Noviembre violento El doble asesinato que enlutó a la CDMX

La última vez que sus padres los vieron con vida fue por la noche del 27 de octubre. A la mañana siguiente Alan, de 12 años, y Héctor, de 14, fueron invitados a “dar gracias” a San Judas Tadeo en la iglesia de San Hipólito y una cámara de seguridad los captó subiendo a una moto con otra persona que luego ingresó a la vecindad de República de Chile 49, a dos cuadras de dónde cinco días más tarde sus cuerpos, desmembrados y con señales de tortura, fueron encontrados. El crimen sacudió a la capital del país. Nunca un niño de 12 años había sido ejecutado con tal saña. Casi un mes después, las autoridades aún no aclaran el móvil del doble crimen.

A cinco cuadras de su casa y a seis de las oficinas de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y del presidente Andrés Manuel López Obrador, dos adolescentes de origen mazahua fueron torturados, ejecutados y desmembrados. Sus restos aparecieron embolsados junto a un montón de basura en plena calle, en el Centro Histórico. Ese doble homicidio es una muestra del poderío e impunidad de la delincuencia en la Ciudad de México.

En el departamento 6 de la vecindad ubicada en la calle República de Cuba número 86, colonia Centro, alcaldía Cuauhtémoc, agentes policiacos hallaron manchas de sangre de Alan Yair Silvestre Becerril, de 12 años, y de Héctor Efraín Tolentino de Jesús, de 14, luego de un cateo hecho el jueves 5, nueve días desde que la familia de los jóvenes los vio por última vez con vida.

Hoy, el inmueble está vacío. Sus puertas de madera vieja y corroída se mantienen abiertas. En la fachada cuelga una bandera de México y una manta descolorida con propaganda política de Alejandra Barrales de 2018; al fondo, una figura grande de la Virgen de Guadalupe destaca por el rayo de sol que la ilumina.

En la banqueta de enfrente, a unos pasos del Cinema Río, un joven delgado vestido con pantalón de mezclilla y playera blanca “halconea” con discreción recargado en un poste. Mantiene la vista fija en los transeúntes que, fugazmente, se detienen en ese sitio donde presuntamente fueron asesinados los adolescentes mazahuas. A tres metros de él, un policía auxiliar solitario y firme vigila en la entrada de un estacionamiento.

Poco movimiento se ve dentro del inmueble otrora identificado como invadido desde hace años por la peligrosa organización delictiva La Unión Tepito, desde donde se dirigía el “cobro de piso” a comerciantes de la zona y se reprendía a los que se negaban a pagar; ahí se retenía a las víctimas de secuestro exprés y se almacenaban artículos robados.

Los presuntos implicados

A esa misma vecindad se dirigió Baltazar “N”, de 25 años, el pasado 31 de octubre a las 23:34 horas. Una cámara de videovigilancia lo captó de espaldas cuando caminaba sobre la banqueta empujando un “diablito” de carga vacío.

Veintitrés minutos después ese mismo dispositivo lo grabó de frente cuando caminaba hacia la esquina de la calle República de Chile. Llevaba el mismo instrumento, pero cargado con dos cajas grandes de plástico que, por su peso, le dificultaban su manejo.

En la misma toma, pero a las 23:59 horas, el mismo sujeto pasó corriendo hacia la vecindad. La versión de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México (FGJCDMX) aseguró que a Baltazar se le cayeron las cajas en República de Chile –“la calle de las novias”–, en la esquina con Belisario Domínguez, junto a un montón de basura.

Según el relato oficial, en ese punto Édgar “N”, de 39 años, se acercó e intentó recogerlas. Policías que laboraban cerca se acercaron para ayudarlo, pero se sorprendieron al ver el contenido de las cajas: bolsas negras, sangre… restos humanos. De inmediato lo detuvieron. Eran ya los primeros minutos del domingo 1 de noviembre, día de los fieles difuntos.

En sus primeras declaraciones, Édgar dijo que pertenecía a la Unión Tepito, cuyos integrantes le ordenaron llevarse las cajas. Luego, suavizó su versión al decir que era un indigente y drogadicto; contó que unos sujetos de la colonia Morelos le ofrecieron dos “grapas” de cocaína a cambio de llevarse esas cajas. Según la FGJCDMX, el detenido pretendía llevarse los cadáveres a otro lugar, pero fue descubierto.

La base de datos de antecedentes penales identificó a Édgar con ingresos al reclusorio en 2011, 2014 y 2019 por los delitos de robo agravado y robo calificado. El sábado 7, la fiscalía local informó que el detenido fue vinculado a proceso por homicidio doloso. La dependencia ordenó prisión preventiva oficiosa, al menos durante los próximos tres meses que fijó para el cierre de la investigación complementaria.

Con respecto a Baltazar, fue capturado el jueves 5 durante el cateo a la vecindad de Cuba 86. Al momento de la detención, sólo le encontraron droga, por eso sólo fue vinculado a proceso por delitos contra la salud, en su modalidad de narcomenudeo, y como plazo para el cierre de la investigación, el juez le fijó 15 días. No obstante, el jueves 19 por la noche la fiscalía informó a Proceso que la carpeta de investigación por homicidio seguía “en proceso de integración”.

Días antes, el vocero Ulises Lara presumió que tenían “datos suficientes” para relacionarlo con el crimen, entre ellos los videos mencionados y la chamarra negra que presuntamente usó la noche en que se deshizo de los cadáveres. Y aunque la autoridad sospecha que en el crimen participaron más personas, casi cuatro semanas después de los hechos sólo tiene dos detenidos y aún no aclara el móvil del crimen.

Versiones contradictorias

A cinco cuadras de Cuba 86, en la calle Pensador Mexicano, colonia Guerrero, está la vecindad donde Alan Yair y Héctor Efraín pasaron su corta vida. El inmueble de dos plantas guarda paredes que no reciben una mano de pintura desde hace años. A la entrada y al subir al primer piso un altar de la Virgen de Guadalupe recibe a sus habitantes con luces de colores y algunas flores que las adornan y les bendicen su día.

En su fachada gris se distribuyen siete ventanas y una puerta negra “coronada” por un moño negro de un luto pasado al que recientemente se le sumó uno blanco, el de la tristeza por la partida de los dos amigos, casi niños. La negativa de los inquilinos a hablar con la prensa muestra el dolor; tienen miedo que el horror se repita con otro familiar.

La tragedia no sólo interrumpió la normalidad en la vecindad; también provocó la suspensión del “Comedor Emergente” del gobierno capitalino que ahí operaba de lunes a viernes a las 13:00 horas, con “raciones alimenticias para apoyar a quien más lo necesite”, según el cartel colgado en la puerta hasta la semana pasada.

Las familias de Alan y Héctor llegaron a ese edificio cuando ellos eran muy pequeños; otros integrantes viven en esa vecindad desde hace unos 20 años. Pertenecen a la etnia mazahua, originaria de San Antonio Pueblo Nuevo, Estado de México. Ellos migraron a la capital en busca de una mejor vida; sobrevivían del comercio informal, vendían playeras, gorras y recuerdos afuera de los lugares de conciertos o los estadios de futbol.

La suspensión de estos eventos por la pandemia de covid-19 los orilló a buscar alternativas, como la venta de dulces, recuerdan los conocidos de Alan y Héctor; ambos acompañaban a sus padres a vender. Aunque hay voces que cuentan que los jóvenes comenzaban a juntarse con “la maña”.

La última vez que sus padres los vieron con vida fue el 27 de octubre alrededor de las 21:00 horas en el Eje Central, a unos pasos de su casa. Alan Yair vestía playera gris con franjas rojas y azules, bermuda de colores y tenis negros. Medía 1.20 metros y tenía un lunar en la ceja izquierda y una cicatriz en la mano de ese mismo lado.

Héctor Efraín era 20 centímetros más alto. Llevaba una playera futbolera del Barcelona, pantalón azul marino y tenis blancos; tenía una greca en el cabello. Así los describían sus fichas de la Alerta Amber emitidas el 29 de octubre, dos días después de su desaparición. Ambos estudiaban la secundaria, pero con la suspensión de clases presenciales, abandonaron los libros y le ayudaban a sus padres en la venta informal.

De acuerdo con reportes policiacos y versiones recabadas, los menores les dijeron a sus padres que iban a la tienda, pero sus planes eran otros. Héctor le pidió a Alan que lo acompañara a ver a una chica en la que estaba interesado, aunque presuntamente él no era el único, pues otro joven, involucrado en la delincuencia, también lo estaba.

Presuntamente, Héctor fue invitado a ir a Iztapalapa a ver unos “arrancones” de motos, una de sus pasiones. Las versiones aseguran que, al siguiente día, el 28 de octubre, ambos adolescentes fueron invitados a “dar gracias” a San Judas Tadeo en la iglesia de San Hipólito, muy cerca de su casa. Videos del sistema C5 incluso los captaron cuando se subieron a una moto con otra persona en calles del Centro Histórico, sin ser aparentemente obligados, incluso se saludaron.

El vehículo entró a la vecindad de República de Chile 49, a unas dos cuadras de donde fueron hallados sus restos, cinco días después, la madrugada del domingo 1 de noviembre. Horas más tarde, la angustia de sus padres terminó en el Instituto de Ciencias Forenses, donde fueron llevados los cuerpos de Alan y Héctor.

El desasosiego

La mañana del miércoles 4, la familia y los conocidos despidieron a Alan y Héctor en su casa. Los vecinos cooperaron para el humilde velorio y para que los sepultaran en San Antonio Pueblo Nuevo. Decenas de globos blancos, gente en la calle cabizbaja y al menos cinco patrullas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) acompañaron el cortejo fúnebre.

A esa hora, desde su departamento en la alcaldía Tlalpan –donde se recuperaba de covid-19–, Claudia Sheinbaum Pardo dio su primera y desafortunada declaración sobre el hecho, que días después lamentó:

“Es un caso sumamente lamentable en la ciudad. Se tienen detenidos y se están en este momento procesando otras detenciones. Y la fiscalía va a dar mucha más información sobre este caso en particular, pues tenía que ver con un tema de narcomenudeo, parece ser.”

Con esa última frase, la mandataria local dio sentido a una de las hipótesis que las autoridades habrían manejado: que los dos adolescentes estarían involucrados en hechos ilícitos y terminaron en medio de la guerra entre La Unión Tepito y la Fuerza AntiUnión que se disputan el control delictivo, no sólo en el Centro Histórico, sino en otras colonias de la CDMX.

Para salir al paso, agregó: “Hasta ahora no se había presentado un caso así… claro que es algo que duele y que necesitamos atender de manera muy importante”. Y se desvió, al decir que su gobierno trabaja en un programa de atención a niños que “viven y trabajan en la calle”.

Al día siguiente, la fiscal Ernestina Godoy se sumó a las declaraciones; calificó el crimen como “atroz y abominable… Una manifestación inadmisible de maldad”. Y, como en otros casos desde que era procuradora, declaró: “No habrá forma ni lugar para escapar de la acción de la justicia para quienes ordenaron, planearon, ejecutaron o participaron en este crimen”.

El martes 10, el jefe de la Policía, Omar García Harfuch, acompañó a Sheinbaum Pardo a conferencia para presumir la baja de 36.4% en los delitos de alto impacto en lo que va de 2020, y 18.2% menos en homicidio doloso en octubre, respecto al mismo lapso de 2019.

Sobre el caso Alan y Héctor, añadió: “Desgraciadamente, desde hace muchísimos años hemos tenido detenidos menores de edad, de 17 años o más chicos, involucrados en homicidios, extorsión y en posesión de droga o venta de droga. Aquí lo lamentable, lo más trágico, es que había un menor de edad muy, muy chico”.

De paso, informó que en el Centro Histórico de la CDMX operan al menos seis “células” delictivas que son “escisiones” principalmente de “La Unión Tepito”, dedicadas a generar violencia por narcomenudeo, extorsión, despojo de inmuebles, homicidio y préstamo de dinero. Y las mencionó por nombre o por líder: El Fabián, de la Ronda 88; La Unión Tepito; Juan Balta; El Lunares; la de colombianos Gota a Gota, y la 3AD. De la Fuerza AntiUnión”, dijo que es de los grupos más “debilitados”.

El alarde de cifras quedó opacado al siguiente día, cuando se supo del secuestro y asesinato de Alessandro, de 14 años, cuyo cuerpo también fue hallado dentro de una maleta en calles de la colonia Guerrero. Dos menores de 15 años fueron sorprendidos jalando la valija, fueron detenidos y vinculados a proceso por el delito de homicidio.

Con la presión encima, el jueves 12 Sheinbaum presentó el programa Barrio Adentro, que se aplicará en dos polígonos del Centro Histórico con el fin de ofrecer apoyos sociales, actividades culturales y deportivas a los menores y, con ello, evitar que sean cooptados por la delincuencia. El viernes 13, el subsecretario de Gobierno, Arturo Medina, encabezó la primera jornada de ese programa y tocó a la puerta de la vecindad donde vivían Alan y Héctor.

En un video que publicó El Universal se observó cómo habitantes del lugar se quejaron de que Sheinbaum los discriminó y exigieron una disculpa pública. Por la noche, fueron llamados a un encuentro con la mandataria en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento. Al día siguiente, al término de un acto en Iztapalapa, ella dijo al micrófono:

“El día de ayer estuve con los familiares de Alan y Héctor, los dos niños mazahuas del Centro. Ellos me pidieron –y así lo hago públicamente– disculpas, si en algún momento criminalizamos a sus hijos. Son víctimas, son niños y vamos a estar trabajando muy cerca de ellos.”

Esa fue la primera vez que la persona que dirige la CDMX se disculpa públicamente ante víctimas de un hecho delictivo. Aunque también es la primera vez que un crimen de tal magnitud sacude a la capital, a escasos metros de donde despachan sus dirigentes que prometieron una ciudad y un país seguro para sus habitantes.