Premio Juan Pablos al Mérito Editorial

A mi madre le debo, además de la vida y la crianza, la afición a la lectura. Cuando caía enfermo se sentaba junto a mi cama y me leía unas ediciones abreviadas e ilustradas de clásicos juveniles, me parece que de Novaro: Robin-Hood, Tom Sawyer, La isla del tesoro. Más tarde, también durante alguna convalecencia empecé a leer yo solo, en las magníficas ediciones de Seix-Barral de una colección de libros de aventuras de los cuarenta que mi padre me había llevado a casa, con viñetas y láminas de Josep Serra Massana, Josep Narro y otros ilustradores catalanes: ­Robinson Crusoe, Las minas del rey Salomón, los libros del capitán Gilson, una suerte de Salgari inglés pero que sí escribía a partir de su propia experiencia. Novelas que difícilmente podrían publicarse hoy, porque esa experiencia es la experiencia colonial europea: la explotación de África, la rebelión de los Boxers; no pretendían aleccionar ni edificar ni ayudar a lidiar con el mundo, pero se leían sin respirar.

Fue un libro también el que me alejó por un tiempo de la vocación editorial: El Universo, de Isaac Asimov, que me animó a tomar el examen de admisión a la UNAM en la carrera de física, a la que dediqué en la Facultad de Ciencias algunos años y dejé finalmente a la mitad. Pero durante mis estudios, para ganarme algún dinero, mi padre me daba a revisar pruebas de imprenta; entre un par de docenas de libros, fui de los primeros lectores de La cabeza de la hidra, de Fuentes, Un tal José Salomé, de Arturo Azuela, El Sinarquismo, un fascismo mexicano, de Jean Meyer, Palinuro de México, de Del Paso y Las muertas, de Ibargüengoitia, que, para disgusto de mi padre, dejé a la mitad por irme a la playa. Por esos años coqueteé con dedicarme a las artes plásticas y le hice algunas portadas para libros de Ramón Xirau, Gabriel Careaga y Miguel Donoso Pareja. Cuando finalmente reconocí mi fracaso en la carrera científica, allí mismo en la Facultad de Ciencias encontré mi primer trabajo como editor.

Por contagio, mi padre me infundió el interés por cómo se hacen los libros. Lo recuerdo bajo el círculo de luz de la lámpara de su despacho, inclinado sobre las galeras de algún libro, la traducción de Carlos ­Gerhard de Años de perro, de Günter Grass, por ejemplo; o ajustando los textos de la Historia general del arte, de Valentin Denis y Tjome de Vries, traducida, supongo que del inglés, por Francisca Perujo y Damián Bayón, que publicó en su otra editorial, Tláloc, de la que apenas algo sé. De tanto verlo trabajar se me pegó la curiosidad por el oficio y su instrumental: el tipómetro, los diccionarios y la colección de símbolos con los que se señalaban en las pruebas las correcciones. También advertí que era un trabajo muy meticuloso y que requiere personas con ese carácter.

Recuerdo también cuántas veces, luego de entrar a despertarme por la mañana, lo oí hablar por teléfono con el señor Chávez, el jefe de taller de la Editorial Galache, de Elicio Muñoz, para averiguar qué adelantos le reportaba de la impresión de algún libro. Era muy común oír lo siguiente: “¿Pero cómo? ¿Qué me dice usted, señor Chávez?… ¡Es usted un chambón!”. Debe haberle tenido terror a mi padre el señor Chávez. Luego de dejarnos en la escuela, de camino a Mortiz –que entonces ocupaba el local A del número 33 de la calle de Guaymas, en La Romita–, mi padre pasaba a la imprenta, a espaldas del Centro Médico, a seguir dando guerra a Chávez. Lo veía pues ocuparse personalmente de todo y dedicar a su editorial no sólo las horas de oficina, sino casi todo su tiempo, salvo los sábados, cuando comía con sus amigos, y los domingos, que pasaba con nosotros tumbado al sol en el jardín, tomaba el aperitivo con sus hermanos al medio día y, por la tarde, después de la comida nos sentábamos a jugar Mah-Jong con Bernardo Giner y los primos Márquez.

Tuve la suerte de trabajar junto a mi padre siete años y hasta hoy esos recuerdos y muchos más me han acompañado y me han ayudado a librar algunos trances difíciles confiando en lo que he aprendido y poniendo, como él lo hacía, todas mis capacidades y mi dedicación para hacer las cosas.   

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* Fragmentos escogidos del discurso leído por Zoom en la entrega del premio de este año por la Caniem, el jueves 12 de noviembre.