El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes fue el paso definitivo para la Secretaría de Cultura en México. Su primer presidente fue Víctor Flores Olea (1988-1992), politólogo, diplomático, fotógrafo, fallecido el domingo 21 en su casa de retiro de Acapulco, Guerrero, a los 88 años. Intelectual del ala izquierda gubernamental, chocó con el grupo liberal de la revista Vuelta, de Octavio Paz, y fue relevado de su puesto por el presidente Carlos Salinas, impulsor del Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México. Aquí se reproduce su testimonio crítico sobre ese tratado en materia cultural.
En octubre de 1990, México dio inicio al programa cultural más importante de toda su historia a nivel internacional, México: una obra de arte, alrededor de 400 eventos en cuatro meses en la ciudad de Nueva York.
Pero ése era sólo el escaparate del gobierno neoliberal de Carlos Salinas para echar a andar la maquinaria económica que, tres años después, se llamaría Tratado de Libre Comercio (TLC).
Por ejemplo, la joya del programa, la exposición México: esplendores de 30 siglos en el Museo Metropolitano (MET) conjuntaba en su patrocinio al gobierno mexicano con una organización creada para ese efecto, “Amigos en las Artes de México”, encabezada por Televisa. Tenía, pues, la bendición y la protección (económica) de su dueño, Emilio Azcárraga Milmo, la (política) del presidente de la República Carlos Salinas, y la (cultural) del poeta Octavio Paz (como lo publicó el semanario estadunidense Vanity Fair), quienes ofrecieron una cena de gala en el recinto el día de la apertura, el 1 de octubre.
La nota de Proceso, aparecida ese día, centró el asunto en tal dirección:
“Caballo de Troya en el empeño mexicano por irrumpir como país moderno en Estados Unidos, el arte nacional invade Nueva York.”
Esa semana, durante otra exposición del programa organizada por el Conaculta, su presidente Víctor Flores Olea, miembro del servicio exterior de carrera y uno de los intelectuales de izquierda que formó parte de los últimos gobiernos priistas, replicó al reportero:
“No, Ponce, cómo que Caballo de Troya, no. Lo que pasa es que la iniciativa privada en el mundo entero está patrocinando actividades culturales, y hoy nuestro gobierno ya no puede hacerlas solo.”
Y prometió concertar una cita con el doctor Paolo Viti, encargado de las finanzas culturales del grupo FIAT italiano, “la compañía que más invierte en cultura en todo el mundo”, para orientar la información de la revista. Viti no acudió a la cita por algún motivo (Proceso lo entrevistaría después cuando el Palacio Grassi de Venecia anunció una gran exposición de la cultura maya). El tema quedó, al parecer, ahí, pero a partir de la entrada en vigor del TLC con Estados Unidos y Canadá el 1 enero de 1994 (lo cual produjo el levantamiento del EZLN en Chiapas), los resultados en materia cultural fueron ampliamente cuestionados, si bien el gobierno no dio nunca explicación alguna.
La aparición del libro de Flores Olea, Crítica de la globalidad. Dominación y liberación en nuestro tiempo (FCE), en diciembre de 1999, permitió a Proceso cuestionarlo sobre ese capítulo del TLC; el diálogo, inédito (excluido entonces por razones de espacio), es el siguiente:
Proceso: Cuando se diseñó el TLC, ¿tuvo algo que ver el Consejo de Cultura?
VFO: Cuando yo estuve en el Consejo de Cultura –pero después seguí haciéndolo–, envié memorándums a la Presidencia de la República y a la Secretaría de Comercio, pero evidentemente no hubo resistencia en esta parte. Canadá me parece que tuvo resistencias en el aspecto cultural mucho más importantes, y desde luego en el caso de la Unión Europea ha habido un equilibrio mayor de factores en los pactos de libre comercio de lo que hubo en México, es decir, en México prevalecieron los criterios de la potencia dominante y asimétrica.
“Y hay una cuestión que sostengo en el libro que quiero recordar ahora, que es una idea de Poulantzas pero que yo desarrollo en la situación actual, incluso que tiene que ver con el Tratado de Libre Comercio. Es decir, no es que se impongan o que se hayan estado imponiendo sobre nuestros países y nuestros pueblos determinados criterios del neoliberalismo, es que los gobernantes de nuestros países los han introyectado, creen en ellos y se adhieren en conciencia a ellos. Es decir, hay una subordinación intelectual absolutamente evidente que implica creer, aceptar, subordinar otro tipo de intereses y de tradiciones históricas a los intereses de los centros dominantes. Por eso la tecnocracia se distingue por el pragmatismo y por el olvido histórico, es decir, no hay mucha presencia en lo que es este país y en lo que puede ser, y hay en cambio un pragmatismo para avanzar en lo inmediato en intereses concretísimos, caiga quien caiga. Quien ha caído o disminuido mucho su presencia en muchos sentidos es el pueblo mexicano.”
–Lo que usted dice es preocupante, pues el que los gobernantes mexicanos se subordinaran al esquema estadunidense del TLC en el aspecto económico, hasta cierto punto podría explicarse, porque la justificación del presidente Salinas era ligarse a ese primer mundo.
–Y además en el menor tiempo posible.
–Pero subordinarse en el aspecto cultural es increíble. Una semana antes de la apertura de la muestra México: esplendores de 30 siglos en el Museo Metropolitano de Nueva York, la prensa pregunta al secretario de Comercio José Ángel Gurría, durante una reunión de comercio mundial, qué pasa con el aspecto cultural, y comenta que nada, que no tenemos problema, que México tiene mucho pasado histórico cultural. Y, sin embargo, los gobernantes mexicanos no se sentaron a discutir más adelante, durante las negociaciones del TLC, como los canadienses, la materia cultural y las industrias culturales. ¿Qué papel jugó el Consejo de Cultura que usted presidía?
–No sé si después de mi salida, pero le repito, no hubo contactos con el consejo en los prolegómenos. Yo envié memorándums advirtiendo de los peligros y la necesidad de plantear límites que esencialmente no se cumplieron. Hubo un descuido, lo que importaba era el mundo de la economía, recibir inversiones a costa de cualquier situación que se produjera en el país, incluso en el campo de la cultura.
–Cuando Salinas quiere insertarse al primer mundo, usted, como intelectual de izquierda, ¿no se plantea la situación de seguir en el gobierno o no?
–Recuerde usted que los tres primeros años, que fue cuando yo participé en el Consejo de Cultura, los dados no estaban todavía echados de una manera definitiva. Mi posición personal era que habría que preservar el campo de la cultura, lo cual es difícil, pues una economía y un modo de vida y una mentalidad de las potencias dominantes… esto arrasa con el conjunto social.
–Separado del Conaculta y en su condición de gente de izquierda, ¿considera usted una equivocación suya el haber aceptado participar en el gobierno?
–No, no me equivoqué. Tuve dos funciones en el gobierno, en cuanto a materia de responsabilidades. Una en la política exterior, como embajador y como subsecretario, y siempre estuve en posiciones muy concretas, progresistas y dentro de la tradición de la política exterior mexicana, desde luego con Jorge Castañeda padre y con Bernardo Sepúlveda. En cultura tuve dos responsabilidades, fui subsecretario de Cultura con Porfirio Muñoz Ledo (secretario de Educación Pública) y en la presidencia del Consejo de Cultura. Yo pensé en el momento que entré que había una apertura y una posibilidad más grande de acción, y creo que la hubo, la logré, la conquisté, porque se organizó el sector cultura como no se había organizado anteriormente; entonces esta posibilidad fue importante, y debo decir que recibí el apoyo del presidente Salinas indudablemente (no se le olvide a usted que algunas porciones, inclusive de la Secretaría de Gobernación, la parte del cine, y otras que correspondían a la Secretaría de Educación Pública, pasaron a formar parte del Consejo de Cultura).
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*Artículo así titulado del libro México: su apuesta por la cultura. El siglo XX, testimonios desde el presente (Grijalbo, Proceso, UNAM; 2003).








