El célebre poema “La suave Patria”, considerado como una especie de himno nacional, enfrenta ya toda una corriente “que ve con mirada desconfiada el sentido del amor cívico”, dice el autor de este ensayo, “desde que el adjetivo ‘nacional’ cayó en las sienes del poeta”. Por su parte, para el también poeta, ensayista y editor Víctor Manuel Mendiola, en su libro Cien años contra el fantasma del caudillo, el poema es una áspera crítica al México de 1921.
Las horas: todas hieren, la última mata. Así decía una inscripción, común en los viejos relojes: Vulnerant omnes, ultima necat. La hora definitiva estaba por caer sobre el cuerpo de Ramón López Velarde (1888-1921) una noche como ésta, hace 100 años. Hace 100 años… y unos días.
La historia se ha contado muchas veces, y ante el centenario de su fallecimiento las miradas de numerosos escritores han vuelto a revolotear sobre su lecho mortuorio. El poeta no se habría imaginado la cantidad de ojos invisibles posados en las ramas, adivinando desde afuera lo que pasaba dentro, en un cuarto indeterminado de una casa cualquiera sobre la Avenida Jalisco, en la colonia Roma.
Muerte consagratoria, porque es sabido que el presidente Álvaro Obregón ordenó para el poeta funerales de Estado luego de conocer “La suave patria” –publicada en el número de junio de la revista El Maestro, editada por el Departamento Universitario–, cayendo así la pesada losa de la celebridad nacional sobre sus restos. Desde que el adjetivo “nacional” cayó en las sienes del poeta, ha tenido que soportarlo, motivo por el cual se ha convertido en centro de largas y numerosas polémicas, en lugar de tenues tertulias poéticas (¡él las habría preferido!).
Porque hay todo un afluente de la crítica que ve con mirada desconfiada el sentido del amor cívico manifestado en estos versos. No los llamaré impenetrables, aunque así sean muchos de ellos, pero sí: intrincados, como maleza. Según esta idea, no es posible el amor abstracto, no es posible querer a la patria o a la humanidad; si acaso: amores concretos. Ejemplo el de José Emilio Pacheco: No amo mi patria, su fulgor abstracto es inasible… Sin embargo, amamos la vida, una época… podemos elaborar amores no concretos.
Sobre esto, recuerdo el pensamiento del economista Amartya Sen (comentado por la socióloga Eva Illouz en su libro Por qué duele el amor; Katz, Buenos Aires, 2012), cuando distingue compromiso de simpatía: en esta última hay motivaciones personales; en cambio, el compromiso no depende del “egoísmo”.
De la misma manera, es posible, creo, extirpar el “egoísmo”, las connotaciones individuales, para construir esta noción de amor abstracto. Y “La suave Patria”, este poema, ¿es uno que ama una patria inasible? Lo leo y lo repaso, pienso que va y viene por ambas formas de amor. Hay vivencias íntimas, intransferibles, y momentos en que se refiere a esa mujer simbólica que representa, cuando le dice: “Patria: tu mutilado territorio se viste de percal y de abalorio”, para destacar su pobreza. O cuando se le antoja raptarla en la cuaresma opaca. Pero, asimismo, están los recuerdos de Jerez y el descubrimiento de la capital y del vicio…
Quisiera intentar darle un contexto a la aparición de López Velarde en la poesía mexicana, ya que también ha sobrevivido la idea de que su poesía “verdadera” no es la que se refiere a la patria o a la provincia. Las virtudes del poeta brotarían en otros ámbitos. No hay que olvidar que la aparición de López Velarde en la poesía mexicana rompió la estética dominante de la poesía, la que imponía la obra de Enrique González Martínez. Héctor Pérez Martínez –en una conferencia leída en 1924, titulada “Los poetas provincialistas”– aseguraba que González Martínez, con su libro La muerte del cisne (1915), cerraba el camino de la poesía.
Al año siguiente apareció el primer libro de López Velarde, La sangre devota, causando “una impresión intensa” que no tardó en tener numerosos discípulos. Hasta González Martínez le escribió un poema a una iglesia de pueblo, a la manera del poeta zacatecano. El Abate González de Mendoza, otro crítico de entonces, daba otra explicación al surgimiento de la poesía “provincialista”: era producida por la existencia de un resentimiento entre la capital y la provincia, que hizo difícil el contacto entre el hombre de la ciudad y “el hombre del agro”.
La provincia se jactaba de haberse revelado ante Victoriano Huerta, cosa que las ciudades no hicieron, comenzando por la Ciudad de México que recibió con alegría la usurpación de Huerta. Es decir: la provincia guardaba los verdaderos valores de la patria. Por ejemplo, uno de los más cercanos amigos de López Velarde, Enrique Fernández Ledesma, el primer escritor del siglo XX en interesarse ampliamente por el siglo anterior, escribió una serie de crónicas de la provincia decimonónica, pretextos para hablar del Bajío, región que guardaba intacta la visita de Maximiliano, el amor por los muebles coloniales, la devoción religiosa de los antepasados…
Por último, citaré el libro 1915, escrito por Manuel Gómez Morin, quien dice que la política “colonial” porfiriana había hecho olvidar a los capitalinos una verdad elemental: “¡Existían México y los mexicanos!”. En diciembre de 1914, villistas y zapatistas se habían encontrado en la capital, causando otra “impresión intensa” a los mexicanos que habían olvidado México a causa de su ensoñación afrancesada.
Por cierto Gómez Morin, posterior fundador del PAN, era vecino de López Velarde en la Avenida Jalisco; y en sus textos reconoció la influencia del poeta: “(…) me hizo saber que verdaderamente moderno, actual, no era entregarse a la construcción trivial de herejías elementales como pretexto o justificación de pecados [tan] antiguos por el mundo” (citado por María Teresa Gómez Mont, en Manuel Gómez Morin, 1915-1939, FCE, 2008). Ser moderno no equivalía a construir herejías elementales…
¿López Velarde, el reivindicado nada menos que por el fundador del PAN, o López Velarde el poeta homenajeado anualmente con la retórica revolucionaria e institucional? ¿A quién de ellos le dará la diosa Eris la manzana de la discordia? Yo no se la daría a ninguno: la experiencia de la patria es personal y abstracta, pero no programática. Si se me permite: es construcción de abajo hacia arriba.
Al igual que la obra de Juan Rulfo, no hay en la de López Velarde ingenuidad literaria. No es una descripción de México nutrida sólo de experiencia: es una obra producto del conocimiento de toda una tradición. En el caso de la obra rulfiana, “la más mexicana”, es producto de las numerosas lecturas de su autor de la novelística europea. Y en el caso de López Velarde, del extraordinario conocimiento y la notable apropiación del simbolismo, de los poetas belgas que no se sentían parte de la gran literatura francesa: poetas de la pequeña provincia. Aprendió de Jules Laforgue, el poeta muerto a los 26 años, a adjetivar inesperadamente: la almohada “cadavérica”, la araña “apostólica”, la humanidad “giratoria”…
Los entes poéticos que creó penden misteriosamente sobre nuestro espíritu. Sin embargo, la profundidad de su poesía no ha terminado de explorarse, ya que son muchos los secretos, las ambigüedades, las posibilidades de lectura. Pienso que es el típico caso del artista que crea al imitar: López Velarde pintó la provincia, pero creó una; imposible saber si existió aquella que leemos en sus versos. En todo caso, descubrió una idea de provincia. Fue seguido por poetas notables como Francisco González León, el padre Placencia, Rafael López, y muchos otros no tan notables. Hay huellas suyas insospechadas en autores que no esperamos. Lo he sentido, por ejemplo, en Borges, en varios pasajes, como en el poema “Oda escrita en 1960” (de El hacedor):
“Patria, yo te he sentido en los ruinosos/ ocasos de los vastos arrabales”. O más adelante: “Eres más que tu largo territorio/ y que los días de tu largo tiempo”.
Para Borges, la patria es algo presentido en las vivencias de la vida, pero es también “íntimo diálogo”.
En fin, el tema es muy extenso y me falta condición para navegar por las olas civiles. Sólo pretendía mostrar algo de verdad de su amor patrio en el contexto de su existencia.








