La lengua y su entraña…

Con viva delectación esta columna se honra de entrevistar al distinguido cantante mexicano Rogelio Marín (DF, 1972), quien ha logrado combinar con éxito su carrera internacional con el deber patrio de transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones.

Sobre su trayectoria profesional baste decir que ha cantado en importantes teatros de Europa y América, y que su elección de repertorio mantiene un justo balance entre lo consagrado y lo contemporáneo apenas compuesto. Igualmente, es de destacar que su personalidad de tenor es bastante atípica, es decir, vive para servirle a la música y al prójimo y reniega de los manejos atrabiliarios y sexistas con que sus colegas afamados se comportan; en otras palabras, es un personaje con su ego bien adiestrado y con una voluntad de servicio que merece loas y loores.

–Háblanos de tus orígenes y de esas primeras pulsiones vitales que te llevaron a tomar la decisión de ofrendarle tu vida a la música…

–Desde muy temprana edad tuve contacto con la música. Mi abuelo era cantante de bolero con una hermosa voz y mi papá tocó la trompeta en un mariachi, también tenía una bella voz de tenor. De allí que las ganas de cantar las tenga desde niño. Las canciones que aprendí desde chico eran los boleros de mi abuelo y las canciones rancheras que interpretaba mi papá; recuerdo que una de ellas era la canción “Traicionera” que popularizó Genaro Salinas en la radio y que mi abuelo interpretaba en las tardes musicales que había en la casa. Yo la interpretaba sin pudor desde los seis años, razón por la cual mi mamá fue llamada a la escuela para que le explicara a la maestra por qué yo cantaba ese tipo piezas y no canciones infantiles. En la juventud cantaba sobre todo música popular, hasta que a los 19 años me decidí a estudiar formalmente. Francisco Grijalva fue mi primer profesor, él me enseñó a amar la música y a estudiar arduamente. Martha Arthenack y Ericka Kubascek fueron mis maestras, y los sabios consejos de la gran soprano Irma Gonzáles han sido proféticos hasta el día de hoy.

–Te has ganado a pulso una reputación de ser un cantante que no transige ni hace concesiones, ¿qué tanto eso te ha complicado la existencia?

–He decidido llevar mi carrera en la forma que mi madurez y experiencia me dictan; en ese sentido, aprendí a decir que no a muchos proyectos, aunque parecían lógicos para mi futuro profesional. Eso me ha dado algunos reveses con teatros y con representantes que querían que hiciera algo que yo consideraba inapropiado. Eso es decisión personal, y aunque no ha sido fácil, siempre están las dos caras de la moneda. Viendo el otro lado, cantar lo que considero adecuado me ha abierto las puertas a un gran aprendizaje, ya que me ha permitido cambiar estilos y cantar repertorio muy variado. Desde la música antigua y el barroco, hasta compositores románticos, música contemporánea y géneros como el musical y música popular.

–Te has presentado en escenarios de gran renombre, como la Arena de Verona y el Teatro Real de Madrid, y has cobrado miles de euros por encarnar a personajes operísticos y, sin embargo, no tienes problema en presentarte en escenarios modestos cobrando simbólicamente. ¿Cómo concilias esa escisión de tu imagen pública?

–Siempre depende de los proyectos. Si el proyecto me llama la atención, entonces eso es lo más importante; hay producciones que no te pueden pagar como en Europa, pero si el proyecto es interesante y vale la pena participar, entonces tomo la decisión de hacerlo. Eso me ha dado oportunidades valiosísimas en repertorio poco conocido, pero que yo considero igualmente valioso que el repertorio tradicional de ópera y concierto.

–En 2010, con motivo de los festejos del Bicentenario de la Independencia, fuiste elegido para protagonizar la extraña ópera Montezuma de Karl Heinrich Graun sobre un libreto de Federico El Grande de Prusia, en innumerables teatros europeos y mexicanos, ¿cuál fue tu sensación de darle voz a una trama que manipuló sin recato la historia del noveno tlahtoani de México-Tenochtítlán?

Precisamente ese es un punto donde tuve una gran reflexión desde que lo interpreté. La música es muy hermosa y la estructura técnico-vocal del compositor es maravillosa, el punto débil es un libreto que exalta las cualidades de un rey o emperador según la ideología europea. No había nada que remitiera a una visión arqueo-antropológica de México-Tenochtitlán y su cosmogonía. Afortunadamente, he hecho obras en las que los personajes históricos sí se apegan a la realidad de los hechos. Así, he interpretado a Felipe Carrillo Puerto, Porfirio Díaz, Cacama, el tlahtoani de Texcoco, y ese nexo real con la historia hace que la interpretación sea menos exótica, por ende, más intensa y profunda.

–¿Cuáles han sido las piedras angulares de tu construcción como artista? ¿Has tenido modelos o simplemente has dejado que tu talento vocal madure por sí solo?

–Los maestros ya mencionados. Francisco Grijalva me enseño música, no sólo canto, sino también solfeo, piano, canto coral y dirección. A Martha Artenack la recuerdo con gran cariño y agradecimiento junto a Ericka Kubascek, con quien aprendí el canto alemán. Schubert y Mozart en particular. He tenido conversaciones y entrevistas con muchos cantantes; gracias a eso ahora dedico parte de mi tiempo a la enseñanza. Bonaldo Giaiotti, Carlo Cossutta, Kurt Moll y Aldo Ceccatto me han dado consejos valiosísimos sobre la técnica y el estilo, sobre la madurez y las decisiones que hay que tomar, pero especialmente sobre la actitud reverencial hacia el quehacer artístico. Me han dicho que la voz aborda el repertorio según la madurez, el estudio y la convicción de hacerle justicia.

–En la larga lista de obras de tu repertorio aparecen las gemas que todo el mundo aplaude, pero no descuidas las nuevas creaciones, ¿hay alguna de estas últimas que consideres que tenga los méritos para afirmarse?

–A Streetcar named desire, de Andre Previn, una música bellísima y un melodrama intenso. Alma, del compositor José Miguel Delgado, donde el tenor interpreta a Felipe Carrillo Puerto, fue una experiencia espléndida; pero la más importante, sin lugar a duda, ha sido encarnar al tlahtoani de Texcoco Cacamatzin, que fue uno de los responsables de la caída del imperio mexica. Él le aconsejó a su tío Motecuhzoma que recibiera amigablemente a los invasores. Le correspondería tener una estatua en el Palacio Real de Madrid, junto a las de Atahualpa y su dubitativo tío que sí están a la vista de todos.

–Hemos visto espectáculos multidisciplinarios tuyos donde cantas, tocas varios instrumentos, compones la música y eres parte de la labor organizativa… ¿Es cierto que ahora te propones cantar los lieder de Schubert en náhuatl?

–Esa es una etapa que ha sido muy fructífera. Componer e interpretar la música es una faceta nueva que me emociona. De allí surge este nuevo reto de cantar obras clásicas traducidas al náhuatl, cuyo objetivo es difundir la riqueza de esta lengua que llevamos en las entrañas. He hecho ya ópera en náhuatl, y gracias a ello descubrí una parte fundamental de mí. Se activaron mi alma, mi esencia primordial y mi espíritu. Mi intención ahora es juntar esas dos experiencias: una es el ciclo Die Schöne Müllerin de Schubert, en la traducción de Patrick Johansson, que fue lo primero que aprendí, y otra es la experiencia de sentir esa música en la lengua del Anáhuac. Ofrendarles esa música excelsa a los mexicanos, en su verdadera lengua, es un reto apasionante.

–Para finalizar, dinos cómo has sobrevivido este año de reclusión por la catástrofe viral que nos asola…

–Todo ha cambiado, las clases, los conciertos online, el estudio en casa. Mas he querido verlo como un gran acontecimiento. Dedicarse a apuntalar la técnica dentro de un nuevo repertorio es una oportunidad que no se tiene a menudo. Recordando a Giaiotti que comentaba: a cierta edad tienes que parar uno o dos años para reestudiar y reflexionar. Con el tren de vida que tenía era imposible, pero con la reclusión me he dedicado a repensar mi técnica y a valorar más la existencia. Como repito siempre: los viejos maestros nunca se equivocan. Ahora arremeto las partituras con una perspectiva más vital y me siento agradecido por el regalo de vida cotidiano. Sólo así puedo afrontar el día a día…