Escribir fue su elección de vida para conocerse a sí misma y entretener a lectoras y lectores, habiendo publicado desde que tenía 23 años. Radicada en Nueva York, para su séptima novela –valoración especial del jurado de los XIV Premios Literarios Ediciones Oblicuas de Barcelona, España–, la también dramaturga y guionista de cine, radio y tv regresa con una excitante narración de misterio “sobre el primer asesinato del siglo XXI a una mujer cometido por robots ciberespaciales para fomentar los avances del supremacismo blanco, la intolerancia y el sexismo en el poder mundial”.
De espíritu juguetón y de mensajera mercurial, una risueña Malú Huacuja del Toro comunica sus ideas telefónicamente desde Nueva York, donde en exilio literario cristalizó su nueva novela Al final del patriarcado, la historia del crimen contra Adhira, una joven inventora hindú-neoyorquina víctima del primer asesinato por voluntad robótica del siglo XXI.
Súbitamente, la escritora feminista profundiza y suelta un suspiro:
“Si me preguntas cuánto tiempo me llevó escribir esta novela, te contesto: Toda mi vida. Todos estos años…”
De 330 páginas y 19 capítulos, la novela comienza con el párrafo:
De la virgen nunca se supo su opinión, ¿te fijas? Excepto que se consideraba privilegiada, eso sí, pero ella jamás habló. La única frase que se le conoce es: “Hágase tu voluntad”, le dijo Adhira a su esposa Citlali la mañana en que se iba a morir.
–¿Al final del patriarcado define el rumbo que estamos viviendo?
–Así es. Trata sobre el primer crimen del siglo XXI perpetrado por trollers [personas que publican en redes mensajes de acoso, a menudo racistas] y meros robots ciberespaciales para influir en unas elecciones presidenciales. Y esto es así porque está basado en un caso real, inspirado vagamente en la forma en que se están decidiendo las elecciones presidenciales, vía Twitter.
“Entonces esto fue lo que ocasionó un fenómeno muy sonado en Estados Unidos durante las elecciones, que se llamó el PizzaGate. Está basado en eso… Un psicópata armado y loco fue a una pizzería y armó un tiroteo –porque en Estados Unidos es facilísimo conseguir armas, casi casi las compras en las tlapalerías sin ningún problema–. En mi novela ocurren varios tiroteos, uno de ellos en una pizzería en Nueva York, y ahí es donde cae asesinada una creativa inventora feminista, que es Adhira.”
Al final del patriarcado, que obtuvo una valoración especial del jurado de los XIV Premios Literarios Ediciones Oblicuas, de Barcelona, España, es su séptima novela publicada.
Desinfodemia
Huacuja del Toro considera Al final del patriarcado una novela cuyo tema habría fascinado al narrador y dramaturgo, como ella, Vicente Leñero, fundador de Proceso, “mi maestro y mentor, con quien tuve además el honor de trabajar en algunos guiones”.
El capítulo tercero concluye con el aforismo: Porque más peligrosa que la ignorancia es la información incorrecta a la que constantemente nos dirigen los medios de incomunicación y las redes digitales.
–¿Por qué tendría que haber agradado a Leñero su libro?
–Porque es una novela que describe cómo ha degenerado e involucionado el periodismo desde la época analógica hasta la digital, con el uso de la desinfodemia, mal llamada infodemia –que sería una epidemia de información… ¡ojalá hubiera una epidemia de información!–. Es una epidemia de des-in-for-ma-ción… Yo he pensado en Vicente Leñero últimamente porque el miércoles 9 de junio habría sido su natalicio número 88…
“En los tiempos analógicos todavía se ponía muy en duda aquello de que hubiese desinfodemia, pero hoy ya no. Y eso precisamente hace la diferencia entre Proceso y las otras revistas, así como entre Proceso y los periódicos mexicanos. ¡En tu revista los datos se documentan y la información se comprueba! A lo que hemos llegado es a un nivel exacerbado de noticias falsas en Twitter, en Facebook, y por ello permiten conducir las elecciones… Las elecciones las están decidiendo los bots [aféresis de robot], los trollers: el dinero, pues. Son sistemas capitalistas, de una u otra manera.”
En su dedicatoria personal del libro a Proceso redactó de puño y letra la siguiente post data: Cualquier parecido con la realidad del periodismo mexicano es una desgraciada coincidencia. Y acelera, impetuosa:
“Como no estaba calculado, entonces el fenómeno nos rebasa y es fascinante, por lo tanto así es como quise escribir esta novela, entre otros motivos… Me preguntas si nuestro mundo va yendo ya hacia el final del patriarcado y pienso que sí, aunque por supuesto con muchas resistencias. Lo vemos en México donde hay todo un movimiento, una fuerza en contra que ridiculiza o abiertamente combate a las feministas.”
Es la misma vieja historia que ha ocurrido desde el surgimiento del feminismo, añade, “siempre ha habido reacciones muy violentas e inmediatas, tanto de mujeres como de hombres”, o sea, de mujeres al servicio del patriarcado, “que también las hay, pues el género no es garantía de que se tengan principios o conciencia de clase”.
Ejemplifica con Rosario Robles, “quien ahora está en la cárcel. Pero la gente ya ni se acuerda… A pesar de todas sus corruptelas y de que ya se veía claramente lo que iba a ocurrir con ella, se la defendía por ser mujer, y sus críticos o críticas nos llamaban antifeministas. Una aberración total”.
Pluma ciberdetectivesca
–En Al final del patriarcado su personaje Citlali enfrenta, como activista, dilemas y contradicciones en un sistema patriarcal, explotador.
–La novela plantea preguntas nada fáciles. Siempre me ha gustado abordar esos temas que no tienen respuesta y que permiten más preguntas, más inquietudes. Yo creo que así se avanza en la reflexión y también en el entretenimiento, en la lectura, porque mi novela lo mismo se propone entretener a las lectoras y a los lectores. Es igual que con Un Dios para Cordelia [novela de 1995, en Océano/Plaza y Valdés], donde estaba planteando cuestiones a futuro con tópicos incómodos nada fáciles de resolver, como el monoteísmo o el feminismo; el hecho de que una mujer para esconderse de su asesina se convierta en ama de casa, pues es la manera más fácil de esconderse del mundo, ¿no?
–Tal planteamiento era muy incómodo entonces.
–Pero con el tiempo, mira, el movimiento feminista ha avanzado y ahora es de lo más normal hablar de la doble jornada, del trabajo doméstico explotado e igualmente del de las sexoservidoras, el cual es otro tema en Al final del patriarcado. Son incómodos, pero forman parte de la realidad. No nos gusta pensar en ellos y, sin embargo, son temas que nos están definiendo.
La pandemia replegó a algunas fuerzas feministas que iban de gane, agrega. Empero, no significa que ya se hayan rendido, afila su voz:
“Es un movimiento inevitable. Porque lo que ahora sabemos y lo que muestra la pandemia, lo que nos demuestra el patriarcado, es que estamos al límite de un sistema que la humanidad ya no puede soportar. Y esto no nos conviene ni a las mujeres ni a los hombres.”
–La cito a usted: “Detrás de una mujer escritora hay hombres tratando de que se calle”.
–Así como se dice “detrás de un gran escritor siempre hay una gran mujer” mecanografiando sus escritos –ríe–, bueno, detrás de una mujer escritora siempre hay un hombre tratando de que se calle. O varios. O mujeres al servicio del patriarcado que no han aprendido la lección.
Apenas se llega al noveno párrafo, en la página nueve de la novela, brotan algunas perlas como sentencias emergiendo del subconsciente colectivo más revolucionario, a partir de un feminismo inflexible que posiblemente llegue a desembocar en humanista e incluyente:
Desde que el hombre comenzó a escribir su historia, además de excluir a la mujer, de antemano supuso que una versión de él mismo más virtuoso o capaz lo aguardaba en un futuro, ya fuera mítico o circular –idílico, como definiera implacablemente Nietszche…
“(Los hombres) están yendo –sigue la autodidacta– hacia la prehistoria en lugar de dar pasos adelante, es lo que nos ha enseñado esta versión tan nociva del progreso. Ahí están los feminicidios, y esto porque estamos hablando de Al final del patriarcado; pero puedo poner muchísimos otros ejemplos, la realidad de los luchadores ambientalistas asesinados y hacia donde vamos con el cambio climático, dime: ¿Cómo es posible que en una era tan supuestamente avanzada haya gente que lo niega, y además que vota por esa persona como presidente [referencia directa a Trump], o que no cree en la pandemia y a estas alturas necea con que no existe el coronavirus?”
Como si la tierra fuera plana, “son contrastes enormes”, lamenta:
“Pero hay otra gente así que, como con el cambio climático, se niega a reconocer que existe el patriarcado. ¡Y estamos viviendo un sistema patriarcal! Ya desde ahí tenemos un problema… Porque es un sistema que está perjudicando tanto a las mujeres como a los hombres. Si no podemos reconocerlo y aceptarlo, pues nunca vamos a encontrar la forma de remediarlo.”
Otro de los filones importantes a minar en la obra lo constituyen las atractivas y fantásticas máquinas que proporcionan sexo virtual o fantasías cybersex inventadas a placer (“aunque ya, hablando con la realidad, lo que estamos buscando es la nostalgia del sexo, y hay ahí una contradicción más, una relación dialéctica también con el ciberespacio, muy extraña, y con la realidad virtual, pero de la misma manera que acontece siempre con el erotismo”).
–Usted ha abordado en sus novelas el acoso a las mujeres en las calles de México, como en La lágrima, la gota y el artificio (Ariadna, 2006).
–Cierto, en esa novela se aborda de una manera muy cruda, muy frontal el acoso sexual en unos años en los que todavía no se hablaba tanto de eso, por eso te digo que creo que el movimiento está evolucionando.
“La lágrima… es una novela policiaca, como Al final del patriarcado. Me gusta jugar con personajes femeninos, mujeres investigadoras que hacen el trabajo detectivesco, e igualmente llevar al lector por un viaje dentro de los personajes; que se pueda sentir tan gorda como Inés Carrasco, por ejemplo, la detectiva [sic] de aquella novela, ¿no?, con aquellas zapatillas de tacón tan puntiagudo, incluso incómodo… Y en Al final del patriarcado quería también que se internara en estos otros personajes de lo que puede ser una inventora como Adhira, lo que se siente ser una extranjera dentro de su propio país, porque sus compañeras en la India ya no la comprenden…”
En mi Mexiquito
Si Adhira pinta a la deidad Shiva, la intrépida Citlali dibuja a la Coatlicue.
“Le pusieron Citlali –dice Malú– precisamente porque nació en los Estados Unidos, pues si bien sus padres tienen ya esa nostalgia del Aztlán y de todo México, no le pusieron Citlalli con doble ele, que es como se escriben y pronuncian muchos nombres nahoas, indígenas, porque lo vieron como muy gringo y dijeron ‘Ay, no, ¿doble ele? No… es muy inglés. Sólo una ele’…”
La charla deriva en el tiempo hacia el II Congreso de Escritores Policiacos 1987 de San Juan del Río, Querétaro, un año después de que ella obtuvo el Premio Plaza y Janés por su novela Crimen sin faltas de ortografía, que uno de los organizadores, el escritor Paco Ignacio Taibo II, calificó de “una porquería” (https://medium.com/espanol/mi-primer-acoso-p%C3%BAblico-6eb658c4015e).
–Luego usted sufrió una noche de “perreo” machista de los participantes, que ha narrado en sus escritos por internet o en libros como Crónicas desordenadas: Sherlock Holmes y el misterio del Congreso de novela policiaca en San Juan del Río (2018), de Felipe Cabello Zúñiga.
–Yo fui finalista, obtuve el reconocimiento a la mejor novela finalista en ese concurso, y él no fue finalista, entonces él estaba muy resentido porque era el escritor de novela policiaca en México digamos que como por antonomasia. Así se anunciaba y tenía mucha bronca con quien lo criticara.
“Especialmente aborrecía, puedo decirlo así, abiertamente, porque no fue secreto para nadie, a María Elvira Bermúdez [Durango, 1916-DF, 1998], quien era escritora de ‘novela enigma’…”. En aquel entonces había como una batalla entre la ‘novela enigma’ y la ‘novela negra’. Ésta Taibo II la difundía con su imagen de la novela de izquierda, mientras la novela enigma era de señoras fufurufas. Ahora les dirían fifís…”
La película El nombre de la rosa de Umberto Eco vino a desatar aquel nudo, apunta Malú Huacuja, comprobando con aquella historia medieval sobre Guillermo de Baskerville que se puede hacer una novela de misterio e histórica “magnífica”.
–¿Desde cuándo vive exclusivamente de su escritura?
–Yo vivo de mi pluma desde que empecé con Crimen sin faltas de ortografía. Tenía 23 años. Y lo que hice fue ganarme la vida como guionista. En aquel momento el guionismo no estaba bien visto, era un oficio de segunda. Incluso a Vicente Leñero lo calificaban así. No era una disciplina artística, era una escritura de segunda. Como el periodismo, no era algo tan… tan santificado –ríe– como la novelística. Todas estas distinciones, bastante idiotas, poco a poco por sí mismas demostraron ser obsoletas y absurdas.
En mi Mexiquito-me-la-pela no nos planteamos tantos cuestionamientos morales como los que dejaban turulata a la pinche Adhira…
De esta forma arranca el capítulo tercero de Al final del patriarcado, donde critica a las mafias editoriales o a grupúsculos literarios en boca del personaje Lorenzo Corral, un escritor a quien le pagan por adelantado para un libro en torno al asesinato de Adhira. Su trabajo es mediocre, como él mismo:
Total, se me comisionó escribir un libro que, por su potencial como novela policiaca “de prestigio” (porque las hay “de segunda categoría” o, como decía mi maestro Cienfuegos, “de subgénero”), debió habérsela encargado a Rivapalacio, pero él está muy ocupado ahora y yo fui el afortunado gracias a que mis amigos saben lo mucho que necesito ese dinero.
La autora pinta su raya, como lo hizo en su artículo “La intriga de las mafias policiacas” (Proceso 675):
“No soy de las autoras que piense que se puede hacer todo en una vida, no. Creo que hay que tomar decisiones importantes, y la que yo tomé fue dedicarme a escribir y entonces debí supeditar todo a ese trabajo. Y ese trabajo no implica, como tú bien sabes, nada más sentarte a escribir, sino también estudiar mucho distintas disciplinas.”
Justo el sexto capítulo comienza con una alusión al placer filosófico:
Empezó con una pregunta en el mejor estilo Tales de Mileto, pero hecha por una mujer: ¿qué tal si no existiera lo que ya es una realidad? Así, como la duda que dio inicio a la filosofía en Grecia, separándola de la religión en todo el mundo: ¿qué tal si la materia no fuera; si no hubiera nada? Adhira se dijo: ¿qué pasa si lo que llamamos con el eufemismo “el oficio más antiguo del mundo fuera toda una anomalía? ¿O qué mundo sería este si, desde tiempos inmemoriales, hubieran existido los prostíbulos de hombres para el disfrute carnal de las mujeres, y no al revés?
–Malú, en 1995 publicó usted su novela Un Dios para Cordelia, la piedra de toque que devino en lo que llama su exilio neoyorquino, pues hubo señalamientos de que Carmen Boullosa y Laura Esquivel plagiaron su obra.
–Es difícil comprender el poder que tenían en ese momento –responde con voz gnómica–… O quizá no, porque hay que entender que después Laura Esquivel se convirtió en diputada federal; era mucho el poder que tenía ya desde entonces, ¿no? Yo lo que hice fue más bien ironizar: “¡Qué raro, qué coincidencias tan ex-tra-or-di-na-rias con esos libros, que de pronto se dan elementos de una novela mía que no tenía un tema muy común!”, ¿no?
Y no, no era una novela sobre la cocina, tipo Como agua para chocolate, sino una novela futurista (“una distopía feminista, y las escritoras muy poderosas en aquel entonces no escribían distopías porque ellas estaban muy conformes con sus vidas. Para escribir una distopía feminista hay que ser una escritora que en principio no está conforme con su realidad, no está defendiendo la realidad que nos tocó vivir a nosotras las mujeres en México”).
Lo más difícil, suma, “no fue tanto la campaña mediática, sino laboral, porque ya posteriormente me costó mucho trabajo encontrar los trabajos de los que yo vivía, que eran como guionista. Y además fue difícil para mis patrones, para mis clientes, porque entonces quedaban mal con esas personas que están de una manera u otra en el ambiente, en el medio, siempre ejerciendo su influencia, y esto es algo que ocurre en el ámbito editorial. Es el problema que enfrentamos las y los escritores que nadamos a contracorriente y que pertenecemos a lo que yo llamo: “el México que no hace trampa”.
Concluye la también traductora Malú Huacuja del Toro, victoriosa:
“De todo esto se trata mi trabajo. Es el camino que he querido abrir. El cerco mediático que he querido romper. Cuando estás a contracorriente tienes que trabajar el doble, precisamente para que algo salga. Por eso estoy tan emocionada de que Al final del patriarcado haya sido publicada por Ediciones Oblicuas en Barcelona, con valoración especial, porque ha sido un camino muy vasto.”








