En el informe Prácticas de las llamadas “terapias de conversión”, elaborado por el experto independiente de la ONU Víctor Madrigal-Borloz, se llega a la siguiente conclusión: “Las ‘terapias de conversión’ que se basan en la noción errónea y nociva de que la diversidad sexual y de género son trastornos que se deben corregir, son discriminatorias por naturaleza. Además, las acciones destinadas a someter a las personas lesbianas, gays, bisexuales, transgénero o de género diverso a ‘terapias de conversión’ son, por su propia naturaleza, crueles, inhumanas y degradantes y entrañan un riesgo considerable de tortura”.
Presentado en junio pasado, durante el 44 periodo de sesiones del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el informe agrega: “Los profesionales de la salud mental, tanto públicos como privados, las organizaciones confesionales, los curanderos y los agentes públicos son algunos de los responsables de los abusos que se cometen por medio de las ‘terapias de conversión’”.
Entre los “promotores” de estas prácticas, el informe también menciona a “los familiares de la víctima, miembros de la comunidad, autoridades políticas y otros agentes”.
El reporte presenta un amplio panorama mundial sobre los distintos actos de crueldad de las “terapias de conversión”, las principales instituciones que las promueven, los daños psicológicos que ocasionan en las víctimas y las ganancias económicas que dejan estas “terapias” en distintos países, entre otros puntos.
El informe señala que en por lo menos 68 países se aplican las “terapias de conversión” y que son “muy frecuentes” en África y “bastante frecuentes” en América Latina, el Caribe y Asia.
El objetivo principal de estas terapias –dice el reporte de la ONU–, es “convertir a las personas no heterosexuales en heterosexuales”, partiendo de la idea de que la “orientación sexual y la identidad de género pueden ser extirpadas… como si fueran algo ajeno a la persona”.
Y da las siguientes cifras de una encuesta mundial: 21.9% de las personas fueron “coaccionadas” por sus familias para someterse a una “terapia de conversión”; 11.9%, por sus líderes religiosos; 11%, por miembros de sus comunidades; 9.7%, por profesionales de la salud mental; 5%, por parte de las autoridades escolares; 4%, por autoridades estatales, y 3.6%, por sus centros de trabajo.
Prácticas malsanas
El “honor familiar”, dice el estudio, es uno de los principales factores que influyen para que los miembros de la comunidad LGBTTTI sean sometidos a estas prácticas. Y son jóvenes en su gran mayoría, ya que, precisa, cuatro de cada cinco víctimas tienen menos de 24 años, y alrededor de la mitad son menores de edad.
Algunos “actos dañinos” a los que se les somete son los siguientes: “palizas, violaciones, desnudez forzada, alimentación forzada o privación de alimentos, aislamiento y confinamiento, medicación forzada, agresiones verbales, humillaciones y electrocuciones”.
Estas últimas, por ejemplo, son muy comunes en Australia, China, Ecuador, Estados Unidos, Rusia, India, Indonesia, Irán, Líbano, Malasia, Panamá, Sri Lanka, Uganda, Vietnam y Zimbabue.
Prosigue sobre estos malos tratos: “Existen algunos indicios que apuntan hacia la existencia de campamentos o ‘centros de rehabilitación’ en Kenia y Somalia, en los que los internos reciben una educación islámica y son golpeados, encadenados y privados de alimentos, entre otras cosas. Una investigación llevada a cabo en 2017 en Estados Unidos reveló casos de malos tratos en campamentos organizados por instituciones cristianas, en los que los adolescentes eran recluidos en régimen de aislamiento y golpeados a causa de su orientación sexual”.
Y en cuanto a los “enfoques médicos” de las “terapias de conversión”, señala el informe que poco a poco están siendo reemplazadas las lobotomías y la ablación de los órganos sexuales por la “medicación o la administración de tratamientos hormonales o corticoideos”, como ocurre mucho en los países islámicos, donde les recetan tratamientos hormonales a las lesbianas.
Muchos “profesionales de la salud mental” llevan a cabo estas prácticas, sobre todo –dice el informe– en China, la República de Corea, Estados Unidos y en los países de Europa Oriental.
Sólo en China –refiere–, 50% de las “terapias de conversión” se dan en “hospitales públicos”, pues en ese país un tercio de los profesionales de la salud sigue considerando que la homosexualidad es una enfermedad mental.
Y son justamente los profesionales médicos quienes, a escala mundial, aplican estas terapias en 45.8% de los casos; les siguen las autoridades religiosas y los curanderos, con 18.9%; luego los “campamentos” y “centros de rehabilitación”, con 8.5% de los casos.
Por otro lado está el “enfoque religioso” de estas terapias, en el que a veces se asocia la diversidad sexual con “fuerzas demoniacas”, de ahí que recurran en ocasiones a los “exorcismos”, señala el informe.
Y agrega que “los rituales y exorcismos para expulsar el mal” son bastante comunes en países “tan dispares” como México, Brasil, Bolivia, Perú, Nigeria, Italia, Alemania, Canadá, Francia y el Reino Unido. En todos ellos, “a veces el celibato se presenta como un medio de redención”.
Las “terapias de conversión” también “constituyen un negocio lucrativo para los proveedores en todos los rincones del mundo”, dice el informe. Llegan a alcanzar costos estratosféricos. Por ejemplo, en Estados Unidos llegan a costar hasta 26 mil dólares; en la República de Corea, 25 mil dólares, y en Ecuador el costo mensual promedio del internamiento es de 500 dólares. “Para apoyar este modelo de negocio se recurre a mecanismos de mercadotecnia”, señala.
Hasta los líderes religiosos, que no suelen recurrir a este esquema de negocios, alcanzan retribuciones económicas ya que reciben “algún tipo de contribución” por parte de los familiares de la víctima.
El informe de la ONU termina con una recomendación: “Los Estados deben examinar los casos concretos a la luz del marco internacional, regional y local relativo a la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”.








