Los reyes vencidos, de Rueda Smithers

En un ensayo inédito, preparado como conferencia para un ciclo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el director del Museo Nacional de Historia hace un recorrido iconográfico y valorativo del tratamiento dado históricamente a Moctezuma, Cuauhtémoc, Cuitláhuac y Hernán Cortés, desde el periodo barroco hasta el siglo XX. Maestro en historia del arte por la Universidad Iberoamericana, entregó a Proceso su texto, de una treintena de cuartillas, del cual se glosan algunos fragmentos a continuación.

El director del Museo Nacional de Historia, ubicado en el Castillo de Chapultepec, Salvador Rueda Smithers, ha seguido a algunos protagonistas de la conquista de México, indígenas y españoles, hasta el final de sus vidas –las más de las veces trágicas y violentas–, con la idea de escribir en el futuro un libro que tentativamente llamará La punta del hilo.

Como parte de sus avances preparó la ponencia “Miradas a los reyes vencidos” para el ciclo “Camino de Guerra”, organizado por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, conmemorativo de los 500 años de la llamada Noche Triste y de la muerte del último hueytlatoani mexica Cuitláhuac.

Su relato se inicia el 7 de marzo de 1521, cuando el rey Carlos I de España concede a Cortés su escudo de armas, un “respaldo a la economía de prestigio de las riquezas materiales que esperaba obtener luego de la caída de Tenochtitlan” y “una herramienta insustituible de ascenso social”. Por ironías del destino ocurrió cuando se encontraba a la mitad de “la malhadada expedición de Las Hibueras”, en la cual ahorcó a Cuauhtémoc, “con el disgusto de no pocos de sus hombres, como Bernal Díaz del Castillo, quien se quejó en su memoriosa Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de la injusticia contra un joven gobernante que debía ser llevado en andas por haber quedado incapacitado luego del tormento de quemarle los pies a ‘fuego manso’”.

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Sabemos que Cortés se excusó ante el monarca español Carlos. El daño estaba hecho. También aparece por primera vez la idea de la representación plástica de los tlatoani mexica: tres coronas en el campo negro del diseño heráldico, con la superior de Moctezuma por encima de la de Cuitláhuac y Cuauhtémoc. Alrededor del escudo, las siete cabezas truncadas de los señores de ocho lugares: Tacuba, Texcoco, Coyoacán, Tlatelolco, Xochimilco, Churubusco, Chalco e Iztapalapa. No vencidos sino acuchillados al comenzar la Noche Triste. Faltaría la de Xicoténcatl el Joven, de Tlaxcala, a quien ahorcó en Texcoco por puro cálculo político –y tal vez también antipatía personal– en medio de la guerra contra los tenochcas. Una filacteria en latín daba lema: El Señor juzgó en sus actos y fortaleció mi brazo. Se dice que Cortés lo añadió más tarde; quizás para expiar su culpa ante estos dos ahorcamientos… y los de algunos españoles, que tampoco le faltaron. 

A la composición del escudo cortesiano le rodearía la fatalidad. O mejor, la paradoja de la historia. Al paso del tiempo, los reyes vencidos seguirían respirando como eso: señores gobernantes.

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En 1632 se publicó la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, extensa narración de Bernal Díaz del Castillo con apostillas y agregados del padre mercedario Remón. El éxito fue rotundo. Su lectura sirvió de fuente para recuperar los sucesos de la conquista con los tonos de la épica que requirió la naciente estética barroca. El hecho fundador de la realidad novohispana sería pensado y representado como hazaña providencial. Y asimismo sus protagonistas serían recuperados con caracteres propios de las grandes historias. El argumento lo mismo sirvió a músicos que a poetas, a pintores y a cronistas en todo el orbe… Hacia 1680 era ya aceptada como la parte inicial de la historia de la Nueva España y del cristianismo en el Nuevo Mundo.

Los protagonistas principales adquirieron rasgos inconfundibles. Cortés, el agudo y valiente capitán de hombres audaces y esforzados; Moctezuma, rey trágico que no alcanzó a aceptar la naturaleza de las cosas.

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En el camino notablemente recto que conectaba a Mexico-Tenochtitlan con el resto del mundo por la vía de Iztapalapa, el 8 de noviembre de 1520 Moctezuma salió al encuentro de Hernán Cortés y sus expedicionarios. Bernal Díaz del Castillo recordaría el día, las condiciones y el contexto del acontecimiento; y lo hizo con tal detalle que sirvió de modelo a los pintores barrocos de biombos, cuadros y tablas enconchadas cuando la ronda de las generaciones lo desdobló en lectura infaltable. Podrían leerse las escenas pintadas con Bernal Díaz en una mano. Algunos ejemplos pueden servirnos en este recorrido.

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También fue Bernal quien legó la información sobre la presencia física de Moctezuma, de sus rasgos personales y de sus características físicas y culturales. Recordemos, dicho sea de paso, que fue Bernal de los pocos que escribieron sobre lo que atestiguaron. Decía Bernal que el gran Moctezuma era “de edad de hasta cuarenta y cinco años, y de buena estatura e bien proporcionado e cenceño e pocas carnes, y la color ni muy moreno, sino propia color e matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, e pocas barbas, prietas e bien puestas e ralas, y el rostro algo largo e alegre, e los ojos de buena manera. E mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor, e cuanto era menester, gravedad. Era muy polido e limpio, bañábase cada día una vez, a la tarde. Tenía muchas mujeres por amigas, hijas de señores, puesto que tenía dos grandes cacicas por ligítimas mujeres, que cuando usaba con ellas, era tan secretamente, que no lo alcanzaban a saber sino alguno de los que lo servían. Era muy limpio de sodomías. Las mantas y ropas que se ponía un día no se las ponía sino después de tres o cuatro días (…) cuando le iban a hablar, se habían de quitar las mantas ricas y ponerse otras de poca valía, más habían de ser limpias, y habían de entrar descalzos y los ojos bajos, puestos en tierra, y no miralle a la cara, y con tres reverencias que le hacían, e le decían en ellas: ‘Señor, mi señor, mi gran señor’, primero que a él llegasen; y desque le daban la relación a lo que iban, con pocas palabras les despachaba; no le volvían las espaldas al despedirse de él, sino la cara e ojos bajos, en tierra, hacia donde estaba, e no vueltas las espaldas hasta que salían de la sala”. El editor moderno de la Historia verdadera…, Guillermo Serés, afirma que “éste es el único retrato que de Moctezuma hizo alguien que le conoció personalmente”. 

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¿Cómo se retrató a los señores vencidos durante el barroco, época de la que somos herederos vergonzantes? El año de 1680 fue muy intenso para Carlos de Sigüenza y Góngora. Preparó la edición del arco triunfal en honor al entrante virrey Marqués de la Laguna, siguió con atención la aparición del cometa que lo llevó a polemizar con el padre Eusebio Kino, y de donde publicaría después su Libra astronómica y filosófica. 

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Recuperó la idea de la profecía indígena de que algún día regresaría el viejo hombre-dios a gobernarlos como su verdadero rey. En este caso la mano y la imaginación barrocas desdoblaron en el monarca español como legítimo dueño de México a través del virrey.

Doce fueron los tableros con versos, pinturas y emblemas, desde Acamapichtli hasta Cuauhtémoc. Cita a decenas de autores griegos, romanos y cristianos para apoyar la lectura de su mecanismo de comunicación. Del Neptuno de ascendencia judía se desliza la lectura hacia Huitzilopochtli, entendido éste no como dios tribal sino como caudillo de los sufridos migrantes desde tierras ignotas.

Sigüenza buscó ajustar los significados de los nombres de cada gobernante a una virtud política, y de su representación en los glifos de la antigüedad pagana a las pinturas con mensaje moral cristiano. Así, Acamapichtli, “Atado de Cañas”, se explica como el que corta los carrizales de la laguna a fin de acrecentar el pequeño islote de lo que sería la enorme Tenochtitlan, que llegaría a tener, según cuenta el sabio criollo, setenta y un mil casas. La virtud que personificaría Acamapichtli sería la Esperanza, “aquella que presta pronta ayuda a los miserables”. Otro cuadro con sabor barroco narra la fundación de México en un islote que crece por la mano del hombre; el emblema es “Supra inestabile Firmun”, sobre lo inestable, lo firme.

(…) Los deseos alegóricos de Sigüenza no fueron proféticos: durante los siglos XVIII y XIX la memoria de los reyes aztecas descansaría en las gavetas de los eruditos. Todos, a excepción de Moctezuma.

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Después de Cortés, Moctezuma fue el personaje que mayormente atraía las miradas de novohispanos y mexicanos. Desde la segunda mitad del siglo XVII hasta finales del periodo virreinal, la imagen de Moctezuma abundó. En la Nueva España se le instituyó una identidad iconográfica, reconocible por el lujo de sus vestimentas y, curiosamente, con el águila bicéfala (Habsburgo: otra ironía) como signo particular. Su retrato pobló claustros y recibidores que gustaron de las pinturas de la Conquista, en danzas cortesanas y populares, en escenas que relataban fragmentos biográficos nodales de los fundadores de las casas monacales –como la de fray Bartolomé Olmedo, narrado por el padre de La Merced, Francisco de Pareja y pintado por Rodríguez Juárez, Vivar y Balderrama o los González una generación antes– y como del padre Juan Díaz; o de los escudos de armas de Cortés y los suyos. También en los lienzos, amates y papeles que se dirigían a establecer los derechos de los pueblos indígenas, con sus genealogías reales e inventadas –como las de los códices del grupo Techialoyan desde finales del XVII hasta ya bien entrado el siglo XVIII–. Alguno se dirigió a la honra y reconocimiento de la descendencia de la Casa de los Condes de Moctezuma, linaje tan celebrado en España como cualquiera de los más altos de la corte. Tal vez no sea casual que el biombo de la Conquista del Museo Nacional de Historia haya pertenecido al Conde de Moctezuma. De medio siglo más tarde, 1753, data la escultura de Moctezuma de Juan Pascual de Mena, que ocupa un nicho en el Palacio Real de Madrid. El signo que se descubre en las representaciones plásticas fue el del esplendor trágico, pero es posible que también llevara, para envidia de los malquerientes hispanos de los americanos criollos, el de la riqueza sin par de la Nueva España y de su posterior respuesta ontológica, la identidad de México y la memoria mexicana.

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Los dos siglos del México independiente fueron ambiguos con el destino histórico de Moctezuma. Pasó de ser la barroca figura triste de un emperador pagano y decadente, derrotado por emprendedores y valientes cristianos, dueño de un imperio amarrado rigurosamente a su voluntad, a ser figura de segunda fila, incluso temeroso y aun cobarde. Tal vez la excepción sea la escultura de Manuel Vilar de 1850, quien lo retrató con la dignidad de un monarca. Pero en general el siglo XIX lo vio con vergüenza; al ser víctima de sus pesadillas –el miedo al legendario regreso del dios Quetzalcóatl, quien le arrebataría el poder; y conjugado en presente, el temor de los mexicanos ante los invasores norteamericanos y franceses–; el miedo fue cómplice de la derrota de los aztecas. Curiosamente, sin embargo, al mismo tiempo que Hernán Cortés cambió de héroe a villano, la proporción trágica de Moctezuma decaía.

(…) En la flor del porfirismo se encontró a Cuauhtémoc, personaje que en los biombos había dado la pedrada letal a su tío en los prolegómenos de la batalla de la Noche Triste

(…) Al terminar el siglo XIX, los maestros y estudiantes de pintura de la Academia de San Carlos usaron pasajes de su vida para ejercitar la capacidad de composición y el pulcro uso de la paleta (…) Desde José de Jara a Saturnino Herrán, los pintores revaloraron al México antiguo con tonos neoclásicos.

Pero en la historia que se enseñaba en las escuelas básicas hacia 1900, a Moctezuma le envolvía una suerte de leyenda negra. El famoso grabador José Guadalupe Posada lo imaginó como un monarca dubitativo, inseguro. Atento a los relatos para lectores infantiles del escritor Heriberto Frías, Posada ilustró las portadas de varios episodios de historia antigua en la que el emperador azteca veía con asombro e impotencia el curso de los acontecimientos: los pequeños volúmenes de la Biblioteca del Niño Mexicano vieron aparecer los relatos fantásticos: “Hernán Cortés ante Moctezuma”, “La prisión de Moctezuma o el último ultraje”, “El sueño de Moctezuma o la profecía de la Conquista”, entre otros, que lo imaginaban en medio de la fatalidad. En 1925, al momento en que Diego Rivera pintaba a Cuauhtémoc con la honda y la piedra en la mano para recordar la muerte de Moctezuma, el mismo Heriberto Frías reiteró el juicio negativo que antes envolvió de puerilidad a sus cuentos históricos.

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Ahora se tiene una multiforme estampa de Moctezuma. La que mira hacia el hombre que fue derrotado por su atroz sueño religioso y la que mira al estereotipo de conducta infamante; paralelamente, la del dueño del enorme imperio que maneja a voluntad y la de la convención estética virreinal que los afanes de Diego Rivera no pudieron borrar. En 1975 el escritor cubano Alejo Carpentier abrió la veta en la conciencia. Un extraño retorno: es posible imaginar nuevamente al Moctezuma recreado por la creatividad barroca. Al Moctezuma –o Motecuh­zoma– de los hechos históricos de la conquista, se vuelve a agregar el teatral Montezuma de los biombos y arcos efímeros. Gracias al Concierto barroco no resulta increíble “un Montezuma entre romano y azteca, algo César tocado con plumas de quetzal”, que hoy sabemos personaje de pinturas y museos, “sentado en un trono cuyo estilo era mixto de pontificio y michoacano, bajo un palio levantado por dos partesanas, teniendo a su lado, de pie, a un indeciso Cuauhtémoc con cara de joven Telémaco que tuviese los ojos un poco almendrados. Delante de él, Hernán Cortés con toca de terciopelo y espada al cinto –puesta la arrogante bota sobre el primer peldaño del solio imperial– estaba inmovilizado en dramática estampa conquistadora…”. No es gratuito que se busque con obsesión el retorno del llamado “penacho de Moctezuma”, objeto que, si tuviera otro apelativo, dormiría tranquilamente en su vitrina…