Sí, se fue el 6 de noviembre de 1970 “pero no se fue”. Así que allí está y seguirá estando, sin duda, pero como la maldita pandemia todo lo ha arruinado, no se le recordó como seguramente miles de mexicanos hubieran deseado y, la neta, es que esas 50 lunas otoñales de su partida pasaron prácticamente inadvertidas.
Recordamos hoy aquí, y le rendimos homenaje, a don Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino (Tlacotalpan, Veracruz, 1 de octubre de 1897), cantidad de nombres que a usted no le dicen nada pero que seguramente sí le dicen, y mucho, cuando los reducimos al simple y familiar Agustín Lara.
O El flaco de oro, ese irreverente a carta cabal pero que no mentía, “inventaba historias”, la primera de las cuales, dicen, es que de rumbero y jarocho tenía sólo lo primero ya que, aunque lo afirmaba, no nació en Veracruz ni en 1897, sino en el centro de la Ciudad de México en 1900. Vaya usted a saber.
Lo que sí se sabe –y por eso casi se le venera– es que supo como nadie cantarle a la mujer y tocarla con metáforas maravillosas. Letras que acompañaba con melodías realmente cautivantes que, transformadas en canciones, devenían irresistibles. Qué mujer no se sentiría alagada si el galán con cara de circunstancias se le acerca y dice: “Rival de mi cariño el viento que te toca”.
Pero, en contraposición a la pandemia y otros males, la humanidad ha sabido hacerse de las herramientas que le permiten la sobrevivencia plena, y esto quiere decir e implica no sólo el acervo material, sino también, y más importante, la riqueza espiritual, o sea, el arte y la cultura. Que son aquí, en don Alfonso del Sagrado Corazón, música y canciones que pueden ser escuchadas una y otra vez, cuantas veces las desee y sin importar el lugar donde se encuentre.
El avance científico-tecnológico nos permite ahora disponer en el momento que queramos de sus creaciones, llevarlo en el bolsillo como la luna que nos cuenta Jaime Sabines, y disfrutarlo con, además, el intérprete que más nos agrade, porque prácticamente todos los cantantes de su época hicieron su personal versión de, por lo menos, un medio centenar de sus algo así como 700 creaciones. Bardos de hoy han recogido su legado y figuras de talla mundial, como el español Plácido Domingo, el peruano Juan Diego Flórez y los mexicanos Ramón Vargas y Javier Camarena, para sólo citar algunos, recuerdan por todos los confines que Granada está llena de lindas mujeres, de sangre y de sol, que Carmelo se asoma a ver torear a otro grande, Silverio, y que, a la mujer amada, poniendo la mano sobre el corazón, quisiera decirle al compás de un son que “tú eres mi vida, que no quiero a nadie, que respiro el aire, que respiro el aire que respiras tú”. Cancioneros populares como Carlos Cuevas y Rodrigo de la Cadena prosiguen la tradición.








