Ambos escritores forman parte ya, como miembros correspondientes en sus países, Nicaragua y Cuba, de la Academia Mexicana de la Lengua. Desde la capital centroamericana declaró el primero que en México “me siento en mi charco”. Mientras el segundo, desde la capital caribeña, agradeció, como alegría adicional, que la invitación viniera “de un país al que le debo tanto”. Charles Atlas también muere, de Ramírez, y Pasado perfecto, de Padura, se publicaron aquí, y los dos autores han recibido reconocimientos mexicanos.
¿Qué significa para un autor extranjero ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua?
A raíz de esta pregunta los reconocidos escritores Sergio Ramírez (Premio Cervantes 2017) y Leonardo Padura (Premio Princesa de Asturias 2015), nicaragüense y cubano, respectivamente, y dos de los integrantes de la Academia (AML) más recientes, revelaron su relación con un México que ha cambiado mucho con los años, pero que a nivel personal consideran entrañable profesional y personalmente.
Entrevistados a raíz del anuncio de la Academia Mexicana que los integró como nuevos “miembros correspondientes en sus países” en enero pasado, los latinoamericanos fueron contactados a la distancia; el primero vía telefónica hasta Managua, y el segundo vía correo electrónico a La Habana, ciudades en donde han pasado el confinamiento entero por la pandemia.
En el caso de Ramírez (Masatepe, 1942), la lectura y relectura de su biblioteca personal ha sido básica para sobrellevar el encierro. Entre la pródiga producción de libros se encontrarán ahí, sin duda, los famosos de relatos Charles Atlas también muere (1976) y A la mesa con Rubén Darío (2016).
Mientras que Padura (La Habana, 1955) le ha dedicado tiempo a su huerto casero y a hacer ejercicio (“mi huerto y yo estamos en la mejor forma, ¡dejen que me vean!”), además de “hablar mierda, como diría Conde, que es un ejercicio increíblemente saludable, liberador”, agrega en referencia a su personaje ficticio Mario Conde, y protagonista de las novelas Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998).
Los autores, que fueron propuestos por los académicos numerarios nacionales Jaime Labastida, Vicente Quirarte y Jorge Ruiz Dueñas, se eligieron por “ser fundamentales para las letras latinoamericanas con obras como El hombre que amaba a los perros (Padura) y Margarita, está linda la mar (Ramírez)”, según se leyó en un escueto comunicado de la AML.
Ramírez, quien entre sus reconocimientos más recientes tiene el Premio José Donoso (Chile, 2011), la Orden de las Artes y de las Letras (Francia, 2013) y el Premio Internacional “Carlos Fuentes” a la Creación Literaria en Idioma Español (2014) de México, recordó su vínculo afectivo y cultural con México desde hace años:
“La primera vez que estuve ahí fue en 1965 para recoger una mención de un concurso de cuento. He estado tantas veces y tengo tantos amigos que me siento parte del entorno de la cultura mexicana. Siempre me gustaba decirle a Carlos Fuentes que me sentía como un ruso de las estepas que llegaba a San Petersburgo en las novelas de Nikolái Gógol.
“Viajar las primeras veces desde Centroamérica a México significó la oportunidad de ir a librerías y centros culturales que no tenía en mi propio país; el ambiente al que pertenecían nicaragüenses como Salomón de la Selva y Ernesto Mejía Sánchez, y otros centroamericanos, como Augusto Monterroso, Luis Cardoza y Aragón, el dramaturgo Carlos Solórzano, Eunice Odio, Yolanda Oreamuno. En Nicaragua solemos decir: ‘en México me siento en mi charco’”.
Mientras que el isleño, Premio Nacional de Literatura (Cuba, 2012), Orden de las Artes y las Letras (Francia, 2013) y Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza (España, 2014), relató:
“Cualquier reconocimiento al trabajo de los años es bienvenido, da satisfacción, orgullo, incluso alimenta el ego, porque ego tenemos. En este caso, viniendo el reconocimiento de colegas de México, un país al que le debo tanto, pues significa una alegría adicional que no puedo agradecer bastante. Así que aprovecho esta posibilidad y vuelvo a expresar mi gratitud.”
Aunque los nombramientos como “miembros correspondientes en las ciudades de sus países respectivos” son más cercanos a un título honorario, hay actividades en las que los autores tendrían que participar:
Ramírez explicó:
“Sí, es un cargo honorario pero conlleva ciertas participaciones. En otras academias de las que soy correspondiente, como la de Puerto Rico y Panamá, sí es meramente honorífico, pero puedo recibir actas, tengo derecho a opinar, enviar comentarios sobre temas y asistir a sesiones virtuales. Esto último no lo he hecho porque no he recibido invitación del director aún, pero me ilusiona mucho.”
Padura dijo:
“Algo tendré que hacer, por supuesto, para contribuir al trabajo de la Academia. Así que espero órdenes. Aunque, como saben, no soy lingüista ni practico alguna otra ciencia de la lengua, soy escritor, y creo que escribiendo hago lo que debo. Y nunca es fácil.”
El español de México
La relación del escritor cubano con México es “cultural, histórica, personal… Miren, mi novela sobre José María Heredia (La novela de mi vida) tiene un sector mexicano de su argumento y, por supuesto, también El hombre que amaba a los perros, con el exilio y asesinato de Trotsky.
“La primera edición de la novela con la que abrí mi ciclo del personaje de Mario –, Pasado perfecto, salió publicada en México por la Universidad de Guadalajara. A la feria del libro a la que más veces he ido es la FIL, que me concedió hace unos meses la Medalla Carlos Fuentes y me coló en una lista de autores con ese galardón que es impresionante.
“Soy, recuerden, el segundo cubano (y el único escritor) que recibe el Doctorado Honoris Causa de la UNAM… En México tengo amigos muy queridos; en México como de todo, hasta hormigas; confundo los boleros mexicanos con los cubanos… ¿suficiente?”
Sobre los autores mexicanos que consideran imprescindibles en estos días, tanto el centroamericano como el caribeño coincidieron en torno a Carlos Fuentes, Fernando del Paso, Juan Rulfo y Elena Poniatowska, siendo Padura para quien entre sus lecturas están además Gonzalo Celorio (actual presidente de la AML), Paco Ignacio Taibo II, Juan Villoro y Jorge Volpi; mientras que Ramírez mencionó al poeta, narrador y creador de la insuperable columna “Inventario” en Proceso, José Emilio Pacheco.
¿Hay algo del español que se habla en México que le parezca peculiar o divertido?
Ramírez:
“¡Mucho! El español de México lo aprendí de niño a través del cine y las canciones, así que cuando llegué la primera vez no me pareció tan extraño, es un lenguaje con el cual me siento muy familiarizado, el coloquial, el que usan todos los días.”
Padura resaltó el “cantinfleo”:
“Me encantan los discursos de Cantinflas y me gusta más cuando veo a los políticos cantinflear. No sé si el sustantivo y el verbo existen, pero si no, habría que legitimarlos.”
De hecho, además de en México, el coloquialismo aceptado desde 1992 por la Real Academia de la Lengua lo describe como verbo empleado en la misma Cuba, Chile y Perú.
El español de internet
Sobre la simplificación del lenguaje en internet, el que se usa en redes sociales, chats, WhatsApp, Sergio Ramírez expresó que a su juicio son formas del lenguaje que se adaptan a la tecnología del momento, y como ejemplo empleó el uso de los telegramas, en donde el lenguaje era abreviado, “una especie de tuit pagado, con un número de palabras determinado” porque se cobraba por palabra y así la gente se ahorraba dinero, o bien el radio-telégrafo o el radio submarino:
“El lenguaje de los poetas modernistas, que también eran grandes periodistas, tiene ese carácter eléctrico de la comunicación instantánea, puntuada, de puntos y seguidos, nerviosa, que también está en Hemingway con frases cortas. No me extraña que la tecnología cambie, y por tanto el lenguaje.
“Se tiende a juzgar a las redes sociales por lo negativo, como el reino de la mentira, de la justificación, y sirven para transmitir mucha cultura, conocimiento. Son como las armas, los vehículos, depende para qué se usen. Tampoco se puede despreciar que son instrumento de democratización, pues ya cualquier tiene un celular, porque han llegado a ser muy baratos. En Nicaragua somos 6 millones de personas y hay 8 millones de celulares.”
Sin embargo, para Padura la ortografía “siempre salva del desastre de la incomunicación”:
“No soy usuario de las redes sociales. Sé que se practican esas simplificaciones y en el fondo no me parece mal. Lo más importante es la comunicación y el resto son convenciones, necesarias porque no es lo mismo decir ‘ay’ que ‘hay’ o ‘ahí’. Lo complicado de esas reducciones es cuando pasan a ser formas de pensamiento, porque el lenguaje expresa el pensamiento, y entonces el pensamiento también se reduce…
“Las redes sociales son necesarias pero no tienen mucho que ver conmigo, la verdad. No tengo nada en contra de ellas, reconozco su utilidad, su capacidad informativa, incluso movilizativa, pero me aterra la adicción que pueden crear.”
Ramírez, sobre la labor de escritura en tiempos de pandemia, declaró que ocupó el 2020 para terminar la que será su próxima novela, “Tongolele no sabía bailar”, que publicará Alfaguara en octubre próximo en México. Es la tercera de un ciclo sobre el personaje del inspector Dolores Morales, en seguimiento a El cielo llora por mí (2008) y Ya nadie llora por mí (2017), donde se abordan problemáticas relativas al actual régimen del presidente de su país, Daniel Ortega, quien ha sido cuestionado severamente.
“No sé si cierre este ciclo con Tongolele como una trilogía, pero por lo pronto así quedará”, comentó para culminar con una reflexión sobre la importancia de la escritura, y en especial de los libros en medio de la pandemia:
“Cada vez tenemos más nostalgia del mudo físico, más nostalgia de lo que podemos tocar, y esa nostalgia ha crecido en la pandemia, porque es contra-natura verse en pantallas de cuarzo, viviendo en la soledad y sólo mirándose de lejos. Por lo menos recibir un libro por correo y poderlo tocar es un consuelo en esta situación de crisis.”
Mientras que, en el caso de Padura, el cubano culminó su revisión final de la novela Como polvo en el viento (Tusquets Editores, 2020), que publicó en agosto pasado y sobre la cual apuntó:
“Fue un trabajo muy delicado, de pesar cada palabra para tratar de que expresara justo lo que quería. Eso es la literatura.
“Luego trabajé mucho en la promoción, siempre por vía digital y, curiosamente, estuve en más lugares de los que pude haber visitado: España, México, Argentina, Perú, Puerto Rico, Dominicana, Colombia, Panamá, en fin, medio mundo. Y luego de trabajos menores, pues arranqué con la escritura de una nueva novela y voy por más de 150 páginas en una primera versión. En ella vuelve mi personaje Conde, ya en 2016.”
Además de esperar recibir pronto una vacuna contra el covid-19, el autor contó que tenía planificada una estancia en México en esta primavera, la misma que pospuso para otoño, “pero allá nos veremos. Tengo ganas de comer hormigas… y otras cosas, claro”.








