Aunque nació en Barcelona, Vicente Rojo fue desde los 17 años mexicano. Por decisión y por cariño a esa luz tangible y simbólica que vio al llegar a México en 1949.
De su actitud creativa, Octavio Paz dijo que era “riguroso como un geómetra y sensible como un poeta”. Y tenía razón, Vicente Rojo inició su trayectoria con lenguajes abstracto-geométricos que, sin abandonar un orden visible, se transmutaron en signos que habitaban escenarios en donde la realidad y el ensueño se fusionaban alterando la lógica de la representación.
Reflexivo, amable y un tanto hierático con aquellos que preguntábamos sobre su obra sin pertenecer a su círculo más cercano, Vicente Rojo, aun cuando evadía dar explicaciones sobre sus propuestas, develó pistas para comprenderlas en un texto publicado en 2002. Con base en una comparación con la literatura, el artista dividió la comprensión de su obra en tres niveles de miradas que corresponden a la vida pública, privada y secreta de lo representado.
El primer nivel se relaciona con el reconocimiento de las figuras geométricas; el segundo identifica la “conversación” entre los elementos de la composición; y el tercero se introduce en los sueños del artista.
Rojo, quien siempre estuvo emparentado con el informalismo catalán, convirtió la geometría y la textura cromática en signos autónomos que interpretaban, como acertijos, ese pensamiento secreto del artista, y las concibió no como figuras, sino como sujetos protagónicos.
A través de las series que trabajaba a lo largo de 5 o 10 años –Señales, Negaciones, Recuerdos, México bajo la lluvia, Escenarios, Escrituras–, exploraba y hurgaba en la vida como un escenario repleto de contradicciones ya que, cómo el mismo afirmaba, “sin la contradicción no hay arte ni vida”.
Interesado en crear un arte que perturbara e hiciera de la vida algo más misterioso, el también diseñador gráfico y editor cultural transitó de la abstracción geométrica al signo, y del signo a la objetualidad conceptual de narrativa pictórica.
En la la etapa más reciente de su trayectoria, durante el siglo XXI, Rojo incorporó el recuerdo y el juego en su lenguaje visual. Espléndido como bidimensión pictórica y tridimensión objetual, su proyecto Correspondencias exhibió un poco de la vida secreta del artista. Integrada por dos series que correspondían a Cartas pictóricas y Mensajes escultóricos, la propuesta de 24 piezas expuestas en 2009 en el Centro Cultural Estación Indianilla, en la Ciudad de México, exhibía no sólo las tarjetas postales resguardadas durante años por el artista –integradas en collages pictóricos de gran formato–, sino también sus admiraciones y cercanías con pensadores, músicos, artistas visuales y literatos.
Y si bien las pinturas de gran formato se imponían por la sobriedad de sus texturas y composiciones cromáticas, los objetos escultóricos se convertían en un descubrimiento lúdico dedicado a creadores tan diferentes como Eric Satie, Dámaso Pérez Prado, Brancusi, Bacon y José Guadalupe Posada, entre otros.
Creador asimismo de distintos proyectos monumentales de escultura pública, en octubre del año pasado inauguró un espléndido mural urbano en el recientemente creado Museo Kaluz. Emplazado sobre Paseo de la Reforma, en la esquina con la Avenida Hidalgo de la CDMX, su Jardín Urbano sintetiza, a través de sus enormes mosaicos en piedra y árboles deconstruidos en formas geométricas, una vida creativa que se basó en la exploración y cambio de un imaginario personal que nunca abandonó esa esencia matemática, poética, sígnica, textural y escenográfica que caracteriza a Vicente Rojo.








