Campeche: Regreso a clases entre dudas, temores… y alegría

La primera etapa de retorno a clases presenciales en las primarias de Campeche, sobre todo en las de educación indígena, fue una mezcla de júbilo entre los alumnos y de temores entre algunos padres de familia y maestros. Los menores apenas contenían su felicidad por reencontrarse en las aulas con sus compañeros; los demás mostraron su preocupación por las malas condiciones de los planteles y sus servicios, que poco a poco han ido superando. Confían en que, si todo sale bien, en mayo se reincorporen las escuelas de las comunidades de hasta mil habitantes. 

CHAMPOTÓN, CAMP.- El martes 20, cuando acudió al plantel Venustiano Carranza, en Canasayab, José “N” aguantó más de media hora bajo un sol que rajaba piedra antes de entrar. Tal era el entusiasmo de este estudiante de quinto de primaria por reencontrarse con el aula abandonada hace un año a causa de la pandemia de covid-19, que soportó la quemada.

La Venustiano Carranza es una de las 137 escuelas rurales de la entidad que, en esta primera de las tres etapas del Plan de la Reactivación Escalonada Mixta de los Servicios Educativos de Educación Básica, reabrió sus puertas el lunes 19. 

Ese día reanudaron sus actividades presenciales 104 primarias generales y 33 de Educación Indígena –ubicadas en comunidades rurales con menos de 500 habitantes y carentes de conectividad digital– en los municipios de Campeche, Hecelchakán, Hopelchén, Calakmul, Carmen, Candelaria, Escárcega, Champotón y Palizada, a las que acuden 5 mil 972 alumnos que están a cargo de 278 maestros.

Estas escuelas son bidocentes y multigrado; es decir, sólo tienen dos maestros, cada uno de los cuales atiende tres grados. En esta “nueva normalidad” el alumnado se organizó en grupos de cuatro; cada uno acude a dos sesiones de asesoría semanales que duran dos horas, según el horario que se les asignó. La jornada laboral se dividió en tres turnos de dos horas. 

Además de Canasayab, en el municipio de Champotón reabrieron las escuelas Justo Sierra Méndez de Cañaveral y Leona Vicario de San Juan Carpizo. 

En el listado de la Secretaría de Educación estatal (Seduc) también se menciona la de San Miguel, pero en una visita a esos lugares la corresponsal constató que en esta comunidad no hay plantel, de modo que los alumnos se fueron al de San Juan Carpizo.

El martes 20, en el show mediático que el primer día montaron las autoridades estatales en esas escuelas, afloraron las carencias, deficiencias y simulaciones. 

Aunque la Seduc invirtió 600 mil pesos en kits para la higiene y desinfección de esas escuelas, cada una recibió una dotación de cuatro litros de cloro, dos litros de jabón, cinco escobas y tres litros de ácido muriático que deben durarles hasta el 30 de junio, cuando termine el ciclo escolar. 

La dependencia entregó caretas insuficientes para los alumnos y termómetros que no servían. Ello obligó a los padres a participar en la sanitización de los planteles al término de cada turno y a hacer una colecta para comprar el gel antibacterial y más jabón. 

Las contingencias se multiplicaron los primeros días: falta de agua en algunos baños, lavabos y bebederos, muchos de los cuales datan del sexenio de Enrique Peña Nieto; y fallas en la energía eléctrica, lo que dificultaba el funcionamiento de los ventiladores. Poco a poco se han ido superando. 

Abriendo brecha

A José le tocó regresar a clases el martes 20. Y lo hizo en el tercer turno de la jornada. Fue el primero de su cuarteto en acudir, y aunque comía ansias por entrar, cuando llegó su hora prefirió que fuera Rubisela Hernández, la hija del conserje de la escuela, la primera en cruzar los filtros de control sanitario. 

Por un momento José permaneció afuera, a solas con Cecilia Rodríguez, la madre de familia que, como integrante del Comité de Salud, ese día se encargó de aplicar el protocolo de acceso al plantel, así como de vigilar el cumplimiento de las normas de higiene en el horario de 11:00 a 13:00 horas. 

A José no lo acompañó ninguno de sus padres, como indica el protocolo, para que firmara la carta responsiva entregada la víspera. Él llegó solo, a bordo de su bicicleta. En su mochila llevaba el documento firmado. 

Doña Eva, su madre, quien es analfabeta, tuvo el cuidado de mantenerlo en casa para evitar un posible contagio y, como pudo, rubricó el documento en el que aceptaba que la asistencia del chico a la escuela era voluntaria. 

Doña Cecilia le dio luz verde para entrar a su escuela, donde lo recibió el maestro Abel Trinidad Jiménez, quien, como otros colegas suyos, desde noviembre pasado acudió a cada una de las casas de sus alumnos a regularizarlos.

Inmersa en la precariedad, doña Eva y su esposo, quien trabaja de sol a sol para mantener a la familia, estuvieron a punto de dar de baja a José y sus otros tres hijos, quienes cursan el primero, tercero y sexto grados en la primaria Venustiano Carranza. El maestro Trinidad la convenció de no claudicar y ofreció “enseñarla a ayudar” a sus niños. 

Hoy, los padres de los 38 educandos matriculados en ese plantel se sienten liberados de esa agobiante carga que les impuso el prolongado confinamiento. 

Cecilia Rodríguez explica que muchos de los padres que no tenían celulares tuvieron que adquirirlos; otros compraron tarjetas de Telcel para que sus hijos pudieran conectarse con sus maestros vía Whatsapp para recibir instrucciones o asesorías acerca a sus “fichas de trabajo” –cuadernillos de lecciones–. Los obstáculos fueron innumerables, dice, pues la señal del celular y el suministro de energía eléctrica eran deficientes. 

Aracely Muñoz Valdivia, quien durante ese periodo entregó la estafeta de las tareas sanitarias del comité de salud de la escuela a Cecilia Rodríguez, aplaude también la reapertura del plantel. 

Para Aracely, madre de Mariely, una alumna de sexto grado, la educación en casa “fue una pesadilla”.

“Para una, como mamá –que no estudió, cuenta–, la situación fue muy difícil y estresante. Les dejaban tareas súper complicadas, cosas para las que de plano no da la cabeza; Mariely lloraba y todo el tiempo se quejaba de dolores de cabeza, porque no entendía las lecciones.”

También comenzaron las ausencias: en San Juan Carpizo faltaron el director y dos menores por problemas de salud. Lo mismo en Canasayab, donde no asistió el director. Pero así lo marca el protocolo sanitario.

Felicidad infantil

Rosa Pacheco, madre de un menor de tercer grado de la primaria Leona Vicario, admite que la reapertura de escuelas le provoca sentimientos encontrados. 

“La educación de los niños es importante, pero siento que aún no es tiempo de que regresen a la escuela. Somos un pueblo alejado, pero ahora, por las obras del Tren Maya, está entrando mucha gente que nos pone en riesgo de contagiarnos de covid. Es bueno que los niños regresen a clases, pero está ese temor latente, esa preocupación… Vamos a ver cómo funciona”, comenta.

Con la carta de aceptación voluntaria que se repartió en las escuelas para que las firmaran los padres, dice, “siento que la autoridad se está deslindando de lo que pueda ocurrir a los niños… siento que así es”. 

Y aun cuando la lejanía de las comunidades rurales de los grandes núcleos poblacionales y su marginalidad protegieron a sus habitantes de la pandemia del covid-19, no evitaron los impactos colaterales que ésta provocó entre sus habitantes. 

José Genaro May, padre de otro alumno de la Leona Vicario, se declara totalmente a favor del regreso a las aulas. Durante el cierre de escuelas, arguye, “los niños se atrasaron muchísimo en sus lecciones. El mío estaba bastante adelantado, ahora está muy atrasado”. 

Los hijos de Rosa y José Genaro, Alexis y Edwin Gibrán, respectivamente, cursan el cuarto y el tercer grados, ambos a cargo del maestro José Rubén Huicab Chi. Su “coco”, según cuentan, son las matemáticas. El primero lloraba con los quebrados; el segundo luchaba con las tablas de multiplicar. Hoy están felices de volver a la escuela.

Al igual que su colega de Canasayab, el maestro Huicab Chi considera que, si bien la zona no ha experimentado duelos por la pandemia, en esos pueblos hay afectación psicoemocional a causa de la contingencia: “Hubo mucha frustración entre los padres, quienes, al no tener un nivel educativo más allá de la primaria, no pudieron ayudar a sus hijos a avanzar en sus estudios durante el confinamiento”.

La pequeña Andrea, de primer grado, conoció al fin los salones de su escuela, la Leona Vicario. Lo mejor, platica, es que tuvo que aprender a pedalear su bicicleta. Y es que ella es de San Miguel, pero su plantel está en San Juan. 

La escuela Justo Sierra Méndez, de Cañaveral, tiene la matrícula más grande: 60 alumnos. El director Rubén Cauich Cabrera y la maestra Suly Uc, quien se encarga de los tres primeros grados, dicen que, aunque fue difícil el trabajo durante el confinamiento, sus alumnos no regresaron “tan rezagados”, debido a que desde hace varios meses venían una vez por semana a asesorar a los alumnos que no tenían posibilidad de conectarse por Whatsapp. 

Evelyn, de sexto grado, de ese mismo plantel, dice: “Ya hacía falta regresar, aquí te explican mejor que en la casa. Allá nada más te mandan las tareas. Yo, feliz de venir”.

Maestros, padres y alumnos confían en que, si esta fase del plan funciona y el semáforo epidemiológico de la entidad se mantiene en verde, tentativamente en mayo podría autorizarse la reapertura de las escuelas de las comunidades de hasta mil habitantes.