Rufino Tamayo y su Florecita del ejote

No fue el Museo Tamayo sino El Colegio Nacional la instancia que recordó el 30 aniversario luctuoso del pintor Rufino Tamayo.

Y aun cuando el museo se encuentra cerrado por remodelación y tiene planeada una exhibición del maestro como parte del programa de reapertura, bien hubieran podido sus funcionarios diseñar algún proyecto para su página web. Sobre todo porque la directora del Museo Tamayo, Magalí Arriola, tiene experiencia en actividades virtuales ya que, además de su desempeño como servidora pública, colabora con la feria Art Basel en donde es parte del equipo curatorial en línea OVR:Portals’ (https://www.artbasel.com/stories/ovr-portals-magali-arriola) y (https://www.artbasel.com/
stories/ovr-portals-larry-ossei
-mensah).

Sin embargo, aun cuando el maestro Rufino Tamayo no haya sido mencionado en el portal del museo que lleva su nombre, su fallecimiento ocurrido el 24 de junio de 1991 sí fue recordado con un evento que, a manera de homenaje, se realizó el pasado lunes 28 en las instalaciones de El Colegio Nacional en la Ciudad de México de manera presencial, y transmitido en vivo a través del canal de YouTube de la institución.

Con un panel diverso en el que participaron el escritor Jaime Moreno Villarreal, las investigadoras y curadoras Ingrid Suckaer y Mónica López Velarde, y los arquitectos Fernando González Gortázar y Felipe Leal, se abordaron aspectos atractivos de la vida y creación del extraordinario pintor.

Interesante por la relación que estableció entre el artista y su extensión en el lienzo, la participación de Villarreal, bajo el título de El hombre en el umbral, ubicó a Tamayo como un ser que habitó su imaginario al introducirse en su propia ficción pictórica. Ubicado en el umbral entre la realidad y el lienzo, Tamayo, al representar a sus personajes de espaldas al espectador, ingresaba él mismo a la pintura diluyendo la diferencia entre la realidad objetiva y la deseada. Anclados a un soporte inferior que podría ser la tierra y con los brazos extendidos hacia espacios infinitos, sus personajes evidencian el deseo del artista por alcanzar el universo.

Acertada y provocativa, la participación de Felipe Leal abordó la relación entre el espacio arquitectónico y la pintura mural de Tamayo. Trabajados con una contundencia que, como señaló Villarreal, expande la pintura al mundo real al tiempo que introduce la realidad en la pintura, sus murales ejercen una presencia tan contundente como autónoma. Y por lo mismo el arquitecto Leal señaló no sólo las fallas de visibilidad de los murales del Palacio de Bellas Artes, sino que también recordó la pérdida de protagonismo que tienen actualmente los murales que produjo para el Sanborns de la Fragua, en la Ciudad de México.

El más famoso con numerosas rebanadas de sandía, que estaba colocado en un despliegue cóncavo a la altura de los comensales, ahora se encuentra en un muro muy alto e instalado en formato plano, en el vestíbulo del Museo Soumaya de la Plaza Carso, en la ciudad capital.

Y, por último, la espléndida participación de González Gortázar. Elocuente y crítico, el también escultor, además de enfatizar que son las peculiaridades locales las que dan riqueza a la cultura y descalificar “las deformaciones sectarias pretendidamente internacionalizantes”, compartió con el público una canción que, con el título de “Florecita del ejote”, compuso Tamayo posiblemente en los años treinta. Interpretada por Lola Beltrán en 1984, la canción se inicia mencionando esas fascinantes estructuras de piedras encimadas que, conocidas como tecorral, definen los linderos en zonas rurales. Tal como lo prometió, terminó su participación con una “hermosa sorpresa” (https://www.youtube.com/watch?v=WuYq-nFXFco).