Con una atractiva versión en línea que afortunadamente contradice su vocación original, FAMA, la Feria de Arte Mexicano Accesible, presenta su tercera edición desde el pasado 6 de octubre y hasta el 20 de diciembre.
Concebida como una feria local de impacto nacional, FAMA inició sus actividades en 2018 en la ciudad de Monterrey. Fundada por los regiomontanos Catalina Escamilla, Rodrigo Odriozola, Ricardo Tejada, Raúl Salazar y Eduardo Hernández, la feria se distingue por un concepto y modelo de negocio inspirado en la interesante Feria del Millón de Colombia. Un evento que se inició en 2013 como una plataforma para artistas –no para galerías– en la que no se exhibe en estands, sino en metros lineales, los participantes acceden sin costos iniciales, hay un tope de precios y, sólo si los artistas tienen ventas, aportan un porcentaje que se calcula con base en el total de sus ganancias.
La vocación de FAMA no es tan limitante. Aun cuando también está diseñada como plataforma para promover el mercado y la visibilidad de artistas emergentes, ha incluido en sus ediciones pasadas proyectos comerciales de galerías y espacios diversos. Abiertos a la colaboración con agentes tanto independientes como institucionales, sus fundadores han convertido el evento en un punto de encuentro dinámico que, en 2019, inspiró la creación de la Feria de Arte Independiente (FAIN) en la Ciudad de México.
Debido al confinamiento por el covid-19, este año la feria no se realiza de manera presencial en la zona de San Pedro Garza. Organizada en línea y dedicada únicamente a la venta de obras directamente de los artistas, la transmisión de pláticas entre emprendedores de ferias emergentes –Trámite en la Ciudad de Querétaro, FAIN y la Feria de la Acción de la Ciudad de México, así como FAMA– sustituye la presencia de agentes comerciales enriqueciendo la feria.
Al igual que en las dos ediciones pasadas, el procedimiento de participación se basó en una convocatoria abierta, y la selección de 50 artistas estuvo a cargo de un comité interdisciplinario que revisó 500 aplicaciones. El tope de precios se fijó en 70 mil pesos. Debido al incremento en los costos que ocasionó el diseño y operación del formato digital, la contribución de los artistas se incrementó de 30 a 40% de sus ventas.
Integrada casi en su totalidad por obras bidimensionales de lenguajes pictóricos y dibujísticos, la selección delata una evaluación que no sólo atendió la solidez de las propuestas sino, también, su posibilidad de venta. Con precios en un rango desde mil 430 pesos a más de 60 mil, la oferta delata una estrategia mercadológica centrada en obras de fácil lectura y precios diversos.
Integrada en su mayoría por creadores nacidos en las pasadas décadas de los años ochenta y noventa, lo más interesante de la exhibición se concentra en las prácticas dibujísticas. Inquietantes y sutiles, las acuarelas de Alejandra Alarcón diluyen las diferencias entre animales, huesos, esqueletos, flores y cuerpos femeninos, sugiriendo que la vida y la muerte se transforman como parte de un mismo universo. Su precio, entre 7 mil 540 y 40 mil 600 pesos.
Atractivos por la fusión entre objeto, memoria, exploración lumínica y expresividad cromática, los espléndidos paisajes dibujados sobre boletos del Metro de París que realiza Brenda Pacheco se imponen a pesar de su diminuto tamaño y reducido precio: mil 100 y 2 mil 420 pesos.
El papel, como objeto y soporte, es el protagonista de la interesante obra de Jimena Schlaepfer. Tejidas con tiras de papel en diseños geométricos e intervenidas con figuras y paisajes que se diluyen en la transparencia de tintas y acuarelas, sus piezas oscilan entre 5 mil 800 y 48 mil 720 pesos.
En los discursos abstractos, las estructuras de los carbones de Andrea Bores se obtienen por 6 mil y 16 mil 500 pesos (https://f-a-m-a.com).








