En aras de conversar personalmente con el esclarecido historiador, periodista, editor, maestro, escritor, fotógrafo, promotor de la cultura y académico Javier Villarreal Lozano, este redactor visitó, en septiembre de 2020, el Centro Cultural Vito Alessio Robles, que estaba entonces bajo su dirección. El encuentro, presagio de una amistad que habría de enraizarse en el aprecio hacia su persona y su obra, discurrió de una manera tan gozosa como fructífera, y de su imborrable recuerdo emanan estas líneas que, además, conllevan un rescate sonoro que no puede negar su tónica de homenaje.
Instalados en su amplia oficina –el Centro Cultural se halla en una magnífica casona coahuilense del siglo XVIII y este año cumple 22 años de vida– lo primero que se hizo manifiesto fue la afabilidad del hombre de cultura. Con una sonrisa franca y modales caballerescos, don Javier comenzó a tejer historias que hablaban del hondo amor por su tierra y de su cruzada para sacar del olvido a la enorme pléyade de coahuilenses distinguidos que habían dejado huella en la historia patria. En cuanto a su generosidad, baste decir que sacó de su escritorio varios de sus libros, a manera de obsequio. Entre ellos, Los ojos ajenos; viajeros en Saltillo, Carranza, legado y trascendencia, Coahuilenses olvidados y una hermosa historia ilustrada de Saltillo para niños.
Cuando apareció en la plática el tema de los músicos de su Estado y, en particular, el caso de la extraordinaria pianista Ana María Charles, una virtuosa –sin lugar a duda la primera gran pianista mexicana–, hija del gobernador coahuilense Hipólito Charles, cuya biografía no se había aún escrito, los ojos de don Javier se impregnaron de asombro.
–¿Por qué no escribimos juntos un libro sobre ella? Usted se encarga de la parte artística y yo de la parte histórica. Piénselo… –fue su lacónica pero certera propuesta.
E inmediata surgió la respuesta: “Por supuesto, don Javier, hemos de hacerlo como acto de justicia, pues estamos ante una relevante figura hundida en la desmemoria”.
Con esa perspectiva por delante, el entusiasmo avivó las últimas palabras que el historiador dejó volar en el aire. Vendrían las búsquedas en archivos y hemerotecas y lo concerniente a la investigación musical, con partituras de la célebre dama, iría concertándose a través de sus bisnietos en la CDMX. Pero antes de terminar la visita al Centro Cultural se imponía un recorrido por sus salas de exhibición, un paseo frente a sus murales y una estancia en su biblioteca. Todo gracias a la docta mediación de don Javier.
Al admirar los murales pintados por Elena Huerta –otra destacada artista saltillense– la historia de Coahuila cobró vida y los personajes que la han cincelado adquirieron un rostro y corazón tangibles. Ingresar a la biblioteca fue otro cantar, porque el tamaño de sus fondos sobrepasaba cualquier intento por siquiera conocer sus títulos. 25 mil volúmenes donde se hallan los 13 mil pertenecientes al gran revolucionario de origen italiano Alessio Robles, más un fondo con 40 mil documentos que se han ido sumando después de que sus premurosos descendientes decidieron donar las joyas bibliográficas de su herencia. Toda una cosmología de letras donde palpitaron los intereses y los amores de su poseedor.
Pero, ¡cuál sería la sorpresa cuando al recorrer una de las salas con objetos que habían pertenecido a don Vito apareció un piano de pared, sobre el cual lucía un cuadro que enmarcaba una enigmática partitura! Un fox-trot intitulado Viva Alessio Robles!!, de la autoría de otro músico mexicano cuya obra tampoco ha recibido reconocimiento y que, como la Charles, sigue siendo víctima de la corrosión del tiempo que no se registra.
Un interés genuino por saber más de esta enigmática partitura motivaría el futuro epistolario con don Javier aunque, más bien, se trataría de usar el correo electrónico, ese prodigio de origen militar que traspasa conciencias, aletarga caligrafías y que, a la larga, borra los afectos de la comunicación humana, diluyéndola para siempre en el éter.
¿Quién era el compositor?, ¿cuándo había concebido la obra? y, más allá de lo obvio, ¿por qué se había suscitado el panegírico acústico hacia el ingeniero militar saltillense?
Con regulada y regular puntualidad, la bandeja de entrada del correo fue consignando los esclarecimientos de don Javier. Aquí se sintetiza lo esencial, mas es digna de nota la acuciosidad empleada por el historiador de carrera al hablar de sus coterráneos.
Manuel Neira Barragán vio la luz en San Buenaventura, Coahuila, en 1894. A los 13 años su padre lo llevó a Sabinas, donde lo puso a trabajar como ayudante de mecánico, carbonero, almacenista de dinamita, aprendiz de carpintero, peón y minero; sin embargo, en sus ratos libres tocaba “de oído” la mandolina. En esa época le regalaron un método de solfeo en el que encontró las claves para acabar de auto educarse en la música. Surgió de ahí su primera composición, un vals que le dedicó a su maestra de la secundaria de Sabinas. Se radicó después en Saltillo con la idea de inscribirse en el Ateneo Fuente, mas la Revolución lo forzó a abandonar los estudios. Militó brevemente en las tropas constitucionalistas y luego dirigió los Talleres Gráficos del Gobierno y el Periódico Oficial de Coahuila. En 1925 se mudó a Monterrey, donde llevó al cabo una intensa labor intelectual. Además de cultivar sus dotes musicales aprendiendo a tocar la guitarra, el piano y el violín, ejerció también la poesía, aunque su modo de subsistencia emanó, básicamente, del periodismo. Colaboró con diversas revistas regiomontanas y publicó un buen número de libros, entre estos Estampas de mi tierra, Ocho compositores de Nuevo León, El Santo Cristo de la Capilla de Saltillo, Melodías y canciones de la Revolución, Medicina popular y brujería en Nuevo León y Coahuila durante los siglos XVIII y XIX, Poemario Invernal y La lira canta a Juárez. Sus artículos aparecieron en periódicos de Monclova, Torreón y Saltillo. Asimismo, fue un padre amoroso que dejó tras de sí una numerosa prole. Su muerte avino en 1986, a sus 92 años y lo encontró trabajando con el vigor de un enamorado perenne de su quehacer.
Con respecto al fox-trot, don Javier informó que Neira Barragán lo había compuesto en 1922 al tiempo de la fallida candidatura de Alessio Robles como senador por Coahuila. Había sido una suerte de augurio para que los destinos del Estado cayeran en las diestras manos del ingeniero, diplomático, político, escritor, militar, historiador y periodista que habría podido encauzar a su tierra natal a la bonanza que se le había arrebatado por siglos, debido a la inacabable rapiña de sus gobernantes.
Y para que se entendiera a cabalidad la prominencia del personaje, habría más comunicados electrónicos con datos concretos. En uno de los de mayor interés venía la confirmación de que el fox-trot seguía en silencio y que ningún esfuerzo del Centro Cultural había logrado resucitar sus propiedades melódicas…
A diferencia de Neira Barragán, Vito Alessio Robles sí logró concluir sus estudios en el Ateneo Fuente, después de los cuales emigró a la capital para proseguirlos en el Colegio Militar. Durante la Revolución, dada su calidad de soldado institucional, se vio obligado a combatir a Madero, mas cuando éste ascendió a la Presidencia, le solicitó una entrevista de la que resultó su nombramiento como jefe de su Estado Mayor. Asesinado Madero y con Huerta usurpando la silla presidencial, exigió su baja del ejército, cosa que le deparó persecuciones y cárcel. Conseguido su propósito se unió a la lucha al lado de Villa y Felipe Ángeles. Durante la gesta revolucionaria gobernó el Distrito Federal. Vinieron después una serie de nombramientos que combinó con su creciente interés por la historia y la cultura nacionales. Fungió como agregado militar en las legaciones de México en Roma y en Estocolmo, y a su vuelta al país presidió el Partido Nacional Antirreeleccionista que fue contrario a Obregón. Asesinado éste y con Pascual Ortiz Rubio como candidato del incipiente PRI, decidió apoyar la candidatura de José Vasconcelos como presidente y la suya como gobernador de Coahuila. Lamentablemente las campañas fracasaron y a él le tocó el destierro. Se refugió en Texas, iniciándose de lleno en la investigación histórica de la que nacería una sólida producción bibliográfica, con alrededor de 36 obras publicadas. Murió en 1957, poco antes de cumplir 78 años.
Desempolvadas las trayectorias vitales de Neira y Alessio vendría, pues, la de Ana María Charles, pero tristemente los correos electrónicos dejaron de existir. A modo de elegía por el sorpresivo silencio de don Javier se eleva por el éter este fox-trot que ya no llegó a escuchar en la dimensión terrena. Quizá lo baile, en una jubilosa reunión atemporal al lado de don Vito, cuya gubernatura de Coahuila puede materializarse en esa realidad paralela que ya no limita a la imaginación… Y aquí está el artificio periodístico para probarlo.
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Púlsese el Código QR. Al piano el maestro James Pullés.








