Desnutrición y covid-19, mezcla letal para la Sierra Tarahumara

Una de las zonas de mayor vulnerabilidad en el país está en riesgo frente a la tercera fase tardía de coronavirus. La crisis alimenticia severa que padecen las comunidades indígenas de Chihuahua empeoró desde finales del año pasado. Y ahora, en combinación con las añejas deficiencias en la atención médica, el rezago socioeconómico y una sequía atípica que azota a la entidad, se constituye en un factor que amenaza con agravar las consecuencias de la pandemia

Los índices de desnutrición en la Sierra Tarahumara vulneran la salud de sus habitantes frente a la pandemia de covid-19, principalmente en las comunidades indígenas, debido al rezago socioeconómico en el que éstas han vivido durante décadas.

De acuerdo con el Índice de vulnerabilidad a nivel municipal en México ante covid-19, realizado por la Universidad Nacional Autónoma de México, la situación demográfica coloca a la Sierra Tarahumara entre las ocho zonas de vulneración crítica del país en el contexto de la epidemia del coronavirus, por lo que podría sufrir las consecuencias de la tercera fase tardía de la enfermedad.

Chihuahua registró en el año 2019 alrededor de 4 mil casos de desnutrición, según la Dirección de Epidemiología de la Secretaría de Salud federal.

Por desnutrición severa se registraron 298 casos, 139 en hombres y 159 en mujeres, así como 627 de desnutrición moderada. El número de desnutrición leve fue de más de 2 mil casos, alrededor de nueve diarios y 55% se registró en mujeres.

Hasta ahora, los contagios de covid-19 en la Tarahumara no representan un número considerable, pero van en aumento. Son casi 300 casos con 20 decesos, hasta el miércoles pasado.

La desnutrición en la Tarahumara se ha convertido en un problema crónico debido a la falta de acceso a la atención médica, principalmente porque el sistema hospitalario y de salud no ha sido adecuado a la cultura de las etnias indígenas rarámuri, tepehuana, ódami y pima.

Por eso, cuando las autoridades federales advirtieron que la población debía aislarse para prevenir contagios por coronavirus, en las comunidades indígenas de la Sierra Tarahumara les sonó hueco. Son poblaciones étnicas seminómadas que están acostumbradas al aislamiento. Sus comunidades son de pocas familias y recorren distancias kilométricas.

El confinamiento por la pandemia coincidió con la Semana Santa, cuando inicia el ciclo anual para los indígenas de la Sierra Madre Occidental. Esas fechas son fundamentales para las reuniones y los rituales, que consisten en ofrecer a Onorúame (dios) el ciclo agrícola y pedir el cuidado de sus animales y del bosque.

La mayoría de las comunidades no acató la orden de no reunirse. Hicieron rituales pero incompletos, debido a las restricciones impuestas por las autoridades municipales.

Para aquellas poblaciones, no ofrecer bailes, alimentos y la fuerza de las reuniones comunitarias a Onorúame tuvo consecuencias: Chihuahua vive una sequía atípica que tuvo sus primeros impactos en la Tarahumara, de acuerdo con Miguel Palma, rarámuri y colaborador de la asociación Comunarr.

La Secretaría de Desarrollo Rural del gobierno de Chihuahua informó que ya hubo consecuencias en el frijol y el maíz, con pérdidas en cosecha de 80 y 50% respectivamente.

Alerta por escalada

El 16 de noviembre del año pasado, nueve niños con desnutrición severa llegaron del rancho Sitánachi –que pertenece a la comunidad de Choréachi, del municipio de Guadalupe y Calvo en la Sierra Tarahumara– al hospital comunitario. No había suficiente medicamento y, desde entonces, no han dejado de llegar más casos.

Personal médico del lugar alertó que no se contaba con suficiente equipo ni humano ni material, para hacer frente a una oleada de esos casos, debido a que el apoyo o los recursos médicos no llegan con suficiente agilidad al municipio localizado en el llamado Triángulo Dorado.

Al iniciar noviembre ya habían fallecido dos menores y una niña de la misma comunidad por la misma causa: desnutrición. Las víctimas fueron un niño de tres años de la ranchería de Cerro Pelón: Juan Antonio, de dos años y medio, del rancho Buenavista, y Josefa, de cinco años, a quien lograron trasladar al municipio de Guachochi, donde falleció. Las rancherías donde vivían pertenecen a la comunidad de Choréachi o Pino Gordo.

Ésta cuenta con medidas cautelares ordenadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) debido a diversas amenazas, desplazamientos y homicidios de líderes defensores del territorio que han registrado desde 2013.

La directora de la organización Alianza Sierra Madre, Isela González Díaz, advirtió en aquella ocasión que los casos descubiertos en las dos comunidades mencionadas son sólo la punta del iceberg, porque hay muchas más en esa situación.

Los casos fueron detectados gracias a un programa de antropólogas y tarahumaras profesionistas para impulsar la atención de desnutrición apegada a la cultura indígena, por medio de la Secretaría de Desarrollo Social. El proyecto continúa en la comunidad de Choréachi y en El Cuervo, municipio de Batopilas.

Sin embargo, con la temporada preelectoral, existe temor de que este proyecto sea adecuado al sistema asistencialista con fines electoreros.

Las dos comunidades piloto del programa son Choréachi de Guadalupe y Calvo y El Cuervo, del municipio de Batopilas. Sólo de la primera son alrededor de 40 ranchos. El equipo detectó desnutrición severa en la zona y canalizó los casos dentro de las comunidades. Son regiones que se organizan bien con autoridades tradicionales y así se han articulado con el plan.

Sofía García, médica del programa Chihuahua crece contigo a través de la Secretaría de Salud, detalla que la riqueza del proyecto es que está conformado por enfermeras rarámuri y traductoras del tarahumara y odami, así como por las redes que han hecho con autoridades indígenas de las comunidades que se convirtieron en promotores sociales.

Irma Chávez, ingeniera que también forma parte del programa a través de la Secretaría de Desarrollo Social, destaca que en los nosocomios de la Tarahumara no cuentan con traductoras ni traductores rarámuri, lo que ha dificultado el acceso a la salud y genera desconfianza de la gente hacia el sector médico.

Dentro del programa Chihuahua crece contigo trabajan con la Unicef. Desde febrero se iniciaron capacitaciones con esta organización para estandarizar a todos los niños y niñas en tamizaje, peso y talla.

Originalmente pretendían abarcar más comunidades, pero debido a la pandemia de covid-19 se les redujo el presupuesto y hasta ahora no saben qué sucederá con el programa, que sólo continúa en las dos comunidades mencionadas. El año entrante habrá elecciones estatales y cambiará toda la estructura gubernamental en la entidad.

Casi toda la comunidad es monolingüe y la mayoría no sabe leer ni escribir. Todas las consultas tienen que ser con traductor. Uno de los conflictos más grandes que enfrenta el programa son los traslados, ya que el sistema de salud y hospitalario no está adecuado a las necesidades de las comunidades.

Esa situación complica dar seguimiento a los casos. Sólo se han logrado realizar los diagnósticos, pero no hay un plan de alimentación viable.

Sofía García dice que se está tratando de que el gobierno compre una papilla con Unicef que no requiere agua, ya que otro problema de las comunidades es el problema del acceso al líquido.

Sin embargo, el gobierno federal no ha aceptado adquirirla porque el problema de la desnutrición es difícil de entender. “No nos dejan trasladar a los niños si, aparte de desnutrición, no tienen algo infeccioso”, detalla la médica.

Desórdenes alimenticios

El jefe del área de nutrición de la Secretaría de Salud del gobierno estatal, Daniel Trejo Ruiz, reconoce este problema añejo y dice que se trabaja en un plan interinstitucional para aplicarse desde la organización y tradiciones indígenas en la Tarahumara.

El médico detalla que las situaciones de desnutrición se clasifican en leve, moderada y severa. De esta última se han detectado bastantes casos en las últimas décadas y se dividen en kwashiorkor y marasmo.

Trejo Ruiz explica que el marasmo afecta la talla principalmente y se genera desde el vientre de la madre. Durante las primeras horas de nacimiento la madre no lo alimenta, hay exceso de carbohidratos, el producto es grande o le faltaron nutrientes, como hierro u oxígeno, y no se desarrolló idóneamente.

El cuadro médico generalmente presenta, además, enfermedades gastrointestinales o bronconeumonía. Cuando se complica con otros males se hace tipo agudo.

En un futuro, ese niño o esa niña será un adulto con hipertensión, diabetes o alguna otra enfermedad crónica. En los últimos 15 años se han incrementado los casos, indica el médico.

El tipo de desnutrición llamada kwashiorkor se genera por falta de proteínas. Son niños o niñas inflados, que se hinchan por el desequilibrio de líquidos.

Ambos tipos de desnutrición se denominan así por la pobreza, por lo que se requiere atención integral y que las instituciones trabajen en conjunto: escuela, vivienda, salud, comunicación y ­desarrollo económico. El problema es multidimensional, agrega.

Para el nutriólogo, el programa abarcaría el rescate de la alimentación ancestral de las comunidades, que se perdió. “Hay déficit de proteínas. La cultura alimentaria comenzó a cambiar hace 15 o 16 años. La presión por conseguir dinero y la cultura les enseñan a comprar”, opina.

Zonas críticas

El estudio de la UNAM, presentado en abril pasado, advierte que 8.9 millones de personas (7.5% de la población en México) habitan en municipios con vulnerabilidad crítica y entre éstos se ubican los que integran la Sierra Tarahumara, junto con municipios de Oaxaca, Guerrero, Chiapas, la Huasteca veracruzana y la poblana, el sur de Durango y Yucatán.

De acuerdo con Samuel Ponce de León, coordinador del Programa Universitario en Investigación de Salud y titular de la coordinación universitaria para atender la emergencia de coronavirus, los municipios más vulnerables, las zonas rurales e indígenas, consideradas en el estudio, serían parte de la fase tres tardía de la epidemia en el país.

El estudio expone tres rubros de vulnerabilidad: salud, socioeconómico y demográfico, en tres niveles que son medio, alto, muy alto y crítico, explica Manuel Suárez Lastra, director del instituto de Geografía de la UNAM.

La Sierra Tarahumara es considerada una región de riesgo o nivel crítico en el rubro socioeconómico, en el que se toma en cuenta el bienestar de la población, su capacidad económica y los derechos a los que tiene o no acceso.

Para determinar el nivel crítico de la Tarahumara se analizó la población de adultos mayores de 60 años y el porcentaje de hablantes indígenas que son más vulnerables a la discriminación.