En estos días de finales de noviembre de 2020 o de inicios de diciembre se conmemoran –no hay certeza de la fecha exacta– los 500 años de la muerte del Señor de Itztapalapan y penúltimo tlahtoani de México-Tenochtitlan, quien pereció de viruela después de haber gobernado sólo 80 días; empero, la pandemia por el covid-19 ha jugado en contra, postergando muchos de los planes de festejo y conmemoración.
Dicho esto, declaramos que nos enorgullece poderles compartir, queridos lectores, otra primicia absoluta que emanó de los planes recién aludidos; ustedes sabrán aquilatar, una vez que les proporcionemos más detalles y elementos de juicio, la importancia que esto reviste para la vida cultural de nuestro país y también para nuestra historia. Por tanto, procedamos acorde con las exigencias de la praxis argumental:
Resulta difícil de creer que dentro del corpus melodramático y dramatúrgico nacional no haya existido jamás ninguna obra que celebrara la gesta del guerrero indígena que venció a las huestes invasoras hispanas. Semejante ausencia ha sido, sin que nos quepa la menor duda, producto del apocamiento y desinterés de los creadores nativos para acercarse a una figura histórica sobre la que se ha cernido un olvido deliberado.
Más extraña resulta la omisión al considerar que sí se han producido creaciones autóctonas alrededor de Cuauhtémoc y Nezahualcóyotl; sobre el primero existe obra escultórica, gráfica, poética, novelística, pictórica, dramatúrgica y musical, con poemas sinfónicos, marchas y la ópera compuesta por Aniceto Ortega; y sobre el segundo hay valses, canciones y dos óperas, la de Gustavo E. Campa y la de Roberto Téllez Oropeza.
Y la situación es aún más desconcertante con respecto a Motecuhzoma II, puesto que se conoce la existencia de 32 creaciones que llevan su nombre, entre óperas, tragedias líricas, marchas, canciones, músicas incidentales, melólogos, ballets y bandas sonoras, que han sido producto de la mirada extranjera –europea y norteamericana– que ha caracterizado al tendencioso acercamiento a los personajes y los hechos históricos del México precortesiano a lo largo de los siglos.
Merced a lo antedicho y llegado el año de Cuitláhuac, guerrero victorioso, surgió por iniciativa de la alcaldesa de Itztapalapan, Clara Brugada. el encargo concreto para crear una obra melodramática que colmara, finalmente, el vacío que ha circundado a la figura de su antecesor en la regencia de su territorio. La resultante se intitula Cuitlahuátzin y es una cantata en tono épico para siete voces solistas, coro, bailarines, danzantes, grupo de instrumentos musicales prehispánicos, orquesta sinfónica y pantallas de gran formato, cuyo estreno se había previsto para estos días, mas tuvo que aplazarse hasta el próximo marzo, virus mediante. Con respecto a su partitura, es obra del ínclito compositor mexicano Samuel Zyman (CDMX, 1956). Asimismo, la cantata se cantará exclusivamente en náhuatl y el encargado de esta delicada operación lingüística es Patrick Johansson, pupilo dilecto de don Miguel León Portilla.
En cuanto al libreto, es el caso de especificar que su escritura se circunscribió a un trabajo de investigación exhaustivo sobre el personaje y su entorno para, a partir de ahí, construir un argumento que fuera verosímil y que no atentara contra la historia fáctica vista desde el enfoque mesoamericano. Tocante a Cuitláhuac, vale repetir que son mínimas las obras que han estudiado su trayectoria existencial. Hay tres opúsculos biográficos y una biografía novelada. Lo más reciente, aún en prensa, es el trabajo de Johansson, que será el más completo que se haya publicado hasta la fecha.
Con respecto a la partitura, Zyman la ha concebido como un retablo sonoro donde se plasma el entramado circunstancial del personaje protagónico en sus últimos meses de existencia, con énfasis en su oposición a permitir el arribo de los invasores y su comandancia de la refriega que los derrotó en la llamada “Noche triste” o “Noche Victoriosa”, según el punto de vista con que se observe. Atendiendo a los pocos hechos conocidos, fue retratado como un héroe trágico que, aun a sabiendas de la imparable destrucción de su mundo, estuvo dispuesto a ofrendar la existencia.
Como ya dijimos, se le ha devuelto la palabra en su lengua materna, a él y a sus allegados, como elemento básico para reinsertarlos, vindicativamente, en el armazón anímico y conceptual de su ser; además de resolver con ello los eternos dislates lingüísticos del melodrama. En lo que concierne a la presencia hispana, en la cantata se representa como una pesadilla ubicua que se cierne, implacable, sobre el horizonte existencial del indígena y su hábitat.
Ulteriormente, la obra pide la integración de los instrumentos musicales prehispánicos con la orquesta sinfónica europea, a fin de proporcionar el adecuado marco sonoro que el argumento presupone; amén de que con ello se coadyuva en la preservación de la amenazada cosmoacústica del México Antiguo.
Es también de señalar que la cantata se ciñó a las divergentes fuentes históricas para tener un sólido sustento argumental, y hasta donde podemos acertar, pudo sintonizar la propuesta artística con el rigor que impone la historia; parodójicamente, la carencia de datos “duros” dio margen de maniobra, y a él se apeló para enaltecer la figura del héroe de la manera más verosímil posible. Se hurgó, igualmente, dentro de la literatura indígena de los siglos XV y XVI, teniéndola como modelo de los versos para ser cantados. Los personajes entonan esencias de los Yaocuicah, o cantos de guerra, de los Miccacuicah, o cantos fúnebres, e Icnocuicah, o cantos tristes y de orfandad. Además de la inclusión de Cuauhtémoc, de dos cihuacóatls o cihuacocoa en náhuatl –Tlilpotonqui y Matlatzincatzin–, de la niña Tecuhichpo y de un amatlamatqui, o sabio encargado de la consulta del espejo adivinatorio, destaca la presencia del guerrero Temilótzin, a quien se escuchará expresarse con sus propias imágenes poéticas.
La trama condensa los hechos acaecidos durante casi medio año –de finales de junio a principios de diciembre de 1520– en una acción teatral de una hora de duración, por lo que el libreto recurrió a un trazo atemporal basado en la secuencia lógica de los acontecimientos por resaltar. Adicionalmente, podemos adelantar que en un delirio de justa historicidad, la obra propone la aparición de águilas reales y de un perro xoloitzcuinti, por la honda significación que tenían dentro de la cosmogonía prehispánica.
Para sintetizar, hemos de afirmar que el trabajo melodramático se ancla en una lectura del hecho histórico que permite conocer lo anecdótico de “lo que fue” en un sentido más profundo, mediante el discurso sensible que el arte entraña. En ese sentido, esta creación melodramática posee el potencial para elevar la conciencia de los espectadores, emocionándolos al tiempo que los cuestiona, y entreteniéndolos al tiempo que los orilla a la reflexión. Bien sabemos que la etnia dominante de Mesoamérica cuando acaeció la llegada de los europeos tenía una indeclinable confianza en sí misma; consumada la conquista, sus hijos la extraviaron y sus nietos ignoraron haberla tenido.
No puede negarse que nosotros los mexicanos, seres mestizos, inconformes y resentidos como es la gran mayoría, necesitamos que se nos hable de nuestra antigua grandeza y que nos la canten en la lengua de nuestros ancestros. Se verá, entonces, cómo se nos iluminan rostro y corazón. El maridaje de sonoridades que se propone opera como el mito, procesando la intuida realidad histórica a través del tamiz del discurso artístico.
No importa que los hechos sean enteramente verificables, pues la verdad emocional que genera el fenómeno artístico inhibe la necesidad racional de validar lo que se observa. Por ello, es de loar que la cantata manipule la vaga noción de Unidad Nacional, en aras de engendrar una percepción más favorable de nuestra mexicanidad. Entendiendo quién fue y qué hizo Cuitláhuac, la identidad patria sumará un poderoso agente de cohesión.
Con la regocijada autorización de su autor os ofrecemos, magnánimos leedores, la primicia del aria principal1 (pulse el código QR impreso). En sus versos el ponderado estratega arenga a su pueblo para enfrentar a los invasores, arenga que sabemos, ciertamente, fue eficaz para levantar el ánimo de los mexicas. Lamentablemente, por más elevado que tuviera el ánimo, a Cuitláhuac no le bastó para impedir ser vencido por la viruela, una artimaña más poderosa que los cañones. Como corolario podemos anotar que los contornos de su biografía se perdieron en el telón de fondo de una valentía colectiva frente al oprobio, lo que generó otro agravio: el lugar exiguo que la historia le ha conferido en la memoria del mexicano… Bienvenida, por ende, su necesaria aparición.
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1 Aria en reducción para piano de Cuitláhuac de la Cantata épica Cuitlahuatzin de Samuel Zyman. (Pablo Aranday, barítono. James Pullés, pianista)








