Hablar de Violeta Dávalos (1969-2021) es referirse a una de las más dotadas cantantes de la reciente ópera mexicana. Tuve el privilegio de conocerla desde su adolescencia y ser testigo de sus cada vez más asombrosos logros.
Cuando tenía escasos 19 años acudió a audicionar el personaje de la sacerdotisa de la ópera Aída de Verdi, para una producción extranjera a presentarse en el Palacio de los Deportes; el asombro de todos fue mayúsculo cuando la tomaron, pero para la protagonista –parte que interpretó en varias ocasiones, con absoluta brillantez– su Aída era joven, de exótica belleza y canto impecable y generoso, un personaje que generalmente se aborda a los 40 años o más. Fue osado cantarlo a esa edad, pero ahí nació la leyenda, en la más fastuosa y espectacular Aída que se ha hecho en nuestro país.
Escribo esta nota con gran entusiasmo, pero con profundo dolor. No puede ser que una grande artista muera a los 52 años, en plenitud de vida.
Violeta Dávalos desarrolló una discreta carrera internacional, pero en México se presentó en prácticamente todas las principales producciones operísticas, lo cual nos permitió verla en una docena o más de obras. Destacan entre ellas Tosca, Madama Butterfly, La Bohéme, Traviata, Stiffelio, La Vida Breve, Don Giovanni, Fidelio, La Verbena de la Paloma, Don Gil de Alcalá, La Leyenda del Beso, La Viuda Alegre, Ildegonda, Tata Vasco, Ambrosio, Alicia y muchas más. De estas cuatro últimas hay grabaciones de estudio, y hay muchas en vivo de ella.
Este es el testimonio que recogimos del director de la Ópera de Bellas Artes, maestro Alonso Escalante:
“Violeta Dávalos era una artista completa. Estaba dotada de talentos extraordinarios, como una potente voz coloreada con un hermoso timbre; su presencia escénica, que iba más allá de lo físico, tenía un magnetismo que atraía la atención, apenas pisaba el escenario; su temperamento le ayudó a forjarse un camino en el difícil campo de la ópera, siendo muy joven, y a dotar de un carácter especial a sus interpretaciones. Pero, adicionalmente, a Violeta Dávalos le importaba todo en el desarrollo de su trabajo: desde el vestuario, accesorios, maquillaje y peinados, conceptos en los cuales le gustaba involucrarse; hasta el contexto histórico o literario que envolvía a su personaje. Trabajaba acuciosamente con directores, colegas y producción, con un enorme compromiso en el resultado artístico, llenando de matices e intenciones sus interpretaciones”.
Y cuenta que en una ocasión, con motivo de la preparación de la ópera Tata Vasco, de Bernal Jiménez, “me llamó cerca de las siete de la mañana para decirme que había ido a una consulta médica urgente y que su doctor le pedía no abandonar el hospital, pues debía internarse para cirugía de una hernia, cuyo dolor había estado tolerando días antes, pero se había vuelto insoportable. Le dije que se despreocupara de la producción –estábamos a semana y media de su estreno– y que se atendiera debidamente”.
Por la tarde, pasada la operación, cuando Escalante y algunos colegas e integrantes de la producción la visitaron, “Violeta ya estaba planeando su salida del hospital, a pesar de que le dije que retrasaríamos el estreno y que tuviera una convalecencia tranquila”. Se negó a quedarse en casa y regresó a los ensayos dos días después. Remata el maestro:
“Desde una silla estuvo siguiendo las indicaciones escénicas y asumiendo una responsabilidad personal, dado que, decía, ‘era la única cantante sobre la faz de la tierra que conocía ese papel’ –un poco en broma y un poco en serio, puesto que tenía la razón–. Diez días después de esa operación, estaba cantando la premiére. Así era Violeta Dávalos”








