Pese a que el 24 de julio pasado las “terapias de conversión” fueron prohibidas en el Código Penal de la Ciudad de México, los integrantes de la comunidad LGBTTTI se quejan de esa perniciosa práctica devocional. Proceso recogió las experiencias de varios de los afectados que hoy residen en Casa Frida, un refugio desde el cual enfrentan las adversidades de la vida provocadas por su preferencia sexual.
Con la intención de cambiar su orientación transexual a la adolescente Theo Díaz, sus maestros de preparatoria le ordenaban: “Aquí te quedarás encerrada a copiar en tu cuaderno estos salmos de La Biblia”.
Y durante horas la mantenían aislada en un cuarto del colegio Wisdom Christian Academy, de la colonia Roma, tratando así de corregirla con esta terapia de conversión, pero ellos la llamaban “práctica devocional”.
Los deseos de Theo de llevar pelo corto y vestir pantalón eran duramente reprimidos. La obligaban a llevar siempre falda. En ocasiones la amenazaban con enviarla a “un campamento” para “curarla” de su orientación sexual. En las juntas de padres de familia era señalada como una pervertida que dañaba la moral del colegio, al grado de que algunos padres le llamaban a su celular para decirle que se alejara de sus hijas.
“Yo no salí del clóset, a mí me sacaron violentamente del clóset mi familia y mis maestros. Tuve que dejar mis estudios por los maltratos que recibía y buscarme un trabajo en un call center”, comenta Theo.
Y señala que su padre –un estricto pastor de la Iglesia Cristiana Coram Deo y quien la había inscrito en esa escuela religiosa–, también intentó durante años cambiarle su orientación sexual. “En casa me ponían a realizar labores de mujer y me golpeaban constantemente. Permanecía siempre encerrada en mi cuarto, deprimida. Tuve algunos intentos de suicidio”, dice.
Por la pandemia del coronavirus –agrega– la dieron de baja en el call center donde trabajaba y en su casa aumentó la violencia en su contra debido al confinamiento.
“Ya no aguanté más. Supe que existía un albergue para personas de la diversidad sexual que también sufrían estos maltratos. Pedí refugio. Me lo dieron… Y aquí estoy”, dice Theo, quien actualmente tiene 20 años, se asume como queer y está en la etapa de transición de mujer a hombre.
Theo es una más de las sobrevivientes de las llamadas “terapias de conversión” que encontró refugio en Casa Frida, un albergue para miembros de la comunidad LGBTTTI ubicado en la colonia San Pedro de Los Pinos de la Ciudad de México.
Con una bandera del arcoíris ondeando sobre sus rejas de acceso, Casa Frida da techo y sustento gratuito a jóvenes que fueron hostilizados o expulsados de sus hogares y además sufrieron los ecosig (esfuerzos para corregir la orientación sexual e identidad de género), término con el que algunas organizaciones de derechos humanos denominan a las terapias de conversión, que no lo son porque, sencillamente, no curan; más bien semejan métodos de tortura.
Albergue de la diversidad sexual
Raúl Caporal y Lucía Riojas, diputada federal sin partido, quienes tienen a su cargo Casa Frida, señalan que el albergue se sostiene de donativos –monetarios y en especie– que aporta la propia comunidad LGBTTTI, y atiende únicamente a personas de la diversidad sexual que llegan de distintos puntos del país a buscar refugio.
Señala Caporal: “Casa Frida comenzó a operar el pasado 13 de mayo, a raíz de la pandemia de covid-19, pues el confinamiento provocó que muchos jóvenes fueran expulsados de sus hogares por ser de la diversidad sexual. Aquí llegan sobre todo jóvenes gays, pero también lesbianas, bisexuales, mujeres transgénero y de otras orientaciones sexuales. Varios de ellos también perdieron sus empleos y quedaron en situación de calle debido a la pandemia”.
Riojas lo secunda: “Este es el único albergue que da respuesta a la emergencia sanitaria. Y estos jóvenes son las personas de nuestra comunidad que más apoyo necesitan, muchos de ellos empezaron a padecer los ecosig en sus hogares, por parte de sus padres o sus hermanos. Aquí encuentran una familia que, aunque no sea la de sangre, los ayuda a salir adelante en su camino de resistencia”.
Veinteañeros en su mayoría, los jóvenes refugiados reciben terapia psicológica, clases de historia, inglés, francés y yoga, entre otros. Andan por los pasillos con sus brazos tatuados y sus cabelleras pintadas de colores chillantes, platican en grupos, asean sus dormitorios, preparan sus alimentos, conviven principalmente en un amplio salón con blancas mesas rectangulares que hace las veces de comedor y centro de reunión.
A un lado está el área de despensa, donde almacenan los donativos que reciben en especie: bolsas de arroz, azúcar, frijol, sal, latería de todo tipo…
Ancy Sophia Florentino Rojas, una joven transexual de 25 años, oriunda de San Vicente Chicoloapan, Estado de México, relata su caso: “Siempre viví en mi pueblo. Desde la secundaria salí del clóset. Visiblemente era una mujer trans, mi rol es femenino, por lo que me discriminaban mi madre y mis cuatro hermanas, todas mayores que yo. En ocasiones me golpeaban; me amarraban a una mesa y se juntaban para agarrarme a golpes entre todas. Mi padre se mantuvo ajeno porque nunca vivió con nosotras.
“En cambio mi madre ejercía mucha violencia psicológica. Siempre me estaba diciendo: ‘Si sigues así te voy a dejar de apoyar económicamente en tus estudios. Debes hacerme caso, vas a sufrir mucho en la vida’. Yo siempre estaba deprimida. No salía a la calle y pensaba mucho en el suicidio.
“Finalmente agarré valor y me salí de casa en agosto. Llegué a Casa Frida, que para mí fue la luz al final del túnel. Ahorita recibo clases en línea de psicología. Quiero seguir estudiando y ser independiente.”
Otro interno del albergue, el homosexual Augustine Guzmán, de 21 años, delgado, moreno y enfundado en una sudadera, cuenta cómo escapó de la homofobia de su familia y de su entorno social en San Juan del Río:
“Mi familia es muy religiosa, pertenece a la Iglesia Xaveriana, fundada por San Xavier. De ahí que sea muy intolerante conmigo por mi orientación sexual, sobre todo mi hermano mayor, quien acostumbraba a decirme: ‘joto’, ‘maricón’. Y mis padres simplemente se alejaron de mí, negándome los medicamentos que necesitaba para mi trastorno de ansiedad generalizada.
“En la calle también sufría la humillación de la gente. Me gritaban al verme pasar: ¡puto!, ¡maricón!, ¡jotito! En una ocasión me agarraron a pedradas. A pesar de que no soy travesti, sufrí mucho el machismo en San Juan del Río. A los 16 años tuve mi primer intento de suicidio y caí en el alcoholismo y la drogadicción.
“A los 19 años me vine a la Ciudad de México, renté un cuarto y me metí a estudiar economía en la UNAM. Se vino la pandemia y mis padres me cortaron el apoyo económico. Regresé a San Juan del Río, pero ya en casa aumentó la violencia contra mí. Me di cuenta que existía Casa Frida. Pedí albergue y me lo dieron. Estoy aquí desde mediados de julio. Por fin estoy bien porque hay toda una red de soporte que me está ayudando a salir adelante y convivo con gente en igual situación a la mía.”
En busca de aceptación
Mauricio N., un joven de 22 años, cuenta cómo fue expulsado de su casa por ser homosexual: “Vivía con mi mamá y dos hermanos mayores que yo, aquí en la colonia Nápoles. Por mi preferencia sexual de pronto me quitaban el apoyo económico, me cortaban internet o me cerraban la puerta de la casa y no me dejaban entrar, por lo que tenía que ir a dormir a casa de un amigo.
“A pesar de todo conseguí una beca para continuar mis estudios e ingresar a la carrera de ingeniero-arquitecto en el Poli. Pero permanecí poco tiempo. No pude más. La beca no me alcanzaba y emocionalmente estaba muy mal para concentrarme en el estudio… Y me salí de la escuela.
“Luego me dediqué al sexo servicio y a trabajar como stripper en la Zona Rosa y en otros lugares del centro de la Ciudad de México. Seguía viviendo con mi familia, pero soportando sus humillaciones, gritos y demás violencia psicológica. El único que me apoyaba era mi novio, quien siempre me decía: ‘Ya salte de tu casa, para qué te quedas más tiempo’.
“Con la pandemia la cosa se puso más violenta en mi familia, por el encierro. También perdí mi trabajo de stripper porque cerraron los bares. El pasado 7 de junio mi mamá finalmente me corrió de la casa. Metí mis cosas en una mochila y primero me fui a vivir con un amigo. Luego mi novio me contactó con Casa Frida. Me dieron refugio. Aquí colaboro dándole a mis compañeros clases de cardio HIIT, que son ejercicios cardiovasculares de movimientos intensos realizados en intervalos cortos de tiempo.
“También soy el encargado del ‘mercadito’, que es la venta de pizzas hechas por nosotros los internos, con el fin de obtener algunos ingresos. Aquí vienen a comprarlas compañeros de la diversidad sexual o vecinos de la colonia. Todavía no tenemos repartidores para entregar las pizzas a domicilio.”
Por su lado, Brihana Sánchez Ortiz, una joven transgénero de 26 años, morena y de pelo ensortijado, cuyo nombre de pila es Fernando, relata su historia mientras acaricia a su perrito Danger, que dormita en su regazo: “Me gustaba pintarme los labios desde niño. Me declaré gay a los 12 años. Y a los 17 empecé a ponerme pelucas y a vestirme de mujer. Entré al mundo trans. Mi familia siempre me rechazó. Mi mamá comenzó a golpearme con cualquier objeto que encontraba. Todavía me quedan cicatrices de aquellas golpizas. Y mi padre simplemente me dijo que no me apoyaría. Me corrieron de la casa cuando tenía 18 años. Desde entonces he andado de un lado a otro.
“Primero comencé a vivir con otra chica trans y a vender mi cuerpo para poder comer. Pero en ocasiones llegaba a vivir en la calle, junto con los indigentes, allá por el rumbo de Tláhuac.
“Después encontré una pareja con la que empecé a vivir. Dejé la prostitución y conseguí un trabajo de estilista en un salón de belleza. También comencé a tomar hormonas para ser transexual. Pero mi pareja se hizo muy violenta. Me golpeaba por cualquier cosa: porque no le gustaba la comida que le compraba o cómo se la cocinaba. Tuve que huir. Me dieron alojo aquí en Casa Frida después de la última golpiza que me dio. Mire cómo me dejó.”
Y Brihana se levanta el cabello para mostrar una cicatriz debajo de la oreja izquierda, cocida con varios puntos. Luego concluye su relato: “Me quedé sin familia, sin pareja y sin empleo, porque por el coronavirus cerraron la estética donde trabajaba. Mis planes a futuro son continuar como estilista y tener mi propio salón de belleza… y claro, retomar mi proceso para ser transexual”.
Freno a los ecosig
El pasado 24 de julio las “terapias de conversión” fueron prohibidas en el Código Penal de la Ciudad de México, y a quienes las llevan a cabo ya se les sanciona con una pena de dos a cinco años de prisión. Aparte, hay en el Senado una iniciativa para extender su prohibición a escala nacional, mediante una reforma al Código Penal Federal (Proceso 2284).
Caporal y Riojas consideran que estos avances no bastan por sí solos, pues hace falta un “esfuerzo integral” para desterrar tales prácticas: “Así estén prohibidas en las leyes locales o federales, estas violencias seguirán persistiendo, sobre todo dentro de las familias. Hace falta voluntad política y social, un verdadero esfuerzo integral para acabar con ellas”.
Riojas señala que, por considerar a la homosexualidad un pecado, las iglesias son las principales promotoras de los ecosig, sobre todo la Iglesia Católica a través de sus organizaciones laicas aglutinadas en el Frente Nacional por la Familia.
Agrega: “Los ecosig siempre han estado ligados a lo religioso, de ahí que el Frente Nacional por la Familia sea el principal opositor a las reformas legislativas”.
–Pero esas reformas finalmente dependen del Congreso.
–Sí, pero digamos las cosas como son: quien controla el Congreso es el presidente López Obrador, a través de Morena. Y el presidente es muy religioso, al grado de que suele rezar en Palacio Nacional con su amigo el pastor evangélico Arturo Farela. Entre las prioridades del presidente no está acabar con los ecosig… y mientras tanto, las iglesias seguirán moviendo sus influencias.








