Homero Aridjis (Contepec, Michoacán, 1940) respondió, por correo electrónico, un cuestionario de Proceso sobre su novela-homenaje de 400 páginas a la Ciudad de México de los cincuenta, sesenta y setenta, publicada por Alfaguara, Los peones son el alma del juego. El escritor agrupó sus respuestas en un solo texto.
Brooklyn, NY.- La idea del libro surgió a través de los años, se fue haciendo con la vida misma, con la experiencia personal de convivir con escritores y artistas. Quizás desde la noche aquella cuando llegué por primera vez al Centro Mexicano de Escritores, que era el epicentro de la nueva literatura mexicana que estaba manifestándose en los años cincuenta con Pedro Páramo y El Llano en llamas, de Juan Rulfo; El laberinto de la soledad y La estación violenta, de Octavio Paz, y Varia Invención y Confabulario, de Arreola, entre otros tantos libros de prosa y poesía.
Aparte del movimiento cultural que estaba teniendo lugar en el México de mediados de siglo (en literatura, arte, música y cine), la Ciudad de México era una capital que era el epicentro de la cultura en habla española. No sólo una gran motivación para nosotros los mexicanos, sino también para los latinoamericanos, asilados en nuestro país cuando eran frecuentes los golpes de Estado.
No hay que olvidar a los poetas de iniciación al éxtasis de los huicholes, los tarahumaras y los mazatecos, como las veladas de María Sabina, la sabia de los hongos alucinantes, que tanta fascinación provocaron en Malcolm Lowry, Jack Kerouac, Philip Lamantia, y los beats, y hasta en el tremendo William Burroughs, quien vivió, se drogó (y mató a Joan Vollmer en la colonia Roma).
Desde Antonin Artaud, André Breton, Luis Buñuel, Leonora Carrington, Remedios Varo y varios poetas, cineastas, fotógrafos y antropólogos, México fue un país de descubrimientos existenciales y mágicos. Podríamos hablar de un periodo cultural que se llamaría la fascinación por México. Los peones son el alma del juego es un libro que recoge mi vida privada, así como mi experiencia de la vida urbana de ese periodo.
La aparición de los escritores mexicanos en Los peones son el alma del juego no sólo es anecdótica, creo que contribuye al conocimiento de su personalidad y de su obra. Por ejemplo, qué personaje rulfiano es más grande que el mismo Juan Rulfo, su forma de ser y de hablar rulfianos. La creación de Pedro Páramo no es casual, salió de las entrañas mismas de Juan Rulfo, de su pasado en los pueblos de Jalisco y de su vida elusiva en diferentes colonias y cantinas de la Ciudad de México.
Lo mismo para comprender las invenciones literarias de Arreola es útil conocer las tribulaciones económicas del jugador de ajedrez empedernido que era Arreola. Para explicarse la erótica de Toledo es útil conocer su tormentosa relación con Bona. Y la de Octavio Paz con Elena Garro y sus amantes Bioy Casares y Archibaldo Burns.
Del libro hice 15 versiones, todas útiles, todas complementarias, todas detonantes de la memoria de esa época, los tiempos de la Zona Rosa y el Café Tirol. Cambié varias veces de título, pero no la sustancia del libro. Todos los títulos eran buenos, pero quería que fuera lúdico, que me representara con naturalidad, y lo mejor que encontré fue una frase del campeón mundial de ajedrez Filidor en su clásico Tratado del Juego del Ajedrez. Filidor fue un gran maestro del siglo XVIII, y me inspiró uno de mis primeros libros, La tumba de Filidor (1961). El poema entusiasmó a Octavio Paz y a André Pieyre de Mandiargues, junto con Perséfone, y a través de esa obra nos hicimos amigos.
Me propuse escribir mi experiencia propia como poeta, hacer un libro sin autocensura, redactarlo con la inmediatez con que suceden las cosas, como cuando se sale a la calle, como cuando se va al café y uno se encuentra con Fulano y Zutano, no como monumentos, no con las estatuas de concreto de Benito Juárez y los jerarcas del PRI, sino con seres humanos como los amigos y yo. Todo eso considerando que la memoria es promiscua, que uno comparte experiencias con otra gente que uno debe redactar como experiencias propias. Muchas veces desde la perspectiva de encontrarse en un café, en una casa, en una fiesta, de andar en la calle. De estar allí en el momento en que suceden las cosas, no en el recuerdo, sino en el presente. Para esto llevé un Diario secreto donde apuntaba cosas que presenciaba, que me contaban los demás, digo, con la inmediatez del presente.
Realizar el libro me llevó más de 20 años. Entre la primera y la última versión para mí ha habido tiempo para todo un examen de conciencia. Quizás lo comencé en los años sesenta, cuando llegué por primera vez a la Zona Rosa como un joven poeta, y continúe haciéndolo hasta que llegaron el 68 y el presidente Calavera Díaz Ordaz, y Gengis Hank, el Señor de los Ejes Viales, y otros depredadores que convirtieron esta ciudad en una megalópolis.
Los peones son el alma del juego para mí es un libro inacabable, pues salió de mi memoria, que es un baúl de recuerdos. Surgió de aquella Ciudad de México que yo viví y caminé desde la colonia Juárez hasta el Zócalo, la colonia Santa María y las colonias pegadas a Insurgentes Sur. Surgió también de la relación con los escritores que conocí durante varias décadas. En sus páginas está presente el ajedrez como una metáfora de la vida. También el cine, pues en mi pueblo mi padre fue el dueño del cine Apolo. Y como lo digo en el libro, por eso desde mi infancia todos los cines se llaman Apolo.
Adivinar cuándo la realidad se convierte en ficción en Los peones son el alma del juego para mí es un enigma digno de Zenón. Quizás, como lo es en toda vida, en toda obra que trate de expresar una época en que la memoria propia se confunde con la memoria de nuestros contemporáneos que vivieron a su manera, al mismo tiempo que nosotros, ese periodo de tiempo.
En las 15 versiones que realicé, en las mil páginas que escribí, tal vez se encuentren novelas paralelas sobre ese periodo espléndido que fue mi vida en la Ciudad de México en mi juventud. Mi ilusión fue compartir con mis contemporáneos y conciudadanos mi experiencia y memoria de México-Tenochtitlan-Distrito Federal.








