Impulsado por la sudafricana Liza Essers, propietaria y directora de Goodman Gallery –con sedes en Johannesburgo, Ciudad del Cabo y Londres–, el proyecto South South es una interesante iniciativa que pretende reconfigurar el poder geoartístico de los países ubicados en el sur de la globalidad.
Diseñado como una comunidad digital que, con base en el interés de promover la colaboración e intercambio entre artistas, galerías, curadores y coleccionistas que se ubican en el sur continental, South South inició sus actividades comerciales el pasado miércoles 24 de febrero a través de la plataforma https://south-south.art/.
Integrada por galeristas y coleccionistas de África oriental, India, Japón, Latinoamérica, México y Sudáfrica, South South se diversifica en conversatorios organizados bajo el modelo de un think-tank (espacios de pensamiento e investigación), un archivo con información de eventos periódicos, como bienales, y una muestra comercial emplazada en línea que se inició el pasado 24 de febrero y terminará el 7 de marzo.
Con José Kuri, de la Galería Kurimanzutto, entre los organizadores, y las galerías OMR, Proyectos Monclova y Agustina Ferreyra entre las participantes
–todas ubicadas en la Ciudad de México y presentes en alguna edición de la relevante feria Art Basel–, South South confirma la limitada presencia en eventos globales que existe en el ecosistema galerístico mexicano.
Más interesante y atractiva por la publicación de los precios que por la propuesta de las obras, South South confirma la importancia mercadológica de construir formatos –que no obras de arte– icónicos: una vez más, la Kurimanzutto participa con uno de los repetitivos autorretratos postconceptuales, expandidos y monocromáticos de Abraham Cruzvillegas. Ofrecido bajo el título de Autorretrato ciego guiñando al espejo victoriano del bar donde cenamos haggis al horno (tal vez Lamb & Flag…, 2019), el emplazamiento a pared de 181 papeles en distintos formatos y dimensiones pintados monocromáticamente de amarillo y provenientes de periódicos, fotografías, postales, sobres y tickets, como señala la ficha técnica, aun cuando remite a un evento que parece referirse a una comida en la que se degustó gastronomía escocesa –el haggis es un platillo tradicional a base de vísceras–, no justifica el precio de 60 mil dólares.
Mucho más bajos en su cotización, los modestos paisajes pictóricos de base postconceptual, en los que Minerva Cuevas hace referencia a la contaminación de los mares al intervenirlos de manera expandida con chapopote, son ofrecidos en la Kurimanzutto por 25 mil dólares.
Un precio que evidencia en el ecosistema del arte contemporáneo mexicano –si lo comparamos con la espléndida fotografía que realizó Héctor García del pintor David Alfaro Siqueiros en la cárcel y que la OMR vende por sólo 2 mil dólares– que el valor artístico es inversamente proporcional al precio de mercado.
Mucho más interesante por su contenido temático, la obra textil del nigeriano-británico Yinka Shonibare (Londres, 1962) confirma que la calidad artística no depende de la técnica. Centrada en la problemática de una identidad que transita entre el pasado y el presente, Shonibare convierte a caballeros medievales en jugadores de jockey que se fusionan en un textil realizado en técnica de quilt. Ofrecido en 62 mil libras esterlinas (aproximadamente 1 millón 793 mil pesos mexicanos), el precio confronta la mínima valoración que tienen las firmas mexicanas emblemáticas: en la reciente subasta que realizó la Galería Proceso el pasado 20 de febrero, el precio más alto que alcanzó un esténcil del tan admirado Francisco Toledo fue de aproximadamente mil 600 libras.








