El relato de La noche triste está rodeado de mito, epopeya, testimonios de la tradición oral, muchos elementos simbólicos y hasta conocimientos históricos científicos.
Se cuenta que cuando, entre la noche y la madrugada del 30 de junio al 31 de julio de 1520, Hernán Cortés huyó de Tenochtitlan –dejando en el camino su botín de oro, caballos y tropa–, se detuvo por fin bajo un ahuehuete de la calzada Tacuba, miró hacia atrás para constatar la pérdida de muchos de sus soldados y lloró desconsoladamente. Otros dicen que simplemente se le llenaron los ojos de lágrimas.
Para el historiador Luis Barjau, se trata de una leyenda:
“La noche triste y el árbol donde supuestamente lloró Hernán Cortés es una leyenda que apareció en el siglo XIX. Antes no hay ninguna referencia y mucho menos en las crónicas del siglo XVI. Entonces no se sabe bien si es una leyenda construida o si ocurrió realmente, son de esos hechos muy difíciles de probar.”
Sin embargo, añade enfático:
“Soy de la idea de que hay que respetar la leyenda.”
En el marco del Quinto Centenario de aquel suceso que forma parte de la historia de la conquista de México, se organizaron diversas actividades y conmemoraciones. Y se expresó la idea de cambiarle el nombre a “Noche alegre” o “Noche victoriosa”, pues para algunos representó la derrota de los españoles invasores y un triunfo de los mexicas.
Investigador de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), de la cual fue titular, Barjau prefiere usar el término “recordación” y no conmemoración. Y explica en ese sentido:
“Algunos historiadores piensan que se le puso La noche triste no solamente por los 250 o más españoles que murieron en la huida por la calzada de Tacuba o Tlacopan, sino que también murieron centenares de tlaxcaltecas en la batalla, entonces se le ha llamado así.”
De otra parte, considera asimismo:
“Me parece muy justo, si es la expresión de una batalla y es el momento en que dominan los mexicas, que una parte de la mexicanidad tenga derecho a no llamarle La noche triste sino todo lo contrario.”
Lo que considera esencial el especialista es el esclarecimiento y aceptación definitiva del peso que tuvieron las alianzas indígenas con los españoles en la derrota final del imperio mexica:
“Eso fue un proceso muy complejo y en esa alianza se puede ver la argucia de Hernán Cortes, sus dones políticos –él es un hombre del Renacimiento y actúa con una rapidez asombrosa– y la necesidad de muchos reinos sometidos por la Triple Alianza de liberarse de su opresor.”
Se ha hablado de varios aspectos de esa dominación, cruentos muchos de ellos, por lo cual Barjau puntualiza que el sometimiento de grupos sociales por los mexicas o la Triple Alianza, no es el único caso en el mundo prehispánico:
“Hay antecedentes: Teotihuacán también sometía pueblos. Y tarde o temprano los pueblos sometidos que van in crescendo, tienen oportunidad de liberarse de su opresor.”
Describe cómo Cortés vive la misma coyuntura, la descubre e incluso “se queda perplejo y maravillado” de la posibilidad que esa condición de los pueblos mesoamericanos le brinda para realizar sus intenciones conquistadoras, cuando conoce al cacique Gordo de Zempoala y le habla de la situación de su reino:
“Tiene una larga conversación, traducida por la Malinche y por Gerónimo de Aguilar. Esa conversación no pudo ser otra que la exposición del cacique Gordo, Xicomecóatl se llamaba, sobre su situación política y su sometimiento brutal hacia los mexicas. Y por parte de Cortés, sus propósitos y sus argumentos políticamente correctos de que venían a cristianizar y a traer la buena nueva de la religión de apartarlos de las manos de Satanás –como decía Sahagún– en las que estaban los pueblos antiguos, y la muestra de ello eran la idolatría, los sacrificios y la sodomía.”
No sólo Cortés se dio cuenta de las posibilidades que esa alianza le ofrecía. Barjau indica que el propio Moctezuma supo y calculó que ocurriría así, no solamente con el reino de Zempoala, que era “importantísimo”, sino “con el resto de los reinos que hay en el camino de Veracruz a la Ciudad de México, todos ellos se iban a aliar, como ocurrió también con Texcoco, ¡nada menos!, que se les unió ya en el momento del asedio a la Ciudad de México”.
Derrota no reconocida
En un sucinto relato sobre La noche triste, publicado en la página noticonquista.unam.mx, creada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, la historiadora Clementina Battcock recuerda la matanza del Templo Mayor, durante la celebración del ritual de Toxcatl, como uno de los antecedentes, pues crecía el repudio de los mexicas contra los españoles, refugiados en las Casas de Axayácatl.
Estos decidieron huir y para ello habían preparado de antemano unos puentes levadizos para cruzar los canales, pero (cita aquí a fray Bernardino de Sahagún en su Historia general) una mujer indígena los descubrió y alertó a la población, por lo cual tuvieron que salir atropelladamente.
En el mismo sitio en internet, con el título La memoria española de la noche triste, Nino Vallen, investigador y docente en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Freie Universität de Berlín, consigna las versiones españolas sobre el acontecimiento. La primera escrita por el capitán en su Segunda carta de relación en la cual “la escapada de los españoles es representada como una retirada táctica. Aunque Cortés reconoce las pérdidas de 150 españoles, 2000 indígenas y la mayor parte del tesoro, se niega a reconocer la derrota”.
Se le pregunta a Barjau si cambiar el nombre por ‘La noche victoriosa’ para remarcar que perdió Cortés tiene sentido, cuando no cambia hechos históricos que llevaron a la caída de Tenochtitlan:
“Así es. Desde luego fue una derrota que no aceptaron las huestes de Hernán Cortés, sobre todo él, sino que de inmediato se empezó a pensar en la revancha, en venir a la ciudad. Estuvieron 20 días en Tlaxcala sanándose las heridas y de ahí pasaron a Tepeacatl, Segura de la Frontera le pusieron los españoles, un pueblo del estado de Puebla, donde tuvieron una batalla muy profunda, muy aguerrida, muy intensa, con grupos mexicas que llegaron hasta ahí a combatirlo.”
Resume Barjau que fue el enfrentamiento entre dos concepciones del mundo distintas. Cortes fue “un hombre que está a caballo entre el feudalismo y el Renacimiento”, heredero de una tradición cultural como la occidental con una ideología definida por la idea de progreso que nació desde Grecia.
“Los grupos indígenas mexicas tenían una mentalidad totalmente contraria, la referencia no era el individuo como lo concebían los europeos, sino la comunidad… sus decisiones belicosas y políticas son de otra naturaleza, y claro el español dice ‘tenían pensamiento mágico’”.
Reitera para concluir que cambiar el nombre de La noche triste por La noche alegre es válido en términos reivindicativos, sería “de toda justicia para el pueblo mexicano hacerlo”.








