimen organizado, estos narcóticos son mucho más rentables que el contrabando de mariguana, cocaína o heroína.

Además hay otros frentes de batalla abiertos en Sonora: la región de Guaymas y Empalme ha tomado relevancia porque cuenta con cielo, mar y tierra para el tráfico de narcóticos, migrantes, armas, dinero y precursores químicos.

Hay valles de cultivo, planicies utilizadas como pistas de aterrizaje clandestinas y un puerto de altura, además de accesos directos a la carretera internacional; tiene todo como centro neurálgico de operaciones ilícitas.

También está Cajeme, el municipio más violento de Sonora, el cuarto a nivel nacional y cuarto lugar mundial dentro del “ranking 2020 de las 50 ciudades más violentas del mundo”, presentado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, A.C.

Ahí la disputa es por el narcomenudeo, por el poder hegemónico que imponen los Salazar, cuya intención es desaparecer lo que queda del grupo de Trinidad Olivas Valenzuela, exlíder del Cártel de los Beltrán Leyva, originario de Sinaloa pero que operaba una red de narcotráfico en Ciudad Obregón, Sonora, y en Loma de Bácum, en territorio yaqui.

Todo el uso de la fuerza y la violencia derivada se explica sabiendo cuál es el gran botín: el desierto de Sonora colindante con la reserva de la tribu tohono o’odham (conocidos como pápagos).

Son unos 97 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos que no cuentan con muro fronterizo y se convierte en el jugoso reto por el cual se apuesta todo.