El valle del río Ahr, antaño próspera zona turística que aprovechaba su producción de un celebrado vino tinto y la cercanía con Bonn, antigua capital de la República Federal Alemana, empezó a morir en 1999, cuando los poderes regresaron a Berlín. Y Altenahr, localidad emblema de ese valle, que fue remanso de políticos y embajadores, comenzó un paulatino declive. Pero nadie pudo adivinar que las torrenciales tormentas de sólo dos días del mes pasado acabarían por borrar, tal vez para siempre, el encanto de este pueblo.
BONN, Alemania.- En tiempos dorados, el crucero principal de la pequeña localidad de Altenahr, a 31 kilómetros de esta ciudad, reflejaba un brillo de época. De un lado, los ventanales de un amplio salón dejaban entrar a las estrellas en las largas noches de baile y vino. Del otro, un restaurante estilo western invitaba a veladas peliculescas, sumergidas bajo el manto de la música country.
Estar cerca de la entonces capital alemana aseguraba a Altenahr no sólo un turismo constante sino también de alto nivel: embajadores extranjeros y políticos alemanes lucían ante sus invitados la belleza del Valle del Ahr y de la Ruta del Vino Tinto, alternativa a los tumultuosos viajes por el Rin, bañados en la empalagosa dulzura del vino blanco.
Instituciones, embajadas y casi toda la órbita del gobierno abandonaron Bonn en 1999, y con ello, Altenahr y otros pueblos cercanos fueron perdiendo su brillo. Como en la película El resplandor, el lujoso bullicio de antaño se fue transformando en pesado recuerdo y, sobre todo, en la intransigente realidad de un turismo esporádico y de menor propina. La crisis se tornó círculo vicioso. La austeridad hizo desaparecer el teleférico que llevaba a la cima de un monte vecino, y también se fue a la eternidad el restaurante que esperaba sonriente a comensales arriba del promontorio. Y a menos atractivos, menos visitantes.
Desde entonces Altenahr y sus ciudades vecinas se volvieron competidoras en una lucha ardua por sobrevivir como destino de viajeros. Mientras que la pintoresca Bad Münstereifel y Bad Neuenahr invirtieron en costosa infraestructura, y con gran esfuerzo lograban levantarse tanto de la historia como de la pandemia, Altenahr parecía cada vez más un pueblo en vías de tornarse fantasma.
Las inundaciones de julio de 2021 lo emparejaron todo. En los 30 minutos que duró el pico del temporal que azotó el Valle del Ahr entre la noche del miércoles 14 y la mañana siguiente, el tranquilo río que da nombre a la región se convirtió en un monstruo que devoró las pequeñas localidades, y otras más.
Normalmente el Ahr serpentea por las honduras, rodeando en algunos casos la parte vieja de los pueblos al fondo de las mismas. La tormenta hizo que el agua subiera por todos los flancos, convirtiendo a Altenahr y otros pueblos en trampas de difícil escapatoria. En casi 200 casos, según las recientes estimaciones para toda Alemania, la trampa fue mortal.
Lo mismo sucedió con otros ríos en esa zona, y también en Euskirchen, Rheinbach y el Parque Natural del Eifel. Esa fue una constante de las inundaciones: los que causaron mayor daño no fueron los grandes ríos como el Rin, sino las afluentes más pequeñas, como el propio Ahr y otras que normalmente corren inofensivas y serenas, como posando para las fotografías y las selfies de los visitantes. En Euskirchen, donde confluyen riachuelos como el Veybach y el Mitbach, las aguas causaron destrucción no sólo en muchas localidades sino también en la infraestructura carretera. Sólo ahí la cuenta mortal subió a 26.
En Sinzig, también muy cerca de Bonn, las aguas inundaron un asilo para personas minusválidas, y 12 de ellas no alcanzaron a escapar; murieron ahogadas.
Altenahr, Bad Neuenahr, Bad Münstereifel y otros pueblos quedaron de nuevo en igualdad de circunstancias. El agua no sólo subió de nivel sino que bajó con fuerza por las laderas, arrastrando todo lo que pudo: autos, casas, muebles, vías de tren y densas paredes de lodo. En el Parque Natural del Eifel, localidades como Schuld (palabra que en alemán significa, según el contexto, culpa o deuda) las inundaciones dejaron decenas de personas desaparecidas, muchas de las cuales siguen sin ser localizadas.
En Erfstadt, más cerca de Colonia, el arroyo Erf se desbordó en deslaves mayores que causaron devastación en la pequeña localidad de Blessem. Un temor principal era la cercanía con la represa Steinbachtalsperre, sobre la cual hubo rumores de desbordamiento que fueron constantemente desmentidos. La autopista B265, cercana a Erfstadt, sufrió daños mayores a la altura de la ciudad. A una semana de la tormenta, la población es autorizada para que poco a poco regrese al pueblo, y si es posible, a su casa.
El río Wupper, que da su nombre a Wuppertal, crecía hasta casi llegar a la altura del punto de salida del famoso tren elevado que atraviesa la ciudad. Las aguas dejaron de ascender justo antes de lo que hubiera sido otra calamidad mayor.
Negligencia o descuido
Sobre las causas se discute mucho, con una excepción. La dimensión de la tormenta hace hablar de un fenómeno inédito en siglos. En Bad Münstereifel se la refiere ya como la tercera gran inundación, luego de una registrada en el siglo XV y otra en el XIX. Los muros de contención construidos a raíz de esta última aguantaron décadas y dos guerras mundiales, pero no la tormenta de julio de 2021.
Por lo demás, se habla de negligencia y descuido en el sistema de alarma temprana, o se resaltan los alcances y consecuencias de la crisis climática. Quedó de manifiesto que la infraestructura actual fue insuficiente para prevenir la catástrofe. Al momento de escribir este despacho, en muchas de las localidades afectadas aún no se restablecían los servicios de telefonía y energía eléctrica. Para muchos de los damnificados, la imposibilidad de comunicarse con el exterior impidió un rescate más temprano, y quizá costó vidas. La combinación definitiva de factores causantes de la catástrofe se sabrá dentro de mucho.
Fulminante, en cambio, fue la reacción de la política alemana en un entorno previo a las elecciones federales de septiembre. Con el instinto político que la mantuvo en el poder 16 años, la aún canciller Angela Merkel acudió a la zona de desastre, justo después de la etapa en Washington de su farewell tour.
Merkel, por supuesto, no tiene ya ninguna aspiración política. Pero sí mantiene el oficio suficiente como para saber que la foto junto con ella, en plena zona de desastre, es un bálsamo para la campaña electoral de Armin Laschet, el gris gobernador de Renania del Norte-Westfalia y candidato del Partido Conservador a la Cancillería. Actualmente, la CDU marcha con ligera ventaja en la intención de voto, por encima de Los Verdes, aunque no cuenta con claras perspectivas de alcanzar una mayoría en las elecciones federales del próximo 26 de septiembre.
No sólo la política formal ve la tragedia como una oportunidad. En el distrito de Ahrweiler se acumulan las denuncias en cuanto a que militantes de extrema derecha y los llamados querdenker (escépticos y partidarios de teorías de conspiración en cuanto a la pandemia de covid-19) se mezclan en las labores de rescate y, de pasada, tratan de inocular la idea casi apocalíptica de un “colapso sistémico” entre una población conmocionada y en muchos casos arruinada económicamente por las inundaciones y la ola de contagios.
Pero en su mayor parte la solidaridad ha sido uno de los saldos positivos, si es que los hay, en cuanto a la catástrofe. En algunos casos, la cantidad de donativos materiales ha sido tal, que las autoridades han pedido a la población no enviar más. En Nürburgring, donde además de la famosa pista de automovilismo hay enormes espacios para actos masivos, las salas y almacenes se han transformado en centros de acopio que en parte han sido rebasados por la cantidad de artículos donados por la población.
Lo mismo ha sucedido en menor medida en Rheinbach, donde centros de natación y parques fueron convertidos en improvisados centros de recepción de donativos.
Las donaciones en metálico también han sido ingentes. La población de toda Alemania ha aportado voluntariamente más de 1 millón 726 mil euros a instituciones de asistencia, para ayudar a los damnificados.
Algo parecido sucede con la participación organizativa de voluntarios. En las tareas de rescate y remoción de escombros han participado miles de civiles, y en algunos casos, también se ha pedido que ya no acudan a las zonas del desastre.
A una semana de las inundaciones van apareciendo poco a poco, como en una nueva ola, los retos a futuro. Se calcula que regresar a la normalidad tardará meses o años, dependiendo de cada localidad y situación. En algunos casos, se prevé que las cosas jamás volverán a ser las mismas. Pero tampoco se ha llegado al tiempo de hacer ese balance. El reto inmediato consiste en cómo remover lo que las oleadas de agua y lodo arrastraron a su paso: autos, muebles, casas enteras. Numerosos son los tanques de aceite para calefacción que fueron extirpados de casas y edificios, y amenazan con causar, por si fuera poco, una catástrofe ambiental que se sigue esparciendo al correr de las aguas. Y finalmente está la tarea de cómo reciclar tal cantidad y variedad de desperdicios, y hacerlo de manera que no afecte más el medio ambiente.
Como sea, el gobierno federal y los gobiernos de los estados afectados, principalmente Renania del Norte-Westfalia y Renania Palatinado, han ofrecido ayudas económicas de varios niveles, algunas de ellas inmediatas. Éstas van desde 200 euros a nivel local como asistencia inmediata, hasta 3 mil 500 euros para damnificados –bajo ciertas condiciones– en Renania Palatinado.
En total, los distintos niveles de gobierno en Alemania han anunciado paquetes económicos de emergencia por 400 millones de euros. En un cálculo preliminar, los daños causados por las inundaciones son estimados en 2 mil millones de euros, sólo en este país.
La ola de políticos y personajes que visitan la zona de desastre ofreciendo ayuda y consuelo probablemente desaparecerá pronto. No lo harán, en cambio, las líneas en las fachadas de Altenahr, Bad Neuenahr y otros pueblos, marcando para siempre el recuerdo del nivel de las aguas en 2021 en comparación con otras inundaciones históricas. La de este julio se ve como una raya sola en las alturas, a muchos centímetros, y mucho dolor, de la más cercana competencia.








